jueves, 8 de noviembre de 2012

Moderados vs radicales: 1 a 0


Por Augusto Ruiz Zevallos

Existen radicales y moderados en la izquierda peruana, en la izquierda que se encuentra distante del Movadef, para ser preciso. Existen, pese a que hay buenos amigos que se esfuerzan en negarlo. Los vemos en la izquierda organizada en partidos y movimientos políticos y en el mundo académico, ligados de alguna u otra forma los primeros. No es lo mismo Patria Roja y Tierra y Libertad, en cuanto a discurso y perspectivas en el mediano y largo plazo, que Fuerza Social, que desde hace años ha zanjado con el chavismo, a nivel internacional, y que hizo esfuerzos por ir sola en las elecciones generales, sin los radicales*. Que ahora FS no desee mostrar sus diferencias con los radicales es otra cosa y por cierto algo comprensible, dado que no ha desarrollado un espacio electoral con anclajes sólidos que la convierta en una fuerza autónoma, a lo que se agrega el hecho que, muy en el fondo, existe la esperanza de que los orgullosos radicales terminen moderando su práctica y sus planteamientos.

Esta posibilidad se abre paso tras lo sucedido en La Parada. Ha sido casi unánime en la izquierda el respaldo a favor de la operación policial en La Parada, sobre todo la del sábado, que fuera liderada por Susana Villarán. La alcaldesa, valientemente, asumió el pasivo y el activo de la intervención del jueves, y todos en la izquierda legal respaldaron la medida el día sábado. Pero queda una duda en el ambiente, una duda razonable que los críticos han planteado en estos días: ¿habrían respaldado una medida con las mismas características y resultado si la alcaldía hubiera estado en manos de Andrade, Castañeda o Lourdes Flores? Después de todo, los activistas más sinceros han dicho que respaldan la medida “por que viene de la izquierda”. No hay duda de que en el ámbito de izquierda, desde el dirigente más avispado hasta el simpatizante, parece haberse calibrado la ganancia en términos políticos, ahora que ingresamos a una coyuntura organizada en torno al tema de la revocación.

Por ello, da la impresión de que el respaldo no sale de sus conciencias como fluye el agua cristalina del manantial. Después de todo, no pueden afirmar que la idea estaba inscrita en la lógica o –para usar su lenguaje- en “la estrategia y la táctica” que los radicales venían proponiendo. ¿No es cierto acaso que hace pocas semanas varios opinantes pusieron el grito en el cielo porque Martín Tanaka aconsejó a la izquierda una postura moderada? Tanaka, precisamente les hacía ver que Villarán había frenado la tendencia a la caída en la aprobación ciudadana… “pero bajo banderas que en principio no eran parte central de su identidad… levantando la bandera del orden y el perfil de una autoridad que no teme enfrentar las `papas calientes´, una suerte de mezcla de los estilos de gestión de Castañeda y Andrade”. Tanaka no fue el único, varios veníamos abogando por lo mismo: en realidad, es una conciencia crítica dispersa, que se expresa fundamentalmente en las redes.

En ese momento, hubo de todo, desde análisis retrospectivo de encuestas para demostrar la efectividad del discurso radical, hasta las típicas acusaciones de la izquierda tradicional: “¿Qué la izquierda levante la bandera del Orden? Esa, señores, es la izquierda que quiere la derecha”. Sin embargo, hoy podemos decir que esta es una proposición falsa, ya que en el fondo lo que la derecha quería es que la alcaldesa se diluya en el caos y desgobierno. La reacción de Villarán, es algo que Correo y los revocadores nunca lo esperaron. Por ello, la derecha no ha tenido más que conformarse que con una torpe campaña para restarle méritos.

A gran parte de las izquierdas le costó mucho darse cuenta de que la derecha espera de ellas que se consagre a lo meramente reivindicativo: al maestro y deje de lado al estudiante; al médico, y no al enfermo; al trabajador de la fábrica protegida y no al consumidor de a pie. Quiere una izquierda enemiga de la inversión extranjera, que justifique la violencia en los conflictos medio ambientales y que sea comprensiva y blanda con la delincuencia. Hasta hace poco, los discursos a favor del Orden, en particular contra el delito, eran denunciados por algunos académicos de izquierda en nombre de la violencia estructural, epistémica y simbólica que empuja a los marginales a cometer delitos. Si bien es cierto que en los hechos, aunque en casos específicos, los políticos de izquierda respaldaban el discurso del Orden -por ejemplo Patria Roja que dispone de experiencias en rondas campesinas para enfrentar el abigeato-, en el plano del discurso, en la reflexión académica, el delito era analizado “marxistamente” como un resultado de la miseria o de la injusticia y como una forma anti sistémica de obtener una participación en el beneficio; o “foucalutianamente”, como una práctica que evade el disciplinamiento del cuerpo para la eficacia económica y la anulación de su fuerza política. En el caso de la historia del delito, varios hemos relativizado estas perspectivas, señalando que en el pasado como en nuestros días, las víctimas de la delincuencia son por lo general los pobres, o los menos ricos, sobre todo en nuestros días en que los grandes capitalistas tienen una seguridad casi inexpugnable y en que los asalariados y las nuevas clases medias disponen de mejores ingresos –codiciados por los delincuentes–, cada vez en mayor número, todo lo cual hace que las bandas reorienten sus acciones en función de estos últimos.

Pero sorprendentemente, hemos visto en nuestros días un patético espectáculo, protagonizado por derechistas que condenan a la Alcaldesa en nombre de “los Derechos Humanos y de la tolerancia” –¡nada menos! – , y de izquierdistas que de la noche a la mañana, hablan del "Principio de Autoridad" y claman por la "Defensa del Orden" y por soluciones draconianas para toda esa masa “marginal y lumpenezca” que vive en esos cerros feos que rodean La Parada y El Agustino, invisibilizando a estibadores y otros que no ha logrado insertarse en la modernización capitalista–esa masa que antaño les dio su voto para que fueran concejales o congresistas –, a los cuales se les compara con las “ratas”. El recurso a la animalización, una estrategia típica de los autoritarios: de los nazis contra los judíos (“reptiles”); de los castristas contra los disidentes (“gusanos”); de Sendero contra los dirigentes populares (“cernícalos”) y de todo aquel que en fondo sueña con exterminar a su oponente.

Derechistas e izquierdistas cambian (pierden) los papeles. Es el mundo al revés, el reino de la hipocresía, en el caso de los primeros. En el caso de la izquierda, el síndrome del parvenu, del que exagera los modales, del que actúa sin mucha convicción. No es tan malo como la hipocresía, solo cabría paciencia y comprensión pues la madurez de los grupos izquierdistas no estaría tan lejos como pareciera.

¿Y si no fuera así? Entonces estaríamos solo ante un reacomodo discursivo intrascendente. En este caso, la animalización puede ser una estrategia que esconde la idea de que hay algunos individuos que, por no ser ratas como los de La Parada y si, por ejemplo, campesinos comuneros, tendrían el derecho a la destrucción y la violencia durante su protesta. En ese caso, una vez más, estaríamos ante esa izquierda que le hace el juego a la derecha. (Lima, 2/XI/2012)

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* Digamos de paso que cuando Nelson Manrique sostiene que “una amplia coalición de izquierda” le dio un apoyo “que jugó un papel importante para llevarla del 0,3% de intención de voto que tenía originalmente al 38% que la colocó en la alcaldía” (La República, 30/X/12), no está siendo exacto, pues deja de lado el veto contra Kouri, que dejó un campo abierto a la simpatías por Susana y el factor Jaime Bayly que fungió de operador mediático eficaz.

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