Historia y Verdad en Mariátegui

miércoles 20 de junio de 2007

Augusto Ruiz Zevallos[*]


“Los Estados Unidos son ciertamente la patria de Pierpont Morgan y de Henry Ford; pero son también
la patria de Ralph Waldo Emerson, de Williams James y de Walt Withman. La nación que ha producido
los más grandes capitanes del industrialismo, ha producido así mismo los más fuertes maestros
del idealismo continental. Y hoy la misma actitud que agita a la vanguardia de América Española mueve
a la vanguardia de América del Norte. Los problemas de la nueva generación hispano-americana son,
con variación de lugar y de matriz, los mismos problemas de la nueva generación norteamericana”.
José Carlos Mariátegui, Mundial, 8 de mayo de 1925.

La tesis central de este ensayo sostiene que José Carlos Mariátegui, a pesar de abanderar el programa colectivista, se alejó de la epistemología marxista y, en general, de la epistemología moderna que subyace al pensamiento de Carlos Marx; una actitud teórica que surgió de su gran amplitud filosófica, especialmente de la lectura de autores pragmatistas, como William James. Mariátegui inició una reflexión que hoy se puede asociar a los aportes de un sector de autores posmodernistas, quienes rescatan el proyecto político de la modernidad y lo reformulan bajo nuevos enfoques. Sin embargo, la reflexión de Mariátegui no llegó a buen puerto pues no empleó las ideas filosóficas aprendidas para descubrir las pretensiones universalizalistas y homogenizantes del proyecto occidental del socialismo. .Con todo, se rescata su postura epistemológica como un elemento que en la actualidad puede ser útil para fundamentar nuevas prácticas

I

La intención de dialogar con José Carlos Mariátegui para diseñar y justificar una determinada práctica política es ya antigua. Se puede apreciar en la primera compilación de textos del Amauta publicada en 1956 por el sello Populibros, pese a que carecía de una pertinente introducción, y más claramente en una selección de sus artículos preparada en 1967 por el Comité Central del Partido Comunista del Perú[1]. En ella, los responsables, quienes a partir de 1970 darían forma al PCP Sendero Luminoso, reunieron ensayos de Mariátegui que lo muestran como un adherente de la Tercera Internacional, además de favorable a Stalin en su confrontación con Trotski. También se le aprecia clasista en lo organizativo y contrario a participar en el parlamento. Este libro al parecer se reimprimió por miles en los años posteriores, con variantes de color en las carátulas, y la editorial Grijalbo lo incluyó en su Colección 70, aunque sin reconocer la autoría de la compilación y sin insertar la introducción escrita por los líderes del PCP. Grijalbo contribuyó a la difusión continental del punto de vista senderista acerca de Mariátegui[2]. De ahí los esfuerzos que intelectuales como José Aricó y Antonio Melis realizaron para desestalinizar el pensamiento del gran pensador. Al margen de esto, Mariátegui se convirtió en una de las bases de la unidad partidaria de Sendero Luminoso. En 1975, esta agrupación publicó Retomemos a Mariátegui y reconstituyamos su partido, un documento que tuvo -pese a no aparecer citado en los debates políticos de la época ni en los libros académicos posteriores- un impacto decisivo en el proceso político peruano iniciado en 1980.

Mientras tanto, otros grupos de la izquierda tradicional, condicionados en gran medida por su crecimiento en la escena electoral y por la importancia estratégica del APRA, viejo rival de los comunistas, empezaron a otorgar centralidad al pensamiento de Mariátegui. Varios historiadores y sociólogos realizaron lecturas directamente vinculadas a distintas prácticas políticas. César Germaná (1978) vio las diferencias que separaban a Haya de la Torre de Mariátegui. Uno proponía un nivel de entendimiento con el capital extranjero, el otro planteaba la total ruptura. Haya veía la necesidad de organizar un partido pluriclasista; Mariátegui era un convencido del partido de clase[3]. Pero Carlos Franco (1981), intelectual cercano al Apra, prefería ver las coincidencias: influidos por la revolución Rusa, ambos habrían realizado una lectura no ortodoxa del marxismo y por ello mismo creativa. Habría surgido así el “marxismo latinoamericano”. Franco, como posteriormente lo hicieron Víctor Hurtado con el hayismo-leninismo y Alfonso López Chao con el haya-mariateguismo, buscaba “sumar más pueblo”: una alianza de la izquierda marxista con el Apra, para plasmar una alternativa “nacional popular”.

Wilfredo Kapsoly (1980), con una interpretación del pensamiento de Mariátegui que lo vinculaba con la Tercera Internacional, contribuyó a la afirmación de una opción política dentro de los cánones del leninismo. Alberto Flores Galindo (1989) no estaría muy lejos de esta interpretación: el leninismo de Mariátegui era sinónimo de revolución, de asalto al poder, alejado de la idea de una transición pacífica al socialismo. El autor recuerda que Mariátegui veía la necesidad de armas y milicias. Sin embargo, ponía en alto relieve las discrepancias que tuvo con la Internacional Comunista. Mariátegui, en la versión de Flores Galindo, terminaba en un espacio impreciso, entre el aprismo y la Tercera Internacional, interpretación que se asociaba a los esfuerzos por consolidar (recordemos que escribía en la década de los 80) una izquierda revolucionaria opuesta al Apra y a Sendero Luminoso. Su referencia concreta era el Partido Unificado Mariateguista.[4]

No es menester discutir si estas interpretaciones son falsas o verdaderas per se, pues todas ellas son meritorias. Algunas quedarán como piezas importantes dentro del corpus de investigaciones sobre el tema. Otras podrán ser incluidas dentro de los documentos clave para entender la historia política del Perú. Pero hoy carecen de sentido para quienes venimos reclamando nuevas formas de asumir la política, “una nueva épica” –si se quiere tomar una expresión de José Carlos Mariátegui-, donde socialismo no signifique abolición de la propiedad privada, aunque sí de la acumulación sin límites, y donde la radicalización de la democracia no vaya en contra de la democracia liberal; un proyecto que asegure la autonomía de los individuos y diversas categorías sociales y al mismo tiempo garantice el orden comunitario mediante los compromisos morales de sus miembros. Evidentemente para una empresa como ésta, de nada serviría insistir en que Mariátegui, a diferencia de Haya, proponía un rompimiento con el capital extranjero, que rechazaba la democracia parlamentaria y a los socialistas reformistas. No sirven de gran cosa los detalles de la polémica con sus camaradas de la sección latinoamericana de la Komintern.

Pero la obra del Amauta puede ofrecernos temas de mayor importancia para nuestra actualidad. Gracias a la enorme creatividad que caracterizó a nuestros pensadores clásicos, como Francisco García Calderón, Víctor Andrés Belaunde, Basadre o Haya de la Torre, sus obras nos legaron, además de enseñanzas morales, ideas y métodos que nos sirven para repensar el proyecto de modernidad (la libertad y la igualdad para todos) bajo premisas teóricas que provienen de los discursos posmodernos. Lo mismo se puede afirmar de Mariátegui -y en su caso mejor que ningún otro- porque pese a que siguió fiel al programa colectivista de Marx y Lenin, sus fundamentos se alejan en muchos aspectos no sólo del paradigma marxista sino en general moderno, y permiten extraer lecciones para elaborar y encaminar una nueva política en nuestros días.

II

En principio, incluimos dentro de lo posmoderno al pensamiento de una diversidad de autores; desde aquellos que nunca se autodesignaron posmodernistas, como Foulcault, Derrida, Khun, Feyeraben y otros, hasta quienes han abandonado el rótulo, sin renunciar a su crítica, como Lyotard; a pensadores que se reclaman liberales (Rorty) y aquellos autoproclamados socialistas (Mouffe) o simplemente como de izquierdas (Váttimo). Hay dos razones por las que suele englobárseles dentro de lo posmoderno. La primera es que todos ellos han contribuido con distintos aportes a perfilar un horizonte de pensamiento crítico de la modernidad, en por lo menos uno de sus dos componentes básicas (de autoafirmación y de autofundación), sea mediante el rechazo a los ideales de la Ilustración; sea cuestionando la concepción de un sujeto histórico unitario; proponiendo a la hermenéutica como la nueva Koiné de nuestro tiempo, borrando los límites entre el discurso literario y el filosífico y científico, o simplemente concibiendo a la ciencia como un juego de lenguaje más, sin el privilegio imperial sobre otras formas de conocimiento. La segunda razón es que no existe aún otro concepto (pospositivismo, poscartesiano son muy estrechos) para dar cuenta de esa complejidad.

De hecho este pensamiento debe ser visto como una prolongación del ambiente cultural antipositivista y antirracionalista de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX: una revuelta espiritualista, relativista y freudiana, y luego estética, con el movimiento dadaísta, contra el scientieme. Henry Bergson, en su obra de síntesis, La evolución creadora (1907), rechazó los extremos cientificistas basados en los “hechos objetivos” para buscar en la intuición y en las fuerzas de la subjetividad los impulsos creadores humanos, mientras que Sorel, en Les ilutions du progrés (1908), postuló que la historia es indeterminada, que no está sujeta a leyes, ni hay alguna fuerza ciega que la conduzca a un destino. La dirección que finalmente tomará el mundo dependerá de la voluntad colectiva que se imponga. Sorel, más que Nietzche, Bergson y Freud, es un autor que el propio Mariátegui asume como su mentor. Sobre el lugar que Sorel y Nietzche –temprano precursor del posmodernismo- ocuparon en la revuelta antipositivista y sobre los vínculos de su pensamiento con el de Mariátegui ya se ha dicho mucho.[5]

En cambio suele olvidarse que en esa revuelta intelectual también hubo autores estadounidenses igualmente precursores del actual discurso posmoderno, como William James, fundador del movimiento pragmatista. Mariátegui también toma nota de este acontecimiento y afirma que los aportes del pragmatismo no han quedado al margen de la Revolución. “William James no es ajeno a la teoría de los mitos sociales de Sorel” (Mariàtegui 1976: 44). Quizás lo único que Mariátegui no puede aceptar de James es “su antihegelianismo” (1976: 127). Sin embargo, el Amauta se sentía hermanado en el espíritu con pensadores estadounidenses como James, Frank y Emerson, a quienes mueve la misma inquietud “que agita a la vanguardia de América Española[6]. En estas referencias no se acaban las relaciones entre ambos autores. Hay una historia de vinculaciones que es necesario poner en escena. A veces sin ser citado –como ocurría también con Labriola- James está presente en el discurso de Mariátegui. Y ello porque el filósofo estadounidense había muerto en 1910, pero el movimiento pragmatista que fundó ganó mucha influencia en las décadas siguientes. De hecho entre las obras personales que Mariátegui adquirió en Europa se puede encontrar títulos de William James, como Introduction a la philosophie, o que tienen relación directa con su pensamiento, como Pragmatismo de Giovanni Papini o De l´utilité du pragmatisme de George Sorel[7].

En su libro Pragmatismo, publicado en 1907, James sostiene que la verdad de una idea se reduce a su capacidad de actuar. Una idea es verdadera cuando nos permite avanzar y nos lleva de una parte a otra de nuestra experiencia, enlazando las cosas de un modo satisfactorio. La verdad de una idea, agrega, no consiste en una estancada propiedad suya: que una idea se convierta en verdadera, significa que los hechos la vuelven verdadera. “La verdad acontece a una idea. Llega a ser cierta, se hace cierta por los acontecimientos” (James 2002: 131). James, al igual que Dewey, abandona la distinción entre apariencia y realidad, y sustituye la certidumbre por la esperanza, como explica Richard Rorty en una bella introducción al pragmatismo. No es importante si lo que uno cree está bien fundado, como lo es el que eso mismo sea lo suficientemente imaginativo como para pensar alternativas a las propias creencias actuales. “No hay ninguna actividad llamada ´conocimiento´ que tenga una naturaleza a descubrir y para la cual los científicos naturales están especialmente dotados. Existe, sencillamente, el proceso de justificar las creencias ante una audiencia” (Rorty 1997: 32). De ello no se deriva, sugiere el autor, la idea de que las creencias en mejores condiciones de justificarse sean las más probablemente verdaderas, ni que las menos justificables sean las que con más probabilidad resulten falsas.

No es muy distinta la disquisición de José Carlos Mariátegui cuando dice que el relativismo “empieza por enseñar que la realidad es una ilusión, pero concluye por reconocer que la ilusión es, a su vez, una realidad”[8]. Entonces todo esfuerzo por transformar el mundo sólo a partir del conocimiento sería vano, ya que “la fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia; está en su fe, en su pasión, en su voluntad”[9]. Encarnada en las muchedumbres, esa fe haría que la ilusión se convirtiera en realidad. Para James “tendremos que vivir hoy con arreglo a la verdad que podamos obtener hoy y estar dispuestos a llamarla falsedad mañana” (James 2002: 142). Para Mariátegui “¿Qué importa si la certidumbre de los hombres de hoy no sea la certidumbre de los hombres de mañana?”[10]. En lo que es un manifiesto contra el cientismo y la metodolatría, sostiene que sólo podemos encontrar la realidad por los caminos de la fantasía. Y agrega: “la fantasía, cuando no nos acerca a la realidad, nos sirve de bien poco. Los filósofos se valen de conceptos falsos para arribar a la verdad”[11].

Mariátegui es más explícito en su reflexión sobre las formas de relacionarnos con el pasado cuando nivela el discurso científico con la lírica y señala que la ciencia, si se pone por encima del mito y la leyenda, “no nos ayuda” a entender la historia, como ocurría con el pasado prehispánico. Una equiparación del discurso de la ciencia histórica –fundado por el positivismo- con una manera no científica de acercarse al pasado, la expresa claramente al defender a Luis E. Valcárcel. Decía que en el libro del autor cuzqueño se siente, ante todo, un hondo lirismo indígena.

“Este lirismo de Valcárcel, en concepto de otros comentaristas, perjudicará tal vez el valor interpretativo de su libro. En concepto mío no. No sólo porque me parece deleznable, artificial y ridícula la tesis de la objetividad de los historiadores, sino porque considero evidente el lirismo de todas las más geniales reconstrucciones históricas. La historia, en gran proporción, es puro subjetivismo, y en algunos casos, es casi pura poesía. Los sedicentes historiadores objetivos no sirven sino para acopiar pacientemente, expurgando sus amarillos folios e infolios, los datos y los elementos que, más tarde, el genio reconstructor empleará, o desdeñará, en la elaboración de su síntesis, de su épica”[12].

Ve positivamente este lirismo porque permite captar el espíritu del pueblo incaico, cosa que, en opinión de Mariátegui, no logra la ciencia con sus teorías y conceptos cuando -como en el caso de la teoría del animismo- se sitúan por encima de los seres humanos. Al valorar este lirismo se muestra discrepante con la tesis del carácter objetivo de la verdad: “Esta lírica exaltación logra acercarnos a la íntima verdad indígena mucho más que la gélida crítica del observador ecuánime”[13].

Ahora bien: que Mariátegui viera formas diferentes de comprender el pasado, no quiere decir que él echara al canasto la ciencia y el conocimiento racional. Por ello añade: “hay que desconfiar de la pura poesía”[14]. Podemos entonces sostener que el Amauta distingue la doxa de la episteme[15]; o , para decirlo con otros binomios más concretos, la opinión (“el puro subjetivismo”) de la ciencia, lo pre-rreflexivo del conocimiento racional y el creer del saber. Sin embargo, no los distingue como algo completamente diferente, ni establece la jerarquía iluminista; Mariátegui, a diferencia del grueso de los marxistas, no piensa que la ciencia sea el camino privilegiado para aproximarse al pasado de un pueblo. Cuando opta por la ciencia, lo hace convencido de que el ser pensante (el historiador) no debe estar al servicio de alguna teoría, sino al revés. Por ello puede pasar del idealismo al materialismo (y del materialismo al idealismo), sin mayores ataduras. En algunas oportunidades (por ejemplo cuando analiza el hecho económico en la historia del Perú) opta por una visión materialista; en otras por un claro idealismo (por ejemplo en su explicación del progreso de Estados Unidos). Puede moverse a sus anchas y muy libre desde el énfasis en el sujeto hasta el énfasis en las estructuras. Pero lo más sobresaliente es que el Amauta fue más allá de esa clásica polarización entre el ser y la conciencia (entre la estructura y el sujeto), aunque se encuentre más cerca del segundo lado de esta oposición. En el dilema determinismo/voluntarismo, opta muchas veces por este último: es la impronta hegeliana también presente en Gramsci y Mao. En este sentido Mariátegui es también un idealista. Sin embargo, no siempre lo es en el sentido hegeliano. No siempre se trata de un idealismo lógico, sino más bien “psíquico e interior”, como decía Francisco García Calderón al describir el idealismo de Henry Bergson. En el concepto pospositivista que asume Mariátegui, no sólo se refiere a un sujeto consciente sino también, como diríamos hoy, sintiente, con fe y pasión, con esperanza, y no solo con conocimiento.

De lo expuesto se puede observar que al igual que los pragmatistas, Mariátegui se rebela contra la distinción de tipo kantiana entre ciencia, por un lado, y metafísica y religión, por el otro. Por eso él es un marxista “convicto y confeso”. Al igual que los posmodernos, no cree en algo así como leyes históricas que el historiador y el sociólogo deben descubrir y manejar para encaminar el rumbo de la sociedad. Y en forma similar a la modernidad posmoderna manifiesta una concepción descentrada –no objetiva- de la producción de la verdad. Por eso habla de la “verdad indígena” y de la “gélida crítica del observador ecuánime”. Así, antes que un dominio de esas supuestas leyes, Mariátegui prefiere ir al encuentro de las emociones colectivas y en este punto nuevamente se distancia de la filosofía kantiana, cuya fuerza deliberativa y racionalista aún impregna la política. Apela a los sentimientos como forma de fundamentar las creencias confiriéndole un mismo estatuto. Por ello, en algunas ocasiones, empleará la fórmula “siente y sabe”, por ejemplo para referirse a la nueva generación. Mariátegui, en este sentido, nos resulta de suma utilidad para una tarea que hoy nos planteamos: ir en pos del sujeto sintiente, lo que podría servir para construir una comunidad en la que los individuos no sólo estén unidos por el derecho sino también por el sentimiento.

III

José Carlos Mariátegui, sin duda, era un pensador moderno, un intelectual que asumió la promesa de la Ilustración. Sin embargo, puso en cuestión su base epistemológica, al amparo del espiritualismo, del pragmatismo y de cierto relativismo e inicia -fallida aunque meritoriamente- la posibilidad de una reformulación del proyecto político de la modernidad en un sentido similar a la (pos)modernidad actual, es decir, partiendo de una crítica a los fundamentos epistemológicos. Hace esta crítica situándose en el terreno de los postulados filosóficos del proyecto socialista, afrontando los desafíos de carácter teórico y no tanto en las implicancias que los nuevos hechos –como la ocurrencia de una revolución en una sociedad, como Rusia, con atraso en el desarrollo de las fuerzas productivas- podrían conllevar para el marxismo. Consciente de que era la revuelta contra la Ciencia y la Razón lo que ponía en aprietos serios al marxismo (y luego de intentar salvar la situación elaborando filiaciones realmente fantasiosas[16]) halló la solución –y he aquí la gran lección que nos dejó- separando el programa socialista de la racionalidad que en el siglo XIX le daba fundamento.

En efecto, para Mariátegui el proyecto marxista se fundamenta en la subjetividad colectiva que reclama el socialismo: “Marx está vivo en la lucha que por la realización del socialismo libran, en el mundo, innumerables muchedumbres, animadas por su doctrina” (Mariátegui 1974: 41), y no en una concepción acerca de la historia:“Marx no se propuso nunca la elaboración de un sistema filosófico de interpretación histórica, destinado a servir de instrumento a la actuación de su idea política y revolucionaria” (Mariátegui 1974: 40).

Aunque es evidente que hay una gran distancia entre lo que Marx dijo y lo que el Amauta le atribuye, aunque Mariátegui está malinterpretando a Marx, esa creencia le sirve para separar el proyecto político de la componente epistemológica. Aclaremos además que no siempre Mariátegui interpreta a Marx de esa manera. Pero aun cuando se da cuenta de que el autor de El Capital encuentra en su concepción materialista de la historia la demostración científica de la inevitabilidad del socialismo, Mariátegui llega a lo mismo, pues no comparte ese procedimiento y disculpa a su autor. Según él “[Marx] no podía concebir ni proponer sino una política realista y, por eso, extremó la demostración de que el proceso mismo de la economía capitalista, cuanto más plena y vigorosamente se cumple, conduce al socialismo”. Más adelante agrega: “Antes que Marx, el mundo moderno había arribado ya a un momento en que ninguna doctrina política y social podía aparecer en contradicción con la historia y la ciencia” (Mariátegui 1974: 67). Mariátegui cree que ese tiempo había terminado ya: ahora era posible separar el proyecto político de la racionalidad con que se lo fundamentaba.

Con esta cirugía radical, la tormenta de críticas al determinismo y al racionalismo, podía pasar sin dejar daños de consideración en el proyecto político, ya que ahora éste se sustentaba en su audiencia. Pero es en este punto donde la reflexión mariateguiana se entrampa y se detiene. Y no podía ser de otra manera, pues si, como él piensa, el proyecto comunista se justifica en la creencia de las muchedumbres, no importando que la certidumbre de hoy no sea la de mañana, entonces ¿qué sentido tendría cuestionarlo? El arsenal teórico aprendido no lo puede utilizar para someter a crítica el proyecto occidental marxista, pues este es un tópico sagrado, una gran creencia que impide producir otras creencias. En este sentido, y visto en perspectiva, el esfuerzo de Mariátegui quedó teóricamente trunco.
Así, Mariátegui, siendo muy crítico del racionalismo, resultó siendo al mismo tiempo un ferviente convencido del proyecto occidental de la modernidad, en un sentido positivo y en un sentido negativo. Positivamente, porque sostenía que fuera de la civilización occidental, es decir, sin los aportes de la cultura occidental no habría posibilidad para proseguir en el proceso de humanización, pues en las ideas de libertad y de igualdad se encuentran, además del antídoto para los males que Occidente mismo ha generado, las herramientas filosóficas para fundamentar prácticas sociales en las que unos seres humanos no traten como cosas a otros seres humanos. Mariátegui no sólo no está en contra de Occidente, sino que considera que el Perú, aunque su población participe de un ethos cultural distinto, está y debe seguir en su órbita. Por ello disiente con Luis E. Valcárcel, cuando “quiere que repudiemos la corrompida, la decadente civilización occidental”[17].

Y negativamente, porque su apología de Occidente no iba acompañada del rescate de otras culturas. Es más el Amauta, en nombre del maquinismo industrial, es bastante crítico del aporte hindú que expresa Gandhy -a quien considera antihistórico e ingenuo- y califica como derrotistas a los intelectuales europeos que muestran simpatías por la cultura oriental y abdican de las mejores cualidades de la cultura occidental, abandonadas por su propia burguesía. Piensa desde el Extremo Occidente la propia cultura occidental. Pero no realiza una defensa creativa. Hace esta defensa porque el triunfo de las ideas liberales en Oriente sería la antesala del futuro triunfo socialista. En varias oportunidades Mariátegui afirmó que el destino del liberalismo auténtico era preparar el camino para el socialismo. Por ello celebra a la revolución Turca de 1919:
“Cinco años han bastado para que todo el poder pase del Sultán al Demos y para que en el asiento de una vieja teocracia se instale una república demo-liberal y laica. Turquía de un salto, se ha uniformado con Europa, en la cual fue antes un pueblo extranjero, impermeable y exótico. La vida ha adquirido en Turquía una pulsación nueva. Tiene las inquietudes, las emociones y los problemas de la vida europea. Fermenta en Turquía, casi con la misma acidez que en Occidente, la cuestión social. Se siente también ahí la onda comunista. Contemporáneamente, el turco abandona la poligamia, se vuelve monógamo, reforma las ideas jurídicas y aprende el alfabeto europeo. Se incorpora, en suma, a la civilización occidental” Mariátegui 1980:240)[18].

Con este canto a la uniformidad y a la unilinialidad, está claro que Mariátegui no defiende el pluralismo cultural. Para él la modernidad occidental ha de ser la antorcha que ilumine la marcha de la humanidad. Pero, ¿Cuáles son los aspectos que pueden ser sometidos a crítica por los pueblos orientales? ¿Qué rescatar de los pueblos asiáticos más allá de su idioma? Mariátegui no lo tiene claro. De igual manera, al referirse a la realidad peruana, propone para el indio el aprendizaje, en su propia lengua, de las lecciones de Occidente; pero lo hace desde una postura etnocentrista, minusvalorando a chinos, negros y mestizos (Mariátegui 1999: 339-346). Definitivamente, el Amauta no es un paradigma para construir un Perú donde reine la diferencia y la pluralidad. Su preferencia por lo indígena emanaba de una evaluación pre-programática: los indios eran un factor decisivo para el triunfo de la causa socialista, no sólo por una consideración cuantitativa, sino principalmente cualitativa: los rasgos colectivistas que él veía compatibles con el proyecto marxista. La “verdad indígena” resulta finalmente subordinada al proyecto industrializador. Su apuesta política pone cárceles a su pensamiento. Su fe sin límites en la revolución socialista le impide asumir hasta las últimas consecuencias el relativismo y el pragmatismo de los que hace gala en “El hombre y el mito” y en “La lucha final”. De haberlo hecho, habría desmontado la jerarquía que establece entre socialismo y liberalismo, entre Occidente y Oriente y más allá de esta polarización; habría observado, en el caso peruano, no un proceso histórico centrado en lo indígena, sino muchas historias, todas ellas equivalentes y legítimas para construir un nuevo proyecto de modernidad desde y para el Perú.


José Carlos Mariátegui acertó al rescatar el proyecto político de la modernidad occidental, aunque lo hizo sin mucha crítica a sus pretensiones ecuménicas. Sin embargo, logró mantener una saludable tensión, en el plano epistemológico, entre lo no científico y lo científico como caminos viables para una comprensión conectada con la acción. Teniendo en cuenta esta equivalencia, su reflexión podemos vincularla a la propuesta de una modernidad desde la posmodernidad; es decir su especulación debería servirnos para un proyecto que mantenga los objetivos del proyecto político de la Ilustración y los reformule, prescindiendo de las bases epistemológicas con las que nació. Inspirándonos en Mariátegui podríamos decir que la lucha por un nuevo mundo –un proyecto que se alimente del socialismo y del liberalismo, de otras ideologías aparecidas bajo principios humanistas y en las tradiciones de los pueblos-, no se puede ni se debe fundamentar autoritariamente en la certidumbre de una lectura científica de la sociedad ni en la pura deliberación racional, sino más bien en una generalizada convicción moral de su necesidad. Los discursos de la historia, la sociología o la filosofía pueden valer -tanto como los discursos no científicos- en la medida que ayuden a fortalecer democráticamente esa convicción y a movilizar la acción.

BIBLIOGRAFIA

Flores Galindo, Alberto, 1989. La Agonía de Mariátegui, Lima: Instituto de Apoyo Agrario.

Franco, Carlos, 1981. Del marxismo eurocéntrico al marxismo latinoamericano, Lima, CEDEP.

García Salvatecci, Sorel y Mariátegui, Lima: Enrique Delgado Editor, S/f.

Germaná, César,1978. La polémica Haya de la Torre-Mariátegui: reforma o revolución, Lima: ediciones Sociedad y Política.

James, Williams, 2002. Pragmatismo, Barcelona: Ees Folio.

Kapsoli Wilfredo, 1980. Mariátegui y los congresos obreros. Lima, Empresa Editora Amauta;

Mariátegui, J.C. La escena contemporánea, Lima, empresa Editora Amauta, 1980, p. 204. Sobre la jerarquía entre liberalismo y socialismo ver: Lima,

----------1985. Temas de nuestra América, Lima: Empresa Editora Amauta.
--------1999. Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Lima, Empresa Editora Amauta.

Mouffe, ChaNTAL, 1999. El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo y democracia radical. Paidós, Barcelona.

Monteagudo, 1999. “Apuntes sobre `lo pre-reflexivo´ y la distinción entre opinión (doxa) y ciencia (episteme)”, en Boletín del Instituto Riva Agüero, No. 26, Lima,

Rorty, Richard, 1997. ¿Esperanza o conocimiento?Una introducción al pragmatismo. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires

Schutte, Ofelia, 1992. “Nietzsche, Mariátegui y el socialismo”, en Anuario Mariateguiano,vol. IV, No 4, Lima.

Sorel, Georges, 1921. De l´ultilité du pragmatisme. Marcel Riviére, París.


[*] Augusto Ruiz Zevallos es Magíster en Historia, Director de la Sección de Postgrado de la Facultad de Humanidades de la UNFV y profesor de Historia Comparada en la misma facultad. Ha sido también profesor en la Universidad Michel de Montaigne, en Francia y conferencista invitado en la Universidad de Taipei, República de China. Entre sus libros se encuentra, La multitud, las subsistencias y el trabajo, Lima 1890-1920, publicado por el Fondo Editorial de la PUCP en 2001.
[1] José Carlos Mariátegui, La organización del proletariado, Lima: Ediciones Bandera Roja, 1967.
[2] José Carlos Mariátegui, El proletariado y su organización, México, Grijalbo, 1969.
[3] Posteriormente, en los años 1990, César Germaná se ha interesado por las relaciones entre socialismo y democracia en Mariátegui.
[4] Flores Galindo es un ejemplo como historiador. Enemigo del cientificismo en historia, estuvo a favor de Thompsom en su polémica con Althusser; se sirvió de Braudel en su estudio de las estructuras, pero no hizo caso –en Buscando un inca (Lima 1986)- del dictamen braudeliano de estudiar las mentalidades sólo después de analizar el piso económico. Su quehacer contribuye, en algunos aspectos, a una visión discursiva de la historia y se diría que su manera de entender el pasado es, afortunadamente, no marxista, aunque no su mensaje político. Flores Galindo adoleció de los problemas comunes a los políticos e intelectuales que a partir de los años 1950 no pudieron dar el salto de la promoción para convertirse en una generación distinta de la de los años 20. Aunque acertó al ver esa vena pasional del pensamiento de Mariátegui –el rescate de las emociones-, su concepción de lo emotivo seguía siendo instrumental. Tampoco fue crítico del proyecto colectivista y en gran medida su propuesta, basada en la utopía andina, no representa una innovación sustancial respecto al proyecto de Mariátegui: la amalgama de socialismo indígena y comunismo marxista.
[5] Sobre este punto existe una implícita bibliografía, pero conviene citar a: Hugo García SalvateccI (S/f) y Ofelia Schutte (1992).
[6] J.C. Mariátegui, “El Iberoamericanismo y pan Americanismo”, en Mundial, 8 de mayo de 1925.
[7] Es muy probable que Mariátegui empezara a valorar el pensamiento de James a través de la lectura de Sorel, quien asumiendo la concepción pragmatista de la verdad, propuso que el mito no es verdadero en un sentido abstracto, sino algo en lo que resulta útil creer. Ver Sorel 1921. Gran parte de los libros del Amauta se encuentran en la Biblioteca Central de la UNMSM (Fondos Reservados).
[8] J.C. Mariátegui, “La lucha final”, en Mundial, Lima: 20 de marzo de 1925.
[9] J.C. Mariátegui, “El hombre y el mito”, en Mundial, Lima: 16 de enero de 1925.
[10] .J.C. Mariátegui, “La lucha final”, Op. Cit. Ver también El Alma Matinal. Lima, Empresa Editorial Amauta, 1959, p. 26.
[11] Ver: J.C. Mariátegui, “La realidad y la ficción”, Perricholi, Lima, 25 de marzo de 1926.
[12] J.C. Mariátegui, “El rostro y el alma del Tawantinsuyu”, en Mundial, Lima: 11 de setiembre de 1925.
[13] Op. Cit. Está incluido en Peruanicemos al Perú. Lima, Empresa Editorial Amauta, 1959, p. 63.
[14] Op. Cit., p. 63
[15] Sobre la disyuntiva entre doxa y episteme en la tradición occidental véase Monteagudo, 1999: 245-252.
[16] Como cuando afirma que Sorel fue muy influyente en la formación espiritual de Lenin. Ver J.C. Mariátegui, Defensa del marxismo, Lima, Empresa Editora Amauta, 1974, p. 43.
[17] “El rostro y el alma…”, op. Cit.
[18] Sobre la jerarquía entre liberalismo y socialismo ver Mariátegui 1985: 136.

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sábado 16 de junio de 2007

Nuria Azancot

A sus casi noventa años, el historiador británico Eric J. Hobsbawm (Alejandría, 1917) sigue en activo y con ganas de pelea, enredado en mil proyectos a pesar de confesar, con algo de coquetería, que “a mi edad debo limitar mis ambiciones”. Lo dicho, pura coquetería, porque a renglón seguido reconoce a El Cultural que está apasionado por las últimas investigaciones sobre el ADN, y contesta vía email a velocidad de vértigo... Hijo de padre inglés y madre vienesa, en su autobiografía (Años interesantes, Crítica, 2003) explicaba que se ha sentido “como en casa” en varios países, a pesar de ser “alguien que no pertenece totalmente al lugar en el que se encuentra, bien como ciudadano británico entre centroeuropeos, bien como inmigrante del continente en Inglaterra, bien como judío en todos los sitios en los que he estado –especialmente en Israel”. Irreductible en sus convicciones,“el historiador más conocido del mundo” habla hoy con El Cultural sobre el imposible fin de la Historia, sobre el nacionalismo y sus mitos y sobre terrorismo, temas que aborda en Guerra y paz en el siglo XXI (Crítica), que lanza la próxima semana en España y del que también ofrecemos uno de sus mejores ensayos.

Antiespecialista en un mundo de especialistas, el trabajo de Hobsbawm se ha dirigido a menudo “a los no intelectuales”, lo que “ha complicado mi vida como ser humano pero ha representado una ventaja profesional para el historiador”. Otra es que, como reconoce a menudo, estuvo en algunos de los lugares precisos cuando debía: “Si uno ha vivido lo suficiente en la Europa del siglo XX, es casi imposible no haber estado en lugares históricos en momentos históricos. He tenido suerte”. A raudales. Pasó su infancia en la Viena de la posguerra de la I Guerra Mundial, su adolescencia en el Berlín prehit-leriano y su juventud en Londres y Cambridge. Se hizo comunista en 1932, aunque no ingresó en el partido hasta que llegó a Cambridge en otoño de 1936; la II Guerra Mundial coincidió con su servicio militar, pero, a pesar de presentarse como voluntario, sólo pudo colaborar en el Ala Militar del Hospital de Gloucester, “donde hacía de una especie de asistente social”.

Del Che Guevara al jazz
Políglota y cosmopolita, su vida académica le ha llevado a Estados Unidos, Hispanoamérica (vivió en Colombia y Perú, y fue intérprete del Che Guevara), la India y Extremo Oriente. Miembro de la British Academy y de la American Academy of Arts and Sciences, hasta su jubilación enseñó en el Birkbeck College de la Universidad de Londres y desde entonces dicta clases en la New School for Social Research en Nueva York. Pero su retrato sería incompleto sin mencionar, por ejemplo, su pasión por el jazz (durante diez años escribió críticas bajo el seudónimo de Francis Newton, como homenaje al trompetista del mismo nombre, que fue uno de los pocos músicos de jazz comunistas), su fascinación por las investigaciones científicas punteras o los rescoldos jamás extinguidos de su fe comunista.

–Hace algún tiempo, el escritor Ian Buruma publicó un ensayo acerca de usted, de por qué Eric Hobsbawm había permanecido leal al comunismo tanto tiempo y a pesar de todo. Y al final no quedaba muy clara la razón. ¿El propio Hobsbwam conoce la respuesta?
–No soy la única persona del mundo que se mantuvo leal a la causa de la emancipación de la humanidad casi toda su vida. Para los que quieran una respuesta biográfica más completa, he intentado ofrecerla en mi autobiografía Años Interesantes.


Allí, por ejemplo, admite que “hoy en día el comunismo está muerto”, aunque acaba preguntándose si acaso “la humanidad puede vivir sin los ideales de libertad y justicia o sin aquéllos que le dedican su vida ¿O acaso incluso sin el recuerdo de los que así lo hicieron en el siglo XX?”).

Un nuevo terrorismo
–Pero, ¿al menos ha llegado a aceptar los límites de la condición humana, eso que su amigo Isaiah Berlin llamaba “las vigas torcidas de la humanidad”?
–Siempre he aceptado los límites de la condición humana, pero también he reconocido sus enormes esperanzas para un mundo en el que los humanos pueden ser humanos.
–¿Cómo cambiaron los atentados del 7 de julio de 2005 en Londres sus ideas sobre el terrorismo?
–Los marxistas siempre hemos sido escépticos con el terrorismo (es decir, con el intento de lograr un cambio social o político principalmente mediante la acción violenta de pequeños grupos). Por sí solo el terrorismo no puede alcanzar sus metas, ni siquiera la independencia de pequeñas naciones. Ni el 11-S ni el 7-J han cambiado mi opinión al respecto. La actual fase de terrorismo es nueva en la medida en que puede organizarse globalmente de una forma en que jamás se organizó ningún terrorismo anterior, en la medida en que utiliza una macabra técnica nueva, el atentado suicida, y en la medida en que algunas de sus versiones practican sistemáticamente la masacre indiscriminada. Pero aunque esto justifica ciertamente todos los esfuerzos por eliminarlo, eso no lo convierte en una gran fuerza militar o en un peligro grave para cualquier sociedad y nación estables.

Errores de Fukuyama
–En las primeras páginas de Guerra y paz enen el siglo XXI, el libro que lanza en España la próxima semana, se muestra muy crítico con Fukuyama... ¿Por qué considera que el historiador americano fue, cuanto menos, un incauto cuando planteó y desarrolló su teoría sobre el Fin de la Historia?
–Fukuyama suponía que la culminación del desarrollo histórico sería la conversión permanente del globo a la combinación occidental de capitalismo y gobierno liberal representativo. Pensó que se había logrado, después de que se superara el desafío del socialismo en el siglo XX. No creía que la historia llegaría a detenerse, sino que a partir de entonces el mundo avanzaría tranquilamente dentro de un marco occidental incuestionable. Pero se equivocaba en ambos puntos. No hay razón alguna para creer que el capitalismo liberal del tipo noratlántico que triunfó a finales del siglo pasado sea la base duradera de las operaciones futuras del mundo. No es fundamentalmente estable ni inmune a cambios o desafíos posteriores. Y es evidente que, desde el final de la Unión Soviética, no hemos entrado en un “nuevo orden mundial”, sino en una época de agitación tectónica mundial.
–Tampoco está de acuerdo con Fukuyama cuando defiende lo que llama “valores liberales positivos” y afirma que las modernas sociedades liberales han debilitado sus identidades, basadas en conceptos como patria o religión, y que deben enfrentarse al desafío que plantean emigrantes de otras razas y religiones, que, según él, están mucho más seguros sobre quiénes son...
–Las sociedades liberales, al estar basadas en el individualismo, están concebidas para que tengan unas identidades colectivas débiles. Por tanto, es inútil quejarse de que los “valores liberales positivos”, como escribe Fukuyama, no son suficientes para una humanidad que no vive buscando sólo el interés propio. ¿Cuáles son las alternativas? Es cierto que la velocidad y la escala del cambio histórico, es decir, el impacto de un turbocapitalismo global desde los años 60, han minado los patrones tradicionales de relación entre los seres humanos y, por tanto, su idea de identidad individual y colectiva. Los inmigrantes procedentes de países en los que este proceso está menos avanzado quizá preserven todavía las viejas formas de identidad, sobre todo en la primera generación, pero el hecho mismo de la migración las debilita. De hecho, nadie tiene un problema de “saber quién soy” más acusado que los inmigrantes de segunda generación, como los jóvenes terroristas del sur de Asia que viven en Gran Bretaña y que no se sienten como sus padres ni como los británicos y que, por tanto, hallan una identidad en un tipo nuevo y muy poco tradicional de fundamentalismo musulmán. Pero los occidentales desorientados también intentan buscar identidades colectivas en una era de incertidumbre, y una minoría también las encuentra en los estilos de vida religiosos, culturales y sexuales, mientras que un número mayor se refugia de la impersonalidad global en el nacionalismo étnico. Creo que son síntomas de enfermedad más que un diagnóstico, y mucho menos un tratamiento, como pretende Fukuyama.

Historia, nacionalismo y mitos
–Una de sus principales contribuciones académicas son sus investigaciones sobre la invención de tradiciones nacionales. En la era del nacionalismo y de una nueva preocupación por la identidad nacional, han surgido nuevos mitos históricos nacidos simple y llanamente por razones políticas, sectarias y étnicas. ¿Es eso lo que hace que el papel del historiador sea tan decisivo a la hora de desenmascarar falsos mitos?
–Tiene razón. Vivimos en una época dorada de creación de mitos históricos, diseñada para reforzar identidades de grupo de toda índole, en especial en una gran cantidad de nuevas naciones y movimientos regionales y étnicos. Creo en lo que escribió Ernest Renan en 1882: “El olvidar la historia y, de hecho, el error histórico, son factores esenciales en la formación de una nación, y ése es el motivo por el que el progreso de la investigación histórica a menudo constituye un peligro para la nacionalidad”. Los historiadores hoy en día somos la primera línea de defensa contra el avance de mitos peligrosos.
–Otro de los temas de su libro es el imperialismo. ¿Considera que el americano actual es más débil que el español del siglo XVI o británico del siglo XIX? ¿Por qué?
–El Imperio Español del siglo XVI es muy distinto del británico y el estadounidense. El Imperio Británico, que gobernó a más gente que cualquier otro en la historia, reconocía sus puntos débiles incluso en la cúspide de su poder: vea, por ejemplo, el poema “Recessional”, escrito por el gran imperialista Rudyard Kipling. Sabía que sus principales activos –el ser la primera potencia industrial y el centro del comercio internacional, o una armada que controlaba los océanos– no durarían. También sabía, desde la pérdida de las colonias americanas, que podría sobrevivir la pérdida del imperio y que seguiría floreciendo. El imperio estadounidense carece de este sentido de sus limitaciones. En lo relativo a la política de fuerza, obviamente no es débil, aunque sea incapaz de dominar el mundo por sí solo. Su economía atraviesa un relativo declive, pero lógicamente seguirá siendo formidable durante mucho tiempo. Sin embargo, a diferencia del Imperio Británico, que prosperó en una época de paz y escasos gastos en armamento, el imperio de Estados Unidos depende de la realidad y el potencial de un poderío militar abrumador para su supremacía. Estados Unidos, a diferencia de la Gran Bretaña del XIX, nunca ha sido un elemento esencial del sistema de comercio internacional, sólo su economía más importante. Por tanto, a diferencia de Gran Bretaña, quizá intente contrarrestar su declive mediante el poder militar. Éste es uno de los grandes peligros de la situación mundial del nuevo siglo.
–Si eso es así, ¿qué opinión le merece la dependencia europea respecto a la política internacional norteamericana?
–Todos los Estados europeos y la Unión Europea deben aceptar a la superpotencia, pero no hay razón para depender de ella. Nuestro modelo debería ser la política comercial de la UE, y no la de la OTAN.

El mapa de la especie humana
–Es evidente que usted sigue en activo, atento a la actualidad. ¿Qué descubrimientos, que inestigaciones académicas ha encontrado fascinantes últimamente?
–Me fascinan los recientes avances de la tecnología del ADN, que hacen posible una cronología y un mapa de la propagación de la especie humana por todo el globo. (Como historiador) Las dos obras originales, innovadoras y ambiciosas que más me han impresionado son The Birth of the Modern World, de Christopher Bayly, una historia auténticamente global, y Framing the Early Middle Ages, de Chris Wickham, que debe alterar nuestras perspectivas sobre lo ocurrido tras la caída del Imperio Romano.

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Un modelo para el estudio de manuscritos

martes 12 de junio de 2007

Lydia Fossa

Los manuscritos del siglo XVI presentan varios problemas a los investigadores: su ubicación y la identificación del autor. No es raro que algunos manuscritos tengan todos estos problemas simultáneamente; ése fue el caso de uno conocido como la Relación de las cosas acaecidas en las alteraciones del Perú después de que Blasco Núñez de Vela entró en él. Mercedes de las Casas Grieve, historiadora e investigadora, ha superado estos escollos con gran habilidad, estudiando las tres versiones existentes.

La primera tarea de Mercedes de las Casas Grieve al estudiar Relación de las cosas (Fondo Editorial de la PUCP. Colección Clásicos Peruanos: Lima, 2003, páginas 366) fue descubrir la ubicación del Manuscrito de Madrid (MM), considerado perdido desde 1965. La historiadora siguió las pistas dejadas por sus predecesores, especialmente Franklin Pease, quien sabía por un catálogo de 1935 que el manuscrito estaba en la Biblioteca del Palacio Real en Madrid y allí, Las Casas lo encontró (1). Después de una cuidadosa lectura, De las Casas muestra que tres son las manos que han participado en la escritura de MM, y que se trata de una relación-carta completa. Este manuscrito fue escrito en el Perú; finaliza en diciembre de 1547 con la descripción del real ejército de don Pedro de la Gasca viajando de Xauxa al Cusco. La segunda mano en el MM ha sido identificada por Marcos Jiménez de la Espada como la de uno de los secretarios de De la Gasca, el escriba Juan Gutiérrez. Por ello, se ha sugerido que es una copia entregada al pacificador como un reporte de los años turbulentos que precedieron a su llegada al Perú. Esto, así como otras copias manuscritas, formó parte del legado que, después de la muerte de De la Gasca, quedó depositado en Cuenca, y después en la Biblioteca del Palacio Real de Madrid.

El manuscrito de Sevilla (MS), que se conserva en el Archivo General de Indias, ostenta un título ligeramente diferente, pero trata también de los sucesos relacionados con la rebelión de Gonzalo Pizarro en contra de la Corona española. Este manuscrito se conservó primero en el Archivo de Simancas, y después fue transferido al Archivo General de Indias en Sevilla. Quien lo encontró, Juan Bautista Muñoz, lo atribuyó al contador e historiador Agustín de Zárate, aunque esta tesis fue desechada desde el siglo XIX por Jiménez de la Espada, quien demostró que Zárate no pudo haber sido el autor. Se le consideraba la versión arquetípica de todos los manuscritos referidos al levantamiento de Gonzalo Pizarro, inclusive de la Historia del descubrimiento y conquista del Perú de Agustín de Zárate (1557), sin embargo, no fue estudiado, transcrito o publicado porque se pensaba que estaba incompleto, ya que solamente la primera de sus dos partes estaba archivada. Recientemente, Guillermo Lohmann encontró la segunda parte con un código diferente, en el mismo Archivo General de Indias. El manuscrito de dos secciones tiene unos pocos párrafos más en los que se detalla lo acontecido en el Perú hasta abril de 1548. El MS se basa en el MM, mas fue editado de tal manera que se le eliminaron las características originales de informe privado, se resaltaron los aspectos históricos y se simplificó la narrativa. Incluye situaciones que sucedieron después que se terminó el MM, y se le añadieron incidentes importantes como la captura, prisión, sentencia de muerte y ajusticiamiento de Gonzalo Pizarro. Además, añade brillo y peso a los pasajes en que De la Gasca protagoniza los hechos.

El Manuscrito de París (MP) lleva el título de Relación de todo lo sucedido en la Provincia del Perú desde que Blasco Núñez Vela fue enviado… Se suponía que era la versión más completa y confiable de las tres, pero, sometida a un escrutinio más exhaustivo, se presenta como un proyecto muy diferente. Está dividido en dos partes; la primera es una versión editada de MM, y la segunda ofrece los detalles de la batalla de Xaquixahuana que ganaron las fuerzas realistas a las huestes de Pizarro. También añade información sobre las acciones que tomara don Pedro de la Gasca. Tiene una serie de historias cortas que no están relacionadas con el tema principal, la rebelión de Gonzalo Pizarro. Mientras que la primera parte posee el estilo característico de una relación; la segunda es, más bien, el proyecto de una historia escrita por alguien que quería informar a un público numeroso sobre un período más amplio de la historia del Perú.

En busca de un autor
Así, el MM y el MP constituyen proyectos narrativos diferentes y fueron escritos por autores diferentes (2003:100). De acuerdo con Mercedes de las Casas, y después de cotejar los tres manuscritos, el MM fue el primero en ser escrito e inició, en 1547, la secuencia de textos. A este manuscrito lo siguió el de París, versión editada del MM a la que se le añadieron otros textos en 1550. El manuscrito de Sevilla es un texto de 1548 basado en el MM, aunque difiera de él de muchas maneras. En la presente trascripción anotada, se coteja el MM con los manuscritos de Sevilla y de París, palabra por palabra y frase por frase. Este cuidadoso cotejo comprende más de mil 500 notas comparativas.

Una vez que el MM quedó establecido en calidad de arquetipo, la identificación de su autor fue el siguiente reto por vencer. Para hacerlo, se anotó las indicaciones geográficas y temporales que se encontraron en el manuscrito. El autor, un testigo presencial, había estado con algunos de los protagonistas en Panamá, en la Ciudad de los Reyes, en Jauja y en el Cusco, entre 1543 y 1547. Adicionalmente a esto, el autor debió haber sido un funcionario de importancia, ya que tuvo acceso a los documentos que circulaban solamente entre los más altos dignatarios de la época. Escribió su texto siguiendo el estilo académico, indicando así su paso por alguna universidad. La forma cuidadosa de describir, añadiendo detalles y luego evaluando las consecuencias de las acciones, es indicativa de la presencia de un abogado, de una persona entrenada para analizar situaciones y proyectar resultados a panoramas futuros. Su formación, además, muestra la filosofía tomista fijada en la redacción: primero un antecedente, luego el desarrollo y, finalmente, el consecuente. Esta sistematización de la discusión se convirtió en el estilo en el cual se basaba tanto la exposición como la discusión académicas en la España del siglo XVI. El autor quiere que todo lo que escribe sea comprendido: su narrativa mostrará un esfuerzo didáctico.

Le escribe el informe a un destinatario que ha compartido algunos de los sucesos con él. Se los trae a la memoria como para recordarle esas situaciones, ya que anteceden a las que sucedieron después, cuando el destinatario ya no estaba en el lugar de los hechos. El autor proporciona información adicional en lo que respecta a los eventos iniciales y posteriores a su partida del Perú, como por ejemplo el descubrimiento de las minas y cerro de Potosí. Es obvio, por la forma en que el autor se dirige al destinatario, que éste es una persona cercana al rey. También queda claro que lo que el autor quiere transmitir al rey es el delicado tema de la traición de Gonzalo Pizarro, de su ambición ilimitada de poder y riquezas y de la facilidad que tuvieron algunos personajes para manipularlo. Todos estos indicadores apuntan hacia el licenciado Polo Ondegardo como autor del manuscrito de Madrid, y al contador Agustín de Zárate, su tío, como el receptor de la carta-relación. Varios episodios de la vida de ambos protagonistas coinciden con los que se mencionan en el manuscrito. Hay, además, un paralelismo muy claro entre la ubicación del autor y de su destinatario y las locaciones establecidas en el texto como el “aquí” y “allá”, referidas al Perú y España, respectivamente. Estas localidades han sido identificadas para el período entre noviembre de 1543, cuando salieron de España en viaje a Indias, y noviembre de 1547, cuando el autor conoce a don Pedro de la Gasca y se une a las fuerzas realistas contra el rebelde Pizarro.

La perspectiva política del autor también coincide con la de Ondegardo. Los rastros identificatorios que dejó el autor en su texto son muy escasos, porque fueron evitadas cuidadosamente. Pero una investigadora meticulosa como De las Casas fue capaz de encontrarlas y verificarlas con los datos biográficos conocidos del autor. Ha demostrado de manera convincente que inicialmente Ondegardo estuvo cerca de los licenciados Ortiz de Zárate y Carvajal; después formó parte del entorno de Gonzalo Pizarro y estuvo a las órdenes de Lorenzo de Aldana. Es con este último personaje que Ondegardo decide cambiar de facción y unirse a las fuerzas del rey. El autor y Ondegardo indican tener una “posición intermedia” en el candente tema de la posesión de las encomiendas. Esto significaba que no estaba de acuerdo con las ordenanzas que reducían la posesión de dos vidas a una, que quería que el Rey escuchara las opiniones de los encomenderos y que, a partir de ellas, diera una legislación menos drástica en lo referido a la encomienda.

De las Casas identificó la frase “dado caso” que el autor utiliza a lo largo de su carta-relación. Esta frase confirma su formación académica, legalista, en España. La investigadora exploró esta vía por ser su estilo tan especial, en el sentido de que otros escritores de la época no tuvieron ni su experiencia académica, inclinación política o sus antecedentes legales.

La Relación de las cosas hace importantes contribuciones históricas. Una de ellas es la ineptitud política y la poca conciencia de la oportunidad demostradas por el primer virrey del Perú, Blasco Núñez Vela, especialmente su terca insistencia al aplicar las nuevas leyes a pesar de la violencia de las reacciones de los encomenderos. El texto de Ondegardo muestra también el importante rol intelectual que le cupó al oidor Vásquez de Cepeda en la rebelión. Ese rol ha sido siempre subestimado y poco estudiado, ya que la atención se había centrado en la rebelión misma y en su líder aparente, Gonzalo Pizarro. Ondegardo resulta muy claro cuando especifica que las ideas separatistas no eran de Gonzalo Pizarro, sino que habían sido planteadas por Cepeda, por el capitán Francisco de Carvajal y por otros. Pizarro confiaba ciegamente en Cepeda y en Carvajal y les consultaba antes de tomar cualquier acción (De las Casas, 2003:92). En la relación de Ondegardo, Gonzalo Pizarro no es el fiero enemigo de la corona, sino el peón útil de los funcionarios ambiciosos y de los militares que vieron en la separación de la península su mejor oportunidad para ascender vertiginosamente hasta los estratos más altos de la sociedad criolla americana.

Transdisciplinariedad
El análisis comparativo de las tres versiones, así como el estudio individual que cada uno demandó, exhibe una perspectiva literaria de la investigación histórica que coloca a Mercedes de las Casas en una posición de liderazgo en lo que concierne a la transdisciplinariedad. Su estudio se ha visto enriquecido por la inclusión de líneas de investigación lingüística que le permitieron establecer las coordienadas temporales presentes en la producción de cada versión, así como su coherencia interna. En el MM, su cuidadosa identificación de relaciones lexemáticas anafóricas y catafóricas le permitieron confirmar la unicidad e integridad del texto. La cohesión del MM quedó establecida siguiendo los indicadores de concatenación en el texto. Desde otra disciplina, identificó los indicadores retóricos, tema y rema, que usara el autor cuando quiso transmitir ocurrencias simultáneas en un discurso lineal. De las Casas identificó dos tipos de concatenación textual utilizados por Ondegardo. Además, halló en el texto otro tipo de correlación, articulado por anáforas y catáforas; esto es, anuncios de lo que vendría o retrospecciones de lo que había sucedido antes de los eventos narrados. De esta manera quedó garantizada la organicidad del texto, fruto del esfuerzo de un escritor entrenado y cuidadoso.

En mi opinión, sus aproximaciones transdisciplinarias son todavía más valiosas porque responden a una sensibilidad intelectual desarrollada en contacto con su corpus. La investigadora ha sido capaz de percibir la imperiosa necesidad de utilizar instrumentos lexicológicos, filológicos y semánticos, a fin de enfrentarse exitosamente con el proyecto de organizar la confusión que rodeó el conjunto de textos que examinó y develar el misterio autorial. La dilucidación del texto fuente y de su autor fueron, así, el resultado natural del trabajo analítico previo: un modelo para otros análisis comparativos y de contenido.

Publicado en Identidades N° 85, el 23 de mayo del 2005.

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Hernando de Soto. ¿Rey del Perú?

sábado 9 de junio de 2007

José Antonio Mazzotti

Un proyecto político, basado en la concordancia y la reciprocidad, no estaba ausente del corpus garcilasiano. Como veremos, en La Florida del Inca comienza a delinearse no sólo una retórica, sino también la posibilidad de estructurar un planteamiento fundamentado en el mestizaje étnico y cultural

Desde el acertado encomio que le endilgara Ventura García Calderón de “Araucana en prosa”, La Florida del Inca ha constituido para la crítica una obra poco relacionada con la búsqueda de una identidad andina, a diferencia de los Comentarios reales. Más bien, casi resulta un ejercicio de poetización heroica de la expedición de Hernando de Soto a esa inmensa región que es hoy el sur de Estados Unidos, y no sólo la península de la Florida, entre 1538 y 1542.
Aquí, por el contrario, quisiera reflexionar sobre la forma en que La Florida se articula con el resto del corpus garcilasiano y examinar la importancia fundamental de algunos pasajes de la obra como parte de un proceso de construcción identitaria de enormes proporciones en la escritura de la obra posterior del Inca.

Conviene comenzar recordando que La Florida se ofrece al público de su época como historia, y no como ficción. Aparecida en 1605, La Florida es una de esas obras que tuvieron que esperar muchos años para darse a conocer. El propio Garcilaso señala en su “Proemio al lector” que, luego de una primera redacción, encontró las relaciones de Juan Coles y Alonso de Carmona, soldados que participaron en la expedición de Hernando de Soto. Ya antes, y desde la década de 1560, Garcilaso había entrado en contacto con Gonzalo Silvestre, quien también había participado en la conquista del Perú. Silvestre había sido compañero de armas de Hernando de Soto y había conocido al padre de Garcilaso y a otros conquistadores en el antiguo país de los incas.

Cuando Garcilaso encuentra fuentes textuales como los ocho pliegos de las Peregrinaciones de Alonso de Carmona y los diez de la Relación de Juan Coles, además de los relatos del Fidalgo de Elvas y los Naufragios de Cabeza de Vaca, inicia, pues, una segunda redacción de la obra. Eran los años de 1591 y 1592. ¿Pero por qué demoró tanto la publicación de La Florida hasta 1605? Sin duda, problemas de aprobaciones, pero también el cuidadoso y detallado trabajo de comprobación de fuentes hizo lo suyo. Un tercer elemento: el cuidado en el estilo, pues en la época no se trataba sólo de afirmar la verdad de lo narrado dentro del género historiográfico. También había que articularlo conforme a las posibilidades de la retórica para lograr una persuasión inapelable, capaz de conmover y estimular al lector hacia la acción.

La verdad de la historia y las fuentes

En tal sentido, el testimonio oral de Gonzalo Silvestre fue fundamental. Dice el Inca: “El mayor cuydado que se tuuo fue escriuir las cosas que en ella se cuentan como son y passaron, porque siendo mi principal intencion que aquella tierra se gane para lo que se ha dicho, el aumento de nuestra sancta fè Catholica], procuré desentrañar al que me daua la relacion de todo lo que vio, el qual era hombre noble hijo dalgo, y como tal se preciaua tratar verdad en toda cosa”. El relato oral de Silvestre, según Garcilaso de noble cuna, más las ya mencionadas historias de Carmona y Coles, lo salvan de parecer fantasioso ante la magnificencia de las tierras y hazañas a contar.
El empleo de tales fuentes y de una armazón retórica se articula con la construcción de una subjetividad novedosa en el conjunto de las letras castellanas y de los nuevos grupos sociales surgidos de la Conquista.

La obra, en tal sentido, es una secuencia inteligentemente planteada en dirección hacia una propuesta claramente política: la del valor y carácter fundacional de algunos conquistadores en el imaginario de las nuevas sociedades americanas, además del rescate de la dignidad indígena.

Es importante, por eso, que Garcilaso presente a Hernando de Soto como figura paradigmática que luego servirá también de modelo para los incas de los Comentarios. En uno de sus numerosos encuentros con caciques floridanos, Hernando de Soto intenta convencer mediante regalos y diplomacia a Hirrihigua, que había sido ofendido gravemente por la expedición anterior de Pánfilo de Narváez y se negaba a salir de paz con los españoles. El Inca dice que “[Hernando de Soto] desseaua su amistad, porque con ella entendia tener ganada la de todos los de aquel reyno, porque dezia que si aquel, que tan ofendido estaua de los Castellanos, se reconçiliasse y hiziesse amigo dellos, ¿quanto mas ayna lo serian los no ofendidos? Demas de la amistad de los Caçiques esperaua que su reputacion y honra se aumentaria generalmente entre Indios y Españoles, por auer aplacado este tan rabioso enemigo de su nacion, por todo lo qual siempre que los Christianos, corriendo el campo, açertaban a prender de los vasallos de Hirrihigua, se los enviaba con dadivas y recaudos de buenas palabras rogandole con la amistad, y convidandole con la satisfacion que del agrauio hecho por Pamphilo de Naruaez desseaba darle” (Libro II, primera parte, capítulo IX).

De Soto, proto-Inca

El intercambio de bienes y favores promovido por la actitud generosa de De Soto prefigura, como decía, la descripción de los incas cusqueños en la primera parte de los Comentarios reales de 1609. Sin embargo, no hay que olvidar que es en la segunda parte, la llamada Historia general del Perú, donde mejor encuentran su sentido las caracterizaciones que Garcilaso hace de los conquistadores como incas ellos mismos, dado lo que el autor entendía como condición de nobleza de ánimo y de valor supremo que capacitaba inmediatamente para gobernar.

El proyecto de un Sacro Imperio Incaico, que David Brading describiera para los Comentarios reales como conjunto, empieza a adquirir, pues, su forma desde La Florida.

Basta recordar la hermandad de los conquistadores en la expedición de Hernando de Soto, ya presenciada por el mestizo cusqueño en sus años de infancia en el Perú: “Esta misma compañia se hizo entonces, y despues entre otros muchos caballeros y gente principal, que se hallo en la conquista del Peru, que yo aun alcançè a conocer algunos dellos, que viuian en ella como si fueran hermanos, gozando de los repartimientos que les auian dado sin diuidirlos” (Libro I, capítulo XIIII).

La edad de oro es para Garcilaso el momento inicial de primacía de los encomenderos, los cuales –como señores de la tierra y por mérito de sus esfuerzos– habían sido capaces de crear una sociedad que dio espacio a las elites cusqueñas supervivientes y a la nobleza mestiza derivada de dicha unión. Por eso no sorprende mucho que el capítulo final de la primera parte del Libro V de La Florida sea un verdadero homenaje a Hernando de Soto, comparándolo con el rey visigodo Alarico, no sólo por la forma de su entierro, sino por el sentido fundacional que para la España primigenia tuvo Alarico. Veamos.

De Soto, rey del Perú

Hernando de Soto murió en campaña en 1542 y su desaparición fue mantenida oculta por los expedicionarios. Por el temor de que los indios se dieran cuenta de su muerte y que desenterraran su cuerpo para vejarlo, los españoles decidieron exhumarlo para darle una sepultura menos vulnerable. Midieron la profundidad del recién descubierto “rio grande” o Missisipi para arrojar en él, encerrado en un grueso tronco de encino, el cuerpo del conquistador. Dice el historiador:

“Estas fueron las obsequias tristes, y lamentables que nuestros Españoles hizieron al cuerpo del Adelantado y Gouernador de los Reynos y prouincias de la Florida, indignas de vn varon tan heroico, aunque bien miradas, semejantes, casi en todo, a las que mil y ciento y treynta y vn años antes hizieron los Godos antecessores destos Españoles a su rey Alarico en Italia, en la prouincia de Calabria, en el rio Bissento junto a la ciudad de Cossencia. Dije semejantes casi en todo, porque estos Españoles son descendientes de aquellos Godos, y las sepulturas de ambos fueron rios, y los defunctos las cabeças y caudillos de su gente, y muy amados della, y los vnos, y los otros valentissimos hombres, que saliendo de sus tierras, y buscando donde poblar, y hazer assiento hizieron grandes hazañas en reynos agenos. [...] Y para que se vea mejor la semejanza sera bien referir aqui el entierro que los Godos hizieron a su Rey Alarico para los que no lo saben” (Libro V, primera parte, capítulo VIII).

Garcilaso, entonces, recoge la versión del historiador italiano Pandolfo Collenuccio, en su Compendio de la historia del Reino de Nápoles, y subraya las semejanzas entre los entierros del conquistador español y el rey godo, equiparando implícitamente ambas figuras. El final del capítulo VIII coincide con el final de la primera parte del Libro V, luego del cual el tratamiento heroico de los caudillos españoles brillará por su ausencia. Veamos en las palabras del Inca la transfiguración de Hernando de Soto en rey implícito y en figura de rasgos divinos y, por tanto, dignos de la épica:

“Paresciome tocar aqui esta historia, por la mucha semejança que tiene con la nuestra, y por dezir que la nobleza destos nuestros Españoles y la que hoy tiene toda España sin contradicion alguna, viene de aquellos Godos: porque despues dellos no ha entrado en ella otra nacion, sino los Alarabes de Berberia, quando la ganaron en tiempo del Rey don Rodrigo. Mas las pocas reliquias que destos mismos Godos quedaron, los echaron poco a poco de toda España, y la poblaron como hoy está: y aun la descendencia de los Reyes de Castilla derechamente, sin haberse perdido la sangre dellos, viene de aquestos Reyes Godos, en la qual antiguedad y magestad tan notoria hazen ventaja a todos los Reyes del mundo. // Todo lo que del testamento, muerte, y obsequias del Adelantado Hernando de Soto hemos dicho, lo refieren ni mas ni menos Alonso de Carmona, y Juan Coles en sus relaciones, y ambos añaden que los Indios, no viendo al Gouernador preguntauan por él: y que los Christianos les respondian que Dios auia embiado a llamarle; para mandarle grandes cosas, que auia de hazer luego que boluiesse, y que con estas palabras, dichas por todos ellos entretenian a los Indios” (Libro V, primera parte, capítulo VIII).

Al ser sepultado como rey, y luego ser llamado por Dios a los cielos (aunque se trate de una excusa), el texto se desliza claramente hacia una heroificación de tipo mítico que eleva a Hernando de Soto y por extensión a los conquistadores más notables a la categoría de figuras atemporales y pilares políticos de una nueva sociedad, para Garcilaso lamentablemente frustrada por el dominio de la monarquía central y su sentido absolutista de la maquiavélica “razón de Estado” en tiempos de Felipe II.

Concluyamos, pues, con una reflexión sobre el sentido político de la obra y su inserción en el conjunto garcilasiano para tener mayores motivos de celebración en este cuatricentenario de La Florida.

La coherencia del corpus garcilasiano

La autoconstrucción identitaria del Inca Garcilaso se aprecia desde la elección de los Diálogos de amor de León Hebreo como objeto de su traducción en 1590. He sostenido en otro trabajo (“Otros motivos para la Traduzion”, en prensa) que no es sólo la maestría de Hebreo ni la profundidad de su sistema filosófico lo que pudo atraer al mestizo cusqueño. A diferencia de otros muchos diálogos amorosos del Renacimiento, Hebreo ofrece elementos de la cábala radical, como son los ciclos cósmicos de creación y destrucción, la idea de un dios andrógino, de las estrellas como fuerzas generadoras de forma en la tierra y varios más que guardan curiosas analogías con el sistema de pensamiento mítico en general y andino en particular. No entraré ahora en detalles, pero hay que resaltar la idea de que la identidad del mestizo cusqueño, al menos la que se delata en su escritura, no es unidireccional, es decir, como ha sostenido la crítica garcilasista más convencional, de Europa hacia América, imponiendo sus moldes, sino también parte de una búsqueda desde el Nuevo Mundo hacia el Viejo, detrás de afinidades y elementos de concordancia en autores marginales para sostener la dignidad de mestizos y el pueblo indígena en general.

Por eso es tan importante leer La Florida del Inca a la luz del debate político de la época y dándoles importancia a los recursos literarios que permiten las transfiguraciones constantes (de flechas como paja flotante, de batallas como procesiones), aparentemente poéticas.

El paradigma paterno y recentrador de la opción ideológica de Garcilaso se ve parcialmente enriquecido en 1596 con la Genealogía de Garci Pérez de Vargas, el ilustre antepasado del mestizo, desprendido de La Florida y convertido en texto independiente, pero inédito hasta el siglo XX. Allí se aprecia la formación literaria del Inca y la admiración por su también antepasado Garci Sánchez de Badajoz, más que por el ilustre poeta toledano de las Églogas, al que el lugar común atribuye la razón del cambio de nombre de Gomez Suárez a Inca Garcilaso de la Vega.

El recentramiento identitario se desarrolla aún más cuando el Inca incorpora en la Primera Parte de sus Comentarios una serie de campos semánticos y de estrategias discursivas que enriquecen el castellano a partir de la evocación del quechua materno y de una narración heroificadora que simula una autoridad ante un potencial público andino, como demostré en mi libro Coros mestizos del Inca Garcilaso de 1996 (publicado por el Fondo de Cultura Económica).

Asimismo, la figura paterna y la exaltación de los encomenderos-conquistadores se hacen patentes en la segunda parte de los Comentarios reales o Historia general del Perú, en que se exponen las lealtades a la Corona al mismo tiempo que la admiración por un proyecto frustrado de organización social, basado en la preeminencia de los conquistadores en alianza con la nobleza cusqueña.

Por eso, cada vez que se toma el nombre de Garcilaso para alguna finalidad política moderna, resulta irónico que el proyecto del Estado-nación criollo, fundado en 1821, no haya sido parte del ideario social del Inca, y no sólo por una cuestión de fechas. Es más: quizá hasta lo hubiera despreciado, ya que los criollos formaban entonces un grupo culturalmente inferior al de los mestizos reales, hacia los que Garcilaso expresa su completo apoyo. Conviene no olvidarlo.

Publicado en Identidades Nº 90, el 8 de agosto del 2005

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El desafío de los estudios coloniales

viernes 8 de junio de 2007

Enrique Cortez

Desde la obra de Raúl Porras Barrenechea, pasando por Franklin Pease y Pablo Macera, entre otros, los estudios coloniales peruanos han echado luces sobre nuestro pasado. Rolena Adorno, una de las más destacadas representantes de esta disciplina en los Estados Unidos, aportó, en el siguiente diálogo, elementos para considerar la actualidad e importancia de ser colonialista hoy.

Usted es colonialista. ¿Qué significa serlo en una época con profundos cambios tanto en el paisaje como en las identidades?

–Creo que en esta época precisamente ser colonialista o estudiar asuntos de la época colonial es muy pertinente, porque los cambios, choques, roces –el enfrentamiento de ideas nuevas, antiguas, diferentes–, en una sociedad que reconoce su carácter multiétnico, es algo que se experimenta hoy, con distintas variantes, como en otras épocas. La actualidad de estudiar lo colonial radica allí: observamos muchas dinámicas sociales, políticas y económicas semejantes: el desbalance siempre más grande entre ricos y pobres, la mala distribución de los recursos. En todos los ámbitos, vemos variantes de una problemática que está vigente en todas partes del mundo.

Las necesidades institucionales proponen siempre sus autojustificaciones. ¿Es posible evitar que el saber de la época colonial se encierre en la academia y podamos, fuera de ella, aplicar sus lecciones?

–Yo creo que ésa es la parte importante, y siempre que vengo al Perú tomo conciencia de este reto. Por ejemplo, concentro gran parte de mi trabajo académico en torno a la Nueva crónica y buen gobierno de Felipe Guaman Poma de Ayala, y he dialogado recientemente con colegas no sólo de Lima, sino también de Ayacucho sobre cómo difundir información de carácter histórico sobre una personalidad histórica, como lo es Guaman Poma, preocupándonos para que esa difusión se dé en el nivel escolar y que no quede sólo en el de estudiosos y especialistas que mantienen un diálogo exclusivamente entre sí. Dar a conocer esta herencia es el reto de ser colonialista hoy en día: ofrecer lecciones, información sugerente y no distorsionada a todos los niveles de la sociedad. De modo que la respuesta aún no la tengo completa, pero llevo muy en mente la prioridad de difundir lo especializado a un público mayor.

¿Considera que el sujeto colonial y sus variantes colonizador-colonizado son formas de conducta todavía actuales?

–Ciertamente, no cabe ninguna duda. Siempre es actual la cuestión de quién manda y quién se somete en cualquier relación de desigualdad política, social y étnica. Me parece que estos sujetos se hallan en plena circulación y el problema radica en quién tiene voz y desde qué posición habla. Esta lucha, estos roces de contrariedades están en marcha. Pero no debemos caer en el binarismo simplista de colonizador y colonizado. Muchas veces un solo sujeto tiene alianzas en parte con un grupo, en parte con otro; está en la posición de colonizador, por un lado, es colonizado, por el otro. Es decir, nuestras afiliaciones sociales resultan ser más complejas y tienen que ver con los intereses de los sujetos por manejarse entre una serie de identidades y factores que se cruzan continuamente.

De hecho, uno de los argumentos de los críticos culturales que estudian el asunto peruano y andino afirma que en nuestro país ocurrió una suerte de fracaso del proyecto moderno, porque si bien existió a partir de 1900 una modernización del Estado y los diversos ámbitos de la sociedad peruana, la modernidad en tanto sistema regido por la razón nunca se dio, es decir, se importaron las formas, pero jamás los contenidos. ¿Cree que la pervivencia de una mentalidad colonial nos permitiría entender nuestro desfase con un proceso mundial –la democracia sería una de sus maneras– con el que no sintonizamos del todo?

–Creo que se trata de una problemática que se pone en evidencia en muchas partes del mundo, también en mi país donde aparentemente hay una clase media muy amplia, con muchos recursos; pero donde se observa también una mentalidad conservadora, “colonialista”. En este caso puedo decir que son circunstancias que revelan que la modernidad ha fracasado, que la actitud colonial no se ha superado. Y eso sin hablar del caso peruano. Veo el asunto como un fenómeno más globalizado, verificable en los sectores de cualquier país. La razón no ha triunfado; en Estados Unidos, por ejemplo, aun cuando el Estado sea más rico, no todos tienen acceso a servicios médicos básicos, decentes. Una situación como ésa acusa el fracaso de la modernidad que estamos experimentando a escala mundial.

Walter Mignolo advierte sobre la existencia de una colonialidad del saber. En sus términos, las palabras que usamos para pensarnos, las categorías con las que nos describimos están políticamente comprometidas con sistemas de dominación…

–Estoy de acuerdo con esa posición. Asumir categorías dadas es algo siempre peligroso, porque reproduce exactamente los desbalances, las desigualdades que hemos heredado. Poner sobre el tapete cuáles son nuestras categorías de descripción y también de análisis me parece que es algo que hay que hacer todo el tiempo. En la obra de Walter Mignolo lo hemos visto sobre todo desde el libro El lado oscuro del renacimiento, porque ahí emplea otros términos, como lengua, territorialidad, y no repite categorías anteriormente dadas. Es así que se puede avanzar la cuestión, como decimos en inglés to advance the question.

¿Cómo fue el saber en la época colonial?

–En aquella época hubo muchos tipos de saberes, pero muy pocos fueron reconocidos. Pensemos, por ejemplo, en la Fundación Biblioteca Museo Temple Radicatti y la gran colección de quipus que allí se conserva. Esos saberes antiguos andinos seguían vigentes en la época colonial, ¿pero quiénes los reconocían? Creo que parte del problema de una situación colonial –como la definió el novelista y sociólogo tunecino-francés Alberto Memmi en la década de 1950– es la coexistencia de saberes que no se reconocen entre sí. Ciertamente en manos de los colonizadores, del poder dominante, es fácil ignorar los tipos de conocimientos de los colonizados y no dar apertura a toda la gama de conocimientos del mundo de los colonizados. Por el contrario, los colonizados siempre tienen que manejar el saber de los dominantes. Es decir, el quipucamayoc tenía que saber hablar español en 1560 o 1570, pero el corregidor de su distrito no necesitaba saber leer los quipus.

Usted afirmó que las letras coloniales de Hispanoamérica se definían por su referente y no por su práctica. Se trata, sin duda, de una toma de posición, ¿en qué la basa?

–Se definen por el referente en el sentido de que por detrás de las textualidades siempre quedan las historias, las personas reales, las experiencias vividas de sus exponentes. Y me parece que, sobre todo, en la disciplina de los estudios literarios, es muy fácil perder de vista el contenido, la base humana de lo que vamos estudiando. En consecuencia, la investigación siempre tiene que tomar en cuenta el referente, porque si no elaboramos “telarañas sobre alas de mariposas”.

En esta dirección determinar el canon resulta fundamental…

–Sí, y creo que este enfoque –tampoco quiero ser dogmática– en el referente nos ofrece siempre la posibilidad de ampliar lo que consideramos como el conocimiento canónico, porque éste no se define sólo por formas literarias o formas de discurso, sino hace posible tomar en cuenta la expresividad de muchos otros tipos de experiencia provenientes de sujetos no considerados “literarios” de por sí.

¿Cómo evitar que las construcciones ideológicas impidan una reconstrucción adecuada de la historia cultural hispanoamericana?

–Para ello nos hace falta este tipo de conversaciones que cruzan fronteras, que confunden las identidades nacionales. Creo que para evitar la rigidez que imponen las formaciones ideológicas se necesita el diálogo desde distintas perspectivas de la experiencia. Para mí es importante sostener conversaciones en las universidades peruanas y en otras partes, porque no quiero reproducir siempre la misma monovisión norteamericanista.

Su trabajo ha destacado la presencia de sujetos marginales en esa historia, en ese canon; por ejemplo, el caso de los cronistas andinos. ¿Cuál le parece el aporte más importante de ellos?

–Sus aportes son muchos. Y mi primera respuesta debe reconocer que todavía no tengo respuestas completas. La fascinación que siento por ellos es la fascinación de quien no puede dominar todo lo que se le muestra allí contenido, sólo parcialmente vislumbrado. En ese sentido, los cronistas andinos de las primeras generaciones nacidas y crecidas después de la Conquista resultan sujetos inagotables. Dar una explicación sobre todo lo que representan en sí mismos es un trabajo que una sola persona no lo puede hacer ni dominar. Pero la cuestión principal que me intriga es saber cómo estos sujetos, que debían manejar –para volver a uno de nuestros temas tratados– muchos saberes de distinto origen cultural, pudieron hacerlo y, además, hacerse escuchar. ¿Cómo cobrar para uno mismo la autoridad de levantar la voz? ¿Cómo vivir en esa situación de intermediario en la cual muchas veces resulta casi imposible definir cuáles son los factores de esa mediación? Siempre quedo más maravillada cuando pienso en las experiencias de un Garcilaso Inca o de un Guaman Poma. A pesar de lo mucho que he trabajado en la Nueva crónica y buen gobierno de Felipe Guaman Poma de Ayala, sigo persiguiendo sus huellas en los archivos. Su tipo de experiencia continúa siendo para mí uno de los grandes misterios humanos: esa capacidad de esforzarse y de sobrevivir con dignidad a pesar de todas las adversidades. Podría mencionar también al conquistador andaluz Álvar Núñez Cabeza de Vaca, que como sobreviviente de una expedición española fracasada en la década de 1520 naufragó y sobrevivió apartado de sus compañeros durante más de seis años en las tierras norteamericanas. Su caso presenta otra variante de la misma problemática: la sobrevivencia gracias a la exitosa mediación entre diversos grupos, al ejercer la inteligencia y no abandonarse al azar.

Usted destaca el aspecto humano antes que –digamos– la nueva perspectiva que estos cronistas le dieron al fenómeno de la Conquista. Me refiero a las prácticas de traducción entre dos culturas completamente distintas que singularizan sus obras.

–Es cierto, pongo siempre énfasis en lo humano, porque me parece que nos evita llegar a niveles demasiado abstractos de discusión; la abstracción que no nos ayuda a entender ni apreciar la experiencia humana.

En la actualidad los estudios latinoamericanos más importantes se realizan en Estados Unidos, ¿hay posibilidades para lo latinoamericano desde nuestros propios países?

–En primer lugar, no estoy de acuerdo con la idea de que los más destacados estudios latinoamericanos se realizan en Estados Unidos, pero creo que me lo dice precisamente para que reaccione. Pienso, pues, que los grandes estudios sobre América Latina están aquí, sin ir más lejos, en la obra del desaparecido Franklin Pease, de Pablo Macera, de Guillermo Lohmann Villena, entre otros, con respecto a la historiografía peruana. En esa misma dirección, siempre clásica y de consulta imprescindible, son los estudios de Raúl Porras Barrenechea. En general, son trabajos imposibles de superar en Estados Unidos. Lo que tenemos en mi país es una ventaja institucional; hay más becas, más recursos. Pero no hay shortcuts en la vida de la investigación; los recursos jamás pueden sustituir o hacer brillar menos la auténtica obra intelectual. Para armar hipótesis y teorías, o para hacer investigaciones de archivo y reflexionar sobre ellas, no tenemos ninguna ventaja sobre nuestros colegas en el extranjero.

Ésta es una cuestión de fondo, porque de ello depende la legitimidad de tantas instituciones culturales y educativas en nuestro país. El problema es que muchas veces nuestros centros educativos no hacen más que repetir algunas agendas de los estudios estadounidenses sobre América Latina y el Perú.

–Es otra forma de hacer la pregunta que tratamos antes, sobre importar formas y no contenidos, o importar contenidos no pertinentes. El problema es el modelo que se quiere imponer, y sobre eso no tengo muchos elementos de juicio. Lo que sí puedo decir es mencionar lo que aprendí de mi profesor John Murra, profesor emeritus de la Universidad de Cornell, y gran estudioso de la región andina desde hace décadas (acaba de publicarse El mundo andino: población, medio ambiente y economía, el conjunto de sus investigaciones de los últimos cuarenta años (Instituto de Estudios Peruanos y el Fondo Editorial de la PUCP, 2002). En los debates sobre el desarrollo y subdesarrollo económico, Murra siempre sostuvo que no se debería imponer modelos y programas desde afuera, sino encontrar desde adentro antiguas técnicas y modos de hacer las cosas para recuperar formas de comportamiento económico y social que respondieran realmente al ámbito del cual surgían.

Entrevista publicada en Identidades N° 45, el 22 de setiembre del 2003

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Subalternidad, modernidad y multiculturalismo

John Beverley[*]

La posibilidad de plantear un nuevo orden mundial que incluya a los marginales, discriminados, subalternos y excluidos del poder y la riqueza del mundo, es viable si se piensa desde el multiculturalismo. Pero esta noción debe replantearse y dejar de referir sólo la radical diferencia cultural entre naciones. Tal vez así pueda surgir una nación que no dependa del Estado, hoy insuficiente ante el proceso de globalización.

El argumento entre el capitalismo y el socialismo que subyacía a la guerra fría supuso esencialmente una discusión sobre cuál de los dos sistemas podía llevar mejor a cabo la posibilidad de una modernidad política, económica, científica-tecnológica, y cultural latente en el mismo proyecto burgués.

La premisa básica del marxismo como ideología modernizadora era que la sociedad burguesa no podía cumplir con su propia promesa de emancipación y bienestar, debido a las contradicciones inherentes en el modo de producción capitalista –contradicciones sobre todo entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la propiedad y la acumulación–. Al liberar las fuerzas de producción de los lazos de las relaciones de producción capitalistas –así decía el conocido argumento–, los regímenes de socialismo de Estado podrían más o menos sobrepasar rápidamente esas limitaciones y “ganar” al capitalismo.

La respuesta –que de hecho ganó– del capitalismo fue que la fuerza del libre mercado y la privatización serían más dinámicas y eficaces en producir la modernidad y el desarrollo económico.

Lo que no estaba en cuestión en este argumento, sin embargo, era la categoría de la modernidad en sí, o la idea –de clara, aunque no siempre reconocida, procedencia hegeliana– de un proceso teleológico necesario para producir esa modernidad. Esta ambivalencia estaba implícita en la teoría de la dependencia, y explica el cambio de rumbo ideológico de una figura como Cardoso en Brasil. Si la teoría de la dependencia fue esencialmente una explicación del “retraso” (o “subdesarrollo”) de los países de la periferia capitalista con respecto a una modernidad económica, política, cultural, científica, lograda supuestamente del centro, entonces la modernidad era el principio de valor en relación con el cual se juzga el abyecto presente nacional. El libre mercado, el capitalismo de Estado o el socialismo fueron sólo “medios” para conseguir esa modernidad, medios que en última instancia deberían ser juzgados por su efectividad pragmática en lograr esa meta.

Pero ¿puede existir una idea del socialismo o el comunismo que no esté conectada con la idea de la modernidad como telos o meta trascendental? Es en relación con esta pregunta, creo, que consiste la contribución de los llamados estudios subalternos.

La modernidad involucra el ideal y, a la vez, la posibilidad material de una sociedad transparente a sí misma –la generalización del principio de la “razón comunicativa”, para recordar el concepto de Habermas–. Por lo tanto, la lógica de la modernización es aculturadora o transculturadora. [1] Pero lo que opone la posibilidad de una sociedad transparente a sí misma no es sólo el conflicto modernidad/tradición, sino la proliferación de diferencias y heterogeneidades producidas precisamente por el desarrollo combinado y desigual de la modernidad capitalista. En ese sentido, el concepto de lo subalterno no sólo designa una identidad pre o paracapitalista, sino precisamente una relación de integración diferencial y subordinada dentro del tiempo del capital.

El historiador bengalí Dipesh Chakrabarty formula el problema de la siguiente manera:
“Las historias de lo subalterno escritas con atención a la diferencia no pueden constituir otra variante, en la larga y universalizadora tradición de las historias socialistas, de un esfuerzo de erigir a lo subalterno como el sujeto de las democracias modernas, es decir, de expandir la historia de lo moderno para hacerla más representativa de la sociedad como realmente es [...]. Las historias de cómo este o aquel grupo en Asia, África o América Latina resistió la penetración del capitalismo no constituyen, historia ‘subalterna’ propiamente dicha, porque estas narrativas se fundan en la imaginación de un espacio que es externo al capital –un ‘antes’ del capital cronológico, pero que es, a la vez, una parte de un marco temporal unitario, historicista dentro del cual tanto el ‘antes’ como el ‘después’ del modo de producción capitalista puede desarrollarse. El ‘afuera’ [de lo subalterno] es distinto de lo que se imagina simplemente como ‘antes y después del capital’ en la prosa historicista. Pienso a este ‘afuera’, de acuerdo con Derrida, como algo conectado con la misma categoría del capital, algo que se conforma al código temporal dentro del cual aparece el capital, a la vez violando ese código, algo que es posible ver sólo porque podemos pensar/teorizar el capital, pero algo que nos recuerda también que otras temporalidades, otras formas de hacer mundo [worlding], coexisten y son posibles [...] Los estudios subalternos sólo pueden situarse teóricamente en la coyuntura en que no abandonemos ni a Marx ni a la ‘diferencia’, porque, como he dicho, la resistencia a la cual hacen referencia puede ocurrir sólo dentro de el horizonte temporal del capital y, sin embargo, tiene que ser pensado como algo que interrumpe la unidad de este tiempo.” [2]

Lo que expresa el concepto de ingobernabilidad es la inconmensurabilidad entre lo que Chakrabarty llama la “heterogeneidad radical” de lo subalterno y la “razón” del Estado moderno. La ingobernabilidad es el espacio de desobediencia, resentimiento, transgresión o insurgencia en la globalización. Pero como tal la ingobernabilidad marca el fracaso de la política en sí (en el sentido de partidos políticos, democracia formal, etcétera). Para Gramsci el partido –el “Príncipe Moderno”– es necesario para permitir que lo subalterno acceda al poder, porque como tal –es decir, como subalterno– carece de la capacidad de lo que Gramsci llama el “liderazgo consciente”, necesario para la tarea de revolucionar las relaciones socioculturales que lo constituyen como subalterno en primera instancia. Pero si para ganar la hegemonía sobre el Estado y los aparatos ideológicos, lo subalterno tiene que transformarse en esencia en lo que actualmente es hegemónico –es decir, la moderna cultura burguesa–, entonces la clase dominante continuará prevaleciendo, aun en el caso de ser derrotada políticamente. Esta paradoja define la crisis del proyecto del comunismo en el siglo XX (y marca un impasse en el pensamiento del propio Gramsci). Los estudios subalternos nacen coyunturalmente de esa crisis.

Se ha explicado la crisis del comunismo desde el punto de vista de la oposición entre un Estado-partido monológico o coercitivo y la “heterogeneidad” de la sociedad civil. [3] Pero la “heterogeneidad radical” de lo subalterno tampoco es conmensurable con lo que se entiende normalmente por sociedad civil (esto es, el burgerlich Gessellschaft de Hegel y la Ilustración). Esto es porque tanto la idea como la construcción histórica de la sociedad civil comparte con el Estado moderno una narrativa historicista de “desarrollo” (Entwicklung en Hegel), que, a causa de sus prerrequisitos culturales y legales (urbanización, alfabetización, educación formal, medios de comunicación, núcleo familiar, propiedad privada) excluye a amplios sectores de la población de la ciudadanía o limita su acceso a ella. Esa exclusión o limitación que opera en la sociedad civil constituye también lo subalterno (esto es, las desigualdades de clase, género, etnia, ocupación, también pasan por, y son producidas o reproducidas por la sociedad civil). Por lo tanto, la oposición sociedad civil/Estado no es homologable con la oposición subalterno/Estado.

En la imagen producida por el trabajo historiográfico del grupo Subaltern Studies al que pertenece Chakrabarty, lo subalterno es precisamente lo que interrumpe o desorganiza la narrativa paradigmáticamente moderna de la transición del feudalismo al capitalismo, y de las “etapas” sucesivas del capitalismo (mercantil, competitivo, imperialista, global), vistas como las condiciones materiales para la aparición y maduración tanto del Estado-nación como de la sociedad civil. Esta narrativa implica centralmente desde Maquiavelo la categoría del “pueblo”, y la capacidad del emergente Estado nacional de integrar al pueblo en su propia modernidad. Según Gramsci, un proyecto hegemónico articula una concepción “nacional-popular” a la cual pueden subscribirse distintas clases o grupos sociales. Lo que constituye lo nacional-popular para Gramsci es la identidad-heurística o por hacer, en cierto sentido –entre los elementos heterogéneos de una población concreta y la forma del Estado–. Pero la apelación a una identidad (“nacional” en el caso del discurso del Estado, “cívica” en el caso del discurso de la sociedad civil) compartida o heurísticamente compartida estabiliza la identidad del “pueblo” alrededor de una visión de valores, intereses, tareas, sacrificios y destinos comunes. Sutura las discontinuidades o diferencias, “las contradicciones en el seno del pueblo”, para recordar el concepto maoísta. Practica una especie de privación o negación de la identidad (Verwerfung-Verneinung en Freud) –una falta de simbolizar lo que debía ser simbolizado, que es constitutivo de lo subalterno– como una identidad abyecta, “carente” –en primer lugar–.

Por lo tanto, lo subalterno marca un sujeto que no es totalizable ni como el “pueblo” en el sentido homogeneizante que éste ha tenido en el discurso de la nación, ni tampoco como el “ciudadano” de la racionalidad comunicativa de Habermas. Desde esta perspectiva, la hegemonía como tal podría ser vista como una especie de pantalla en que los clase-grupos dominantes –y, entre ellos, el grupo de los intelectuales– proyectan su ansiedad de ser desplazados de su poder y privilegio relativo por un sujeto subalterno multiforme y demótico que siempre está “incompletamente” representado en y por la política.

La ecuación entre sociedad civil, cultura letrada, y hegemonía en Gramsci y otros pensadores de la modernidad, oculta el hecho de que lo subalterno se dirige necesariamente contra lo que se entiende por “cultura” y valores culturales por los grupos dominantes. Corresponde a una época de la modernidad en la cual la ciudadanía y la autoridad no pueden ser separadas de la educación formal (y de la calidad relativa de esa educación), debido a que los valores y la información necesarios para ejercer la hegemonía son accesibles mediante la cultura de la imprenta (el libro, el ensayo o discurso cívico, el periódico, etcétera). Con el advenimiento de la cultura de masas audiovisual, la ecuación comienza a perder parcialmente su fuerza normativa.[4]

No se trata aquí de idealizar a la tradición o el Gemeinschaft precapitalista en una especie de macondismo u orientalización de lo subalterno.[5] Esto haría de los estudios subalternos de hecho otra forma del pensamiento de la elite (una especie de costumbrismo posmodernista), mientras que se trata más bien de encontrar maneras de transferir la negatividad constitutiva de lo subalterno a los estamentos de la cultura dominante (incluso, por supuesto, la cultura de la academia y de las ciencias). Lo subalterno no tiene más razones para celebrar la tradición que la modernidad, ya que ambas dimensiones pueden –suelen– proveer las condiciones de su subordinación y privación de identidad. Según una fórmula de María Milagros López, es un sujeto que, a la vez, no tiene nada en común con un pasado idílico, pero que parece resistir ser incorporado por las disciplinas normativas de la modernidad.[6]

Propongo renombrar a lo que Chakrabarty llama la “radical heterogeneidad” de lo subalterno –una heterogeneidad que representa diferentes lógicas de lo social, y diferentes maneras de experimentar y conceptualizar a la historia en una misma formación social o Estado-nación– como el multiculturalismo. Para un lector europeo o latinoamericano, el término tendrá la desventaja evidente de estar asociado con ciertas preocupaciones estadounidenses, de allí representar una agenda ajena a su realidad.[7] Pero hay otro problema notable con el concepto de multiculturalismo. De acuerdo con un conocido argumento de Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, en la medida en que las identidades multiculturales encuentran en sí mismas el principio de su propia racionalidad, sin tener que buscar ésta en un principio trascendente o universal que garantizara su legitimidad ontológica o histórica, producen una posición de sujeto “democrática”.[8] Es decir, el multiculturalismo se conforma con la utopía neoliberal de una interacción de sujetos autónomos plurales gobernados en última instancia sólo por las reglas del juego democrático y del mercado. Es más: las demandas multiculturales expresan el deseo y la posibilidad de la integración de sectores de grupos anteriormente subalternos al Estado y al mercado capitalista. En ese sentido, como opina Slavoj Zizek, el multiculturalismo podría ser vista como la “forma ideal” del capitalismo globalizado.

Pero si las demandas de las políticas de identidad no son simplemente para igualdad o representación formal, sino para una igualdad cultural, económica, cívica y epistemológica concreta, entonces la lógica del multiculturalismo sobrepasaría la posibilidad de ser contendida en la hegemonía neoliberal, y conduciría hacia lo que Mouffe y Laclau llaman una posición de sujeto “popular” –es decir, una posición capaz de dividir el espacio político en dos campos opuestos: el campo de un “bloque popular” y el campo de la elite o del “bloque de poder”–. Lo que funciona como elemento cohesionador o universalizador en las políticas de identidad nacidas de la diferencia subalterna es un “imaginario igualitario” que subyace su autoconstitución diferencial y que nace de las desigualdades concretas (económicas, etno-raciales, de sexo, de oficio, formación cultural, etcétera) producidas por la modernidad. Es la experiencia compartida de desigualdad más que un esencialismo de una identidad tal o cual, lo que articula el concepto de lo subalterno como identidad (una identidad sólo puede expresarse en relación con algo que “no es”; una identidad subalterna “no es” privilegiada, y por lo tanto involucra en principio una negación de la jerarquía social como tal).

El concepto de “imaginario igualitario” de Mouffe y Laclau parece coincidir con el argumento del filósofo canadiense Charles Taylor de que el multiculturalismo implica una “presunción de valor igual” que se traduce políticamente en las demandas de “reconocimiento” de las políticas de identidad. [9] Pero en realidad los conceptos apuntan en direcciones distintas. En una discusión reciente de Taylor, Homi Bhabha señala que, para éste, la presunción de valor igual “no deriva del lenguaje universal de valor cultural... porque se enfoca exclusivamente en el reconocimiento para lo excluido”. En otras palabras, la presunción no depende de un principio valorativo ético o epistemológico que existe “anterior” a la demanda de reconocimiento cultural en sí misma. Más bien, la demanda pone en marcha un “juicio procesal” (processual judgement) que involucra la necesidad de “negociar” diferencias de valor para llegar a una nueva “fusión de horizonte” (fusion of horizon) que no estaba presente antes de la demanda. Pero estas ideas de processual judgement y fusion of horizon sugieren en el argumento de Taylor un proceso teleológico de transculturación dialogal que parece negar la fuerza de la otredad que se trata de negociar en primer lugar (entre otras cosas, porque esa otredad no está obligada de antemano a expresarse necesariamente en una teleología de transculturación o hibridización). Como expresa Bhabha: “lo que Taylor encuentra particularmente inaceptable en la presunción de valor igual es la extensión de derechos civiles al dominio de juicio cultural.” Pero su solución “trabajar mediante la diferencia cultural para ser transformado por el otro”, no es tan claramente abierto al otro como suena. Esto es porque la posibilidad de una “fusión de horizonte” de valores –el “nuevo” patrón de juicio– no es tan nuevo; está fundada sobre la noción del sujeto dialógico de la cultura que teníamos “precisamente en el comienzo” del argumento. “Ese patrón no ha cambiado... Hay [en Taylor] una presunción de reconocimiento dialógico como forma de reciprocidad social y psíquica que hace de la fusión de horizontes una norma de valor o entereza cultural, en esencia consensual y homogeneizante, basada en la idea de que la diferencia cultural es fundamentalmente sincrónica.”[10]

Bhabha quiere enfatizar aquí que no puede ser un principio abstracto ético o epistemológico de reciprocidad o reconocimiento –es decir, un principio particular al supuesto universalismo de la moderna cultura burguesa occidental– lo que dinamiza la “presunción de igual valor”; es más bien el carácter históricamente específico de las relaciones de subalternidad, marginalización y explotación producidas por la hegemonía de esa misma cultura. Para Taylor, por contraste, la diferencia está constituida y totalizada “en” cada cultura; de allí que para él el diálogo multicultural involucra “dos” sujetos culturales unitarios (individuales o colectivos). Pero el problema para Bhabha no es la cuestión de “reciprocidad” –“la relación de los dos”–, sino la problemática de “proximidad”. “El sujeto minoritario producido por la proximidad de diferencia (en vez de reciprocidad) emerge de una historia de prácticas discriminatorias y excluyentes ‘sin’ la temporalidad coeva que el dialoguismo necesita para un reconocimiento exitoso.” (450).

Taylor representa para Bhabha la limitación de las energías subversivas generadas por el multiculturalismo a la lógica de lo que en Estados Unidos se suele llamar “liberal multiculturalism”. Pero Bhabha señala también el peligro de que una política de identidad, que no depende de la “fusión de horizontes”, puede quedar atrapada en una articulación defensiva, rígida de dolor y resentimiento, no sólo incapaz de participar en una política transformativa, colectiva, “sino en cierto sentido colusorio con sus propias condiciones sociales de producción y reproducción como sujeto subalterno o minoritario.” (452).

Taylor y Bhabha coinciden en que el multiculturalismo implica en mayor o menor grado un principio de “relativismo” cultural y epistemológico. La izquierda, por contraste, ha preferido refugiarse en la idea del socialismo como una forma de racionalidad crítica-científica moderna, pero opuesta al mismo tiempo a la “razón instrumental” del mercado y del Estado burgués, y a las sociedades tradicionales precapitalistas. La idea inherente en mi argumento aquí, por contraste, es que se puede derivar la posición de sujeto colectivo necesaria para la articulación de una nueva forma de hegemonía popular desde el principio del multiculturalismo. Como señalan Mouffe y Laclau, la posibilidad de sobrepasar los límites de la actual hegemonía burguesa sería, en un sentido primario, nada más que la lucha por una autonomización máxima de esferas, de acuerdo con la generalización de una lógica igualitaria. Pero esta maximización ocurre precisamente cuando se presiona desde las varias formaciones socioculturales y políticas de identidad para llegar al extremo de sus demandas, es decir, a un extremo en que estas demandas (por reconocimiento, derechos, igualdad formal, autonomía territorial, bi o multilingüismo, etcétera) ya no pueden ser contendidas en las formas legales y los aparatos ideológicos del Estado y de la sociedad civil actual.

La secularización como valor y las formas de una cultura propiamente secular (la ciencia, la literatura y el arte moderno, la historia y las ciencias sociales, el lenguaje de derechos civiles, etcétera) son, como los ideales de democracia e igualdad social, productos de la modernidad, y están, hasta cierto punto, interrelacionadas con esos ideales. Pero el objeto de una sociedad igualitaria no debería ser la secularización en sí (una meta, además, imposible de conseguir), o el dominio de la ciencia o los “expertos” (que en las condiciones actuales equivaldría decir el dominio de las grandes multinacionales que han monopolizado o están en proceso de monopolizar la tecnología y la informática). En el polo opuesto, sin embargo, surge el problema de lo que se podría llamar “lo subalterno de lo subalterno”, es decir, la persistencia (o la introducción nueva) de formas de discriminación y subordinación “dentro de” los grupos o sociedades designadas subalternas (por ejemplo, las formas varias de poder patriarcal y machismo en las culturas de las clases populares, o las discriminaciones étnicas o de castas en una misma “clase”). La apelación a lo subalterno no puede celebrar las formas de desigualdad de sociedades o religiones tradicionales por ser simplemente no-modernas o antimodernas. Un neotradicionalismo o fundamentalismo religioso puede ser muy compatible con la reproducción de un orden moderno autoritario (como en el caso de Chile con la dictadura de Pinochet, ciertos aspectos del fundamentalismo islámico o el neoconfucianismo de Singapur y los regímenes del capitalismo asiático). Tampoco –para repetir– se trata de una insistencia en la identidad como tal, ya que en un proceso de articulación hegemónica, las identidades de las clases o grupos sociales involucrados necesariamente se transforman en la medida en que las relaciones estructurales que determinan esas identidades en primer lugar se modifican. La posibilidad “radical” del multiculturalismo reside estrictamente en una insistencia constitutiva en la igualdad social.

Pero –para recordar el argumento de Bhabha– esta insistencia no depende simplemente de un “principio” ético o filosófico de igualdad. Cualquier relación de subordinación o desigualdad social concreta produce su contrario: una negación concreta, específica de la autoridad de la posición dominante. Por lo tanto, la ecuación entre lo popular y lo subalterno no implica generalizar el principio del multiculturalismo a todo el espacio social, como ocurre en el caso de liberal multiculturalism. Si lo que Mouffe y Laclau entienden por la posición de sujeto popular es precisamente la expresión política-cultural de un principio de igualdad implícito en una heterogeneidad multicultural “subordinada” de una forma u otra, entonces no puede incluir en sí la “diferencia” representada por la identidad o identidades del bloque de poder. La identidad del pueblo tiene que ser política y culturalmente articulada contra algo que no es, su “afuera constitutiva” como lo nombra Laclau. En las condiciones de la globalización y de las hegemonías locales de elites burguesas u oligárquicas, esa “afuera constitutiva” debe ser el proceso normativo de aculturación o transculturación de la modernidad, y la ley de valor de la producción capitalista que rige la racionalidad del mercado “libre” –vista ahora como incompatible en última instancia con las demandas tanto de las clases populares como de las identidades subalternas o multiculturales que cruzan esas clases para una condición de igualdad social y democratización máxima “en todas las esferas”–.

Lo que define la renovada posibilidad del “pueblo” como sujeto hegemónico hoy no es, por lo tanto, la noción jacobino-nacionalista del pueblo como sujeto idéntico a sí mismo –noción que hace del pueblo esencialmente el sujeto predilecto del Estado moderno–, sino la articulación del pueblo como un sujeto fisurado y heterogéneo en lo interno.[11] Es decir, la unidad de los elementos del “pueblo” depende de un reconocimiento de la “inconmensurabilidad” de esos elementos –la proliferación de “contradicciones en el seno del pueblo”, entendidas como valores positivos en vez de “problemas” (de desarrollo, de falta de educación, de “cultura de la pobreza”, etcétera). Un nuevo proyecto radical para “cambiar la vida” sería la expresión política de este reconocimiento de la heterogeneidad e inconmensurabilidad de lo social, sin sentir la necesidad de resolver las diferencias en una lógica unitaria o transculturadora.

Pero esta aseveración nos deja con una pregunta irresuelta: ¿cuál sería la forma espacial de esa heterogeneidad, es decir, su territorialidad? Como Lenin señaló en Imperialismo, el espacio geopolítico sui géneris de la modernidad capitalista estaba formada por la nación-Estado. Por contraste, la globalización –entendida como una nueva etapa del capitalismo– implica una superación relativa del Estado-nación. Al mismo tiempo, uno de los temas más urgentes de los estudios subalternos es la inconmensurabilidad entre lo real social (en el sentido lacaniano) y el orden simbólico del Estado-nación. Parece haber, en este sentido, una especie de convergencia objetiva entre la globalización y el supuesto radicalismo teórico de los estudios subalternos. Lo que está implícito en el concepto nacional-popular en Gramsci es que la nación es el espacio necesario de la hegemonía (y, viceversa, en cierto sentido la nación es un “efecto” de la hegemonía). ¿Hace falta entonces abandonar la idea de la nación, y mover a un registro a la vez posnacional y poshegemónico, como sugieren algunos pensadores del subalternismo? O ¿sería posible desarrollar desde el multiculturalismo un imaginario nuevo del Estado-nación congruente con nuevas formas de territorialidad supra o subnacionales?[12] “Desde el multiculturalismo”, porque este imaginario no podría ser simplemente una reafirmación de la nación histórica, ya que la nación histórica –y sus instituciones, como el canon de la literatura nacional– son inconmensurables con las clases y grupos sociales subalternas que pretende representar dentro de su territorialidad.

Foucault citó al comienzo de Las palabras y las cosas el famoso párrafo de Borges acerca de la taxonomía de los animales en “cierta” enciclopedia china. La monstruosidad de esa clasificación –explica Foucault– fue el punto de origen de su propio proyecto. Esa monstruosidad no residía en la vecindad de cosas tan disímiles; consistía más bien en la “ruina” del espacio común textual donde cabían. La taxonomía de Borges conduce a “un pensamiento sin espacio”. Nos obliga a pasar de la utopía –el imaginario de la modernidad alcanzada– a la heterotopía.

Pero la heterotopía es también un espacio utópico, es decir, un no-lugar (u-topos). Vuelve, entonces, la pregunta: ¿existe o puede existir una forma de territorialidad que pueda incluir de hecho un orden heteróclito? Dicho de otra manera: ¿puede ser gay la nación?

Notas

[*] John Beverley es director del Departamento de Literaturas Hispánicas de la Universidad de Pittsburgh (EE UU). Este artículo fue publicado en Identidades N° 29, el 20 de enero del 2003 [El Historiador]
[1] La política cultural de la izquierda más relacionada con la teoría de la dependencia fue la idea de transculturación propuesta por Ángel Rama, sobre la base del aporte inicial –que incluye la invención del neologismo– de Fernando Ortiz en Contrapunteo cubano. Una lectura del capítulo sobre la transculturación en este libro revelará que para Ortíz
el concepto es esencialmente historicista.
[2] Dipesh Chakrabarty, “The Time of History and the Time sof Gods,” en The Politics of Culture in the Shadow of Capital, Lisa Lowe y David Lloyd eds. (Durham y Londres: Duke University Press, 1997), 56-57.
[3] Por ejemplo, en el conocido libro de Anthony Arato y Jean Cohen, Civil Society (Cambridge MA: MIT Press, 1993).
[4] Como se sabe, este ha sido el gran tema de los estudios culturales. Pero el proyecto de estudios culturales no rompe en sí con los valores de la modernidad. Más bien, el proceso de desterritorialización y hibridización cultural que celebra reproduce –pero ya en el ámbito de las culturas populares o de masa, y en un registro pos o para nacional– la teleología moderna expresada anteriormente en la idea de desfamiliarización (Ostranenie en el formalismo ruso) y transculturación.
[5] Esto ha sido la crítica más frecuente de los estudios subalternos: por ejemplo, Mabel Moraña, “El boom de lo subalterno,” Revista de Crítica Cultural 14 (1997): 379-387; o varios ensayos en la reciente colección, Mapping Subaltern Studies and the Postcolonial, ed. Vinayak Chaturvedi (Londres y Nueva York: Verso, 2000).
[6] “has nothing in common with the idyllic past and seems resistent to being incorporated into the normative disciplines of modernity”. María Milagros López, “Postwork Society and Postmdoern Subjectivities”, en The Postmodernism Debate in Latin America, John Beverley, José Oviedo y Michael Aronna eds. (Durham y Londres: Duke University Press, 1995), 189.
[7] El equivalente latinoamericano más cercano sería quizá la idea de una “heterogeneidad no dialéctica” sugerida por Antonio Cornejo Polar en uno des sus últimos ensayos, “Una heterogeneidad no dialéctica: sujeto y discurso migrante en el Perú moderno”, en Crítica cultural y teoría literaria latinoamericanas, Mabel Moraña ed. Número especial de Revista Iberoamericana 176-77 (1996): 837-844.
[8] Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, Hegemony and Socialist Strategy Londre: verso, 1985), 131.
[9] Charles Taylor, “The Politics of Recognition”, en Multiculturalism, Amy Gutman ed. (Princeton NJ: Princeton University Press, 1994).
[10] Homi Bhabha, “Editor’s Introduction,” Front Lines/Border Posts. Número especial de Critical Inquiry 23/3 (1997), 449-450.
[11] Este sentido del “pueblo” está cercano a lo que Jean-Francois Lyotard entiende por “lo pagano” o lo que Paolo Virno entiende por “la multitud” –es decir, un sujeto social colectivo, pero radicalmente inconmensurable, no totalizable en “una” identidad.
[12] Un ejemplo de podría ser la idea de borderlands o territorialidades liminales en las obras de escritoras latinas en Estados Unidos: por ejemplo, Dreaming in Cuban de Cristina García, How the García Girls Lost Their Accents de Julia Álvarez, Translated Woman de Ruth Behar, o Borderlands/La frontera de Gloria Anzaldúa.


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¿Dónde quedó Marx?

César Arias Q. Editor de Opinión

La implosión de los países que vivían bajo el fracasado sistema social denominado por sus dirigentes “socialismo real” condujo a muchos a pensar que las ideas de Marx habían quedado sepultadas bajo los escombros del derrumbado muro de Berlín. Desde mi perspectiva, ésta es una verdad a medias.
Lo que indiscutiblemente fracasó fue el leninismo (llamado vulgarmente comunismo), es decir, la idea de la absoluta necesidad de un partido centralizado y autoritario; la noción inconmovible de la violenta “ruptura del estado burgués”; la “dictadura del proletariado” que, en la práctica, fue de la cúpulas de los PC. Pero, sobre todo, fracasó el relativismo moral de Lenin.

Al negar a Dios, Lenin encontró otro absoluto: la revolución que emancipa a la humanidad, y en nombre de esa liberación todo es válido. Lenin trató este asunto en su defensa del “terror rojo” titulada La revolución proletaria y el renegado Kautsky. La revolución soviética nació con ese elemento perverso que contenía en su seno la posibilidad que surgiera un liderazgo que elevara a niveles siderales las atrocidades de los primeros tiempos: el ex seminarista georgiano JV Stalin.

El sistema soviético no fue derrotado por la contrarrevolución; por el contrario, fueron los herederos de Lenin quienes queriendo romper los males estructurales del sistema, provocaron su derrumbe. En consecuencia, tuvieron razón los izquierdistas que estaban influenciados por Marx y Engels, pero rechazaron a Lenin –como Kautsky o Haya De La Torre– y optaron por políticas más democráticas y humanistas.

El mismo día en que los bolcheviques tomaban el poder, Trotsky, presidente del soviet de Pretogrado, le gritó a su antiguo amigo Martov, que encabezaba a los socialistas moderados que se retiraban en son de protesta: “Idos, terminaréis en el basurero de la historia”. Pero la diosa Clío fue cruel con los bolcheviques –la mayoría perecieron asesinados por Stalin– y con Trotsky, quien vio cómo su familia fue exterminada y cómo él mismo fue vilipendiado, deportado, acusado de terrorismo, traición y contubernio con el fascismo para, finalmente, ser asesinado en México por un sicario estalinista.

El leninismo, en verdad, fue liquidado por Stalin, porque después de tamaños horrores era absurdo creer que un régimen de esa naturaleza era la esperanza de la humanidad. La pregunta no respondida es: ¿Y Marx? Creo que de él queda la importancia fundamental de la economía para las sociedades, la relación de los intereses de clase con los valores morales, el derecho, la política e incluso la religión. También creo que el proceso de concentración del capitalismo sigue vigente. Ahora hay una contradicción que Marx no imaginó: la existente entre mercado y medio ambiente.

Si bien el fracaso del leninismo es indiscutible, aún quedan vigentes algunos aportes del pensamiento de Marx.

Artículo publicado en El Peruano el 7 de junio del 2007

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Cristianismo liberador

miércoles 6 de junio de 2007

César Arias Quincot

La Teología de la Liberación (TL) generó duras controversias, porque llevó al centro del debate la esencia del cristianismo, es decir, ¿cuál es el eje del mensaje evangélico?; existen influyentes grupos en el seno de la Iglesia católica, coherentes con la tradición de los pontífices a quienes el historiador Paul Johnson llamó “grandes papas reaccionarios" (Pío IX, Pío X y Pío XII), opuestos a la modernidad y su esencia, al individualismo y sus derivados: la economía de mercado, la democracia y los derechos humanos; ellos eran nostálgicos del feudalismo y defendían la “alianza del trono y el altar”.

Recuerdo que en Los hermanos Karamazov apareció la “leyenda del gran inquisidor”, según la cual Cristo regresó a la tierra en la Sevilla del siglo XVI y, mientras caminaba por las calles, el inquisidor lo reconoció y lo hizo detener; luego vino el alucinante diálogo con palabras terribles: “Hemos modificado tu doctrina con la fuerza, el misterio y la autoridad”, para terminar preguntándole a Jesús: “¿Por qué has venido a perturbarnos?”

En la novela rusa se dice que la jerarquía romana cambió la corona de espinas por las diademas de los césares paganos. De este modo es necesario preguntarse si ese actuar conservador del clero católico a lo largo de tantos siglos, justificando la intolerancia, la censura al conocimiento científico, la oposición al progreso social, la colusión con fuerzas retrógradas, la proclamación de la rebelión franquista como “cruzada nacional”, los silencios ante Hitler y las dictaduras sudamericanas, respondía a la esencia del cristianismo.

Para mí la respuesta es “no”; creo, como Gustavo Gutiérrez y los teólogos de la liberación, que el mensaje evangélico es, en su esencia, liberador, que una lectura atenta y objetiva de la Biblia nos lleva a esa conclusión presente desde el libro del Éxodo, pasando por los Profetas, el Libro de Job y, finalmente, el Nuevo Testamento. Para el cristianismo hay una esencia –el amor por los débiles, pobres oprimidos, enfermos y víctimas de la injusticia– que está por encima de los formulismos religiosos.

La autoridades judías –fariseos y saduceos– lo entendieron muy bien y por ello condenaron a Cristo. También lo comprendieron los gobernantes paganos del imperio, que lo persiguieron como a una secta subversiva. Luego vino la conversión del imperio y el paso de la Iglesia al poder. Tras ello, empezó a perderse mucho de la esencia del mensaje evangélico.

En la actualidad, el debate en torno a la TL debe centrarse en la esencia del cristianismo: si debe entenderse como un credo centrado en lo individual y obsesionado con oponerse a la sexualidad, o un credo que busca la solidaridad con los necesitados de amor, defensor de los pobres y discriminados, del medio ambiente y la paz, y capaz de enfrentar a los poderosos de este mundo.

La esencia del cristianismo es el amor por los débiles.

Artículo publicado en El Peruano, el 6 de junio del 2007

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Walter Banjamin y las lecciones de una Historia vista a "Contrapelo"

Carlos Antonio Aguirre Rojas[*]

No existe documento de cultura que no sea a la vez
documento de barbarie... por lo tanto, el materialista histórico
se distancia en la medida de lo posible. Considera que su misión
es la de pasar por la historia el cepillo a contrapelo (Walter Benjamin,
Sobre el concepto de historia, tesis VII, c. 1940).


INTRODUCCIÓN

Walter Benjamin, que ha vivido entre 1892 y 1940, en la Alemania y en la Europa de esos agitados y cambiantes tiempos de finales del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX, ha sido sin duda uno de los más importantes intelectuales europeos de su propia época. Intelectual imprescindible dentro de una adecuada comprensión de la historia de la cultura europea del ‘primer siglo XX’, Benjamin ha captado, con una excepcional agudeza crítica y con una percepción extremadamente fina, varias de las más importantes lecciones derivadas de los complicados sucesos históricos, y de las profundas transformaciones sociales y culturales de esta misma Europa ya mencionada. Una Europa que ha sido sacudida, sucesivamente, por el ascenso de potentes movimientos obreros y por los audaces intentos de las revoluciones socialistas finalmente fallidas, por la absurda primera gran guerra europea de 1914-1918, por la crisis económica de 1929 y el ulterior ascenso del nazismo, del fascismo y del franquismo, y finalmente, por la irrupción también cruel e irracional de la segunda guerra mundial, configurando, a partir de todos estos procesos, el claro escenario de una auténtica crisis profunda, tanto del proyecto civilizatorio global europeo, como también del conjunto de los fundamentos de la razón europea moderna.

Porque a tono con todos estos choques y sacudidas mencionados, que constituyen el “medio” y la “época” del periplo biográfico de Walter Benjamin, es que van a florecer y a difundirse ampliamente todos esos cuestionamientos intelectuales, sistemáticos y profundamente críticos, respecto de todos y cada uno de los fundamentos de la moderna razón burguesa, impugnada lo mismo por el psicoanálisis freudiano que por la antropología crítica inglesa, e igualmente por la nueva historiografía francesa que por los círculos lingüísticos austríacos, además de por los marxistas italianos, rusos, alemanes, húngaros, polacos u holandeses, junto a los sociólogos germanos y a los poetas, literatos y artistas de prácticamente toda Europa entera.

Una crisis total de la razón burguesa moderna, --anunciada pionera e inicialmente, varias décadas atrás, en el proyecto crítico de Marx--, que al alimentar a todas estas expresiones críticas y contraculturales del periodo de entre las dos guerras mundiales, va a abrir el espacio intelectual para el desarrollo de una perspectiva y de una obra tan original y tan aguda, como la que ha tenido su origen en el pensamiento y en la pluma de Walter Benjamin.

Porque es solo la consideración detenida de este contexto global, de desconstrucción y de pérdida total de legitimidad de la civilización, de la razón y de la cultura europeas,[1] el que permite comprender tanto el aguzado filo crítico de las visiones de Benjamin sobre el cine, la prensa, el teatro y la cultura que le han sido contemporáneos --y a los que él ha analizado y diagnosticado de manera singularmente profunda--, como también su original mirada respecto del drama barroco alemán, las obras de Baudelaire o de Goethe, o el inacabado estudio sobre los pasajes de París, entre los varios temas que abordó a lo largo de su relativamente corta vida.

Así, lo mismo cuando nos muestra como el cine recién inventado va a sustituir las capacidades y habilidades del verdadero actor de teatro, por los trucos y posibilidades derivados de la aplicación de las cámaras y los instrumentos de la técnica cinematográfica, que cuando se entusiasma con la novedad y el carácter revolucionario del “teatro de situaciones” de Bertold Brecht frente al teatro tradicional, e igual cuando reflexiona sobre el “principio constructivo” que permite organizar y dar cuenta global de la especificidad de una época, desde la caracterización del barroco o desde el examen de los pasajes y de la nueva configuración espacial y arquitectónica de ese París que es “capital del siglo XIX”, Walter Benjamin pone siempre en acción esa mirada crítica y distanciada, que deriva de observar las realidades que estudia, siempre a contrapelo. Una mirada que traspasando el aparente significado evidente de las cosas y de los hechos estudiados, va a ubicarse siempre desde nuevos emplazamientos, desde observatorios poco frecuentados, para ser capaz de marchar en direcciones y caminos que interrogan a su objeto en un sentido inverso al de los razonamientos rutinarios habituales, siempre en la línea de “desfamiliarizarnos” frente a esas realidades investigadas, para descubrir en ellas, mediante el razonamiento crítico y dialéctico, sus significados más profundos y esenciales.

Insertándose entonces, dentro de las más genuinas tradiciones del pensamiento crítico contemporáneo, que arranca desde Marx y se prolonga hasta el día de hoy, Benjamin da curso también a la manifestación de ese espacio privilegiado para la crítica, que ha constituido la Europa convulsionada del periodo de entre las dos guerras mundiales, de este siglo XX cronológico aún por concluir[2]

Además, y potenciando a ese mismo contexto europeo que ha sido un espacio propicio para la reflexión crítica del mundo contemporáneo, Walter Benjamin va a formarse también dentro de esa Alemania ascendente y vigorosa, que después de 1870 se ha convertido no solo en la nación más capitalista de toda Europa y de todo el planeta, según las caracterizaciones del mismo Lenin, sino también y dentro de la esfera cultural, en la potencia líder hegemónica dentro de las ciencias sociales europeas del periodo de 1870 a 1930, aproximadamente.

Pues al mismo tiempo que el Partido Obrero Social Demócrata Alemán se fortalece y crece numéricamente en escala geométrica, generando la ilusión --que más adelante se revelará como fallida--, de un posible triunfo del socialismo en Alemania por la vía pacífica de las urnas, la cultura alemana se afirma también como “modelo a imitar” dentro de Europa, desarrollando lo mismo los cimientos de una sólida y creativa ciencia de la sociología, que el modelo de la historia positivista e historicista que se impondrá en prácticamente todas las grandes universidades europeas y occidentales, en estas seis décadas que giran en torno al año de 1900.

Son entonces estas, las épocas en que se gesta y afirma el psicoanálisis de Sigmund Freud, en que se desarrolla la obra de Ludwig Wittgenstein y del círculo de Viena, en que brilla la literatura de Thomas Mann y de Robert Musil junto al teatro de Bertold Brecht. Epocas simultáneas también al auge del austromarxismo, de la historiografía académico crítica de Karl Lamprecht, de Alfred Weber, o de Alfonse Dopsch, o de trabajos tan innovadores como los de George Simmel y de Norbert Elías, y que constituyen las mismas épocas y atmósferas en que va a desplegarse, justamente, la vida y la obra de Walter Benjamin.

Una época que abarca, entonces, a ese tránsito histórico difícil que Alemania recorre desde la posición hegemónica en lo económico y en lo cultural, hasta la debacle también social, económica e intelectual ocasionada por las dos derrotas sucesivas de 1918 y 1945, y sobre todo, por el ascenso de los nazis al poder y por los estragos que ellos causan en todo el tejido de la sociedad alemana, época que será también otro de los referentes importantes que van a influir, de manera decisiva, en el peculiar itinerario y en los originales resultados intelectuales, del autor del célebre ensayo titulado sencillamente Über das Begriffgeschichte[3]


I
Al acercarnos un poco a la biografía personal del propio Walter Benjamin, llama inmediatamente la atención el hecho de que incluso en el ámbito más personal e individual de su trayecto biográfico, nuestro autor parece encarnar de modo acusadamente ejemplar, a la figura del verdadero intelectual hors-la-loi, del pensador que se encuentra constantemente en ruptura con casi todo su entorno inmediato, y siempre fuera de las normas y los códigos institucionales, académicos, sociales o culturales, que en el caso de otros intelectuales han determinado o sesgado, de modo significativo, la propia elaboración de sus trabajos principales.

Porque Benjamin no solo tiene una conflictiva relación con su padre, sino también una evidente y crónica dificultad para administrar los irregulares y muchas veces escasos fondos monetarios de los que llega a disponer. Además, es conocida su tentativa fallida de incorporarse de manera integral y regular a la Universidad y al mundo de la Academia, lo que se debe no solo a ciertas circunstancias desafortunadas, sino también a la dificultad real y a la enorme complejidad de sus trabajos académicos, sumada a la radical actitud crítica y de distancia frente a ese mundo de los intelectuales establecidos.

Acompasando también esas conflictivas vinculaciones con el mundo académico de su época, con unas también difíciles relaciones con sus sucesivas parejas amorosas, Walter Benjamin va a ser igualmente crítico de la social democracia y de los marxistas reformistas alemanes de su época, accediendo al marxismo por sus propias y singulares vías, e intentando también desde su particular reelaboración de este “materialismo histórico”, el rescate e incorporación de ciertos elementos de la tradición de la mística judía[4].

Situándose entonces, en las órbitas inmediatamente contiguas al núcleo duro de los representantes principales de la célebre Escuela de Frankfurt, Benjamin va a desarrollar, no obstante, un pensamiento propio y original, que no puede ser reducido solamente a los límites generales que delimitan los contornos esenciales de esta Escuela de Frankfurt. Por eso, si bien su obra no es comprensible al margen de los perfiles y de las lecciones principales de esta tendencia, --que encontró su núcleo institucional en el Instituto de Investigaciones Sociales de Frankfurt--, también es cierto que esta misma obra desborda en muchos puntos a dichas lecciones, constituyendo la contribución original de Walter Benjamin a la cultura y a las ciencias sociales del siglo XX[5].

Y quizá sea esta condición reiteradamente marginal del autor del importante ensayo sobre El origen del drama barroco alemán, la que explique también en parte la radicalidad crítica de sus distintas intervenciones, en los diferentes temas de la literatura, de la cultura, y de la historia en los cuales ha incursionado. Intervenciones cuyo denominador común es el de esa capacidad que ya hemos mencionado, de lograr un agudo distanciamiento crítico frente a las realidades que estudia, que al pasar la mirada del análisis a contrapelo, nos ofrece siempre claves nuevas y más profundas para la comprensión de esas mismas realidades.

Entonces, es ese examen que va a contracorriente de los lugares comunes repetidos, el que le permite a nuestro autor afirmar que no es posible entender la regresión histórica y la barbarie que implican el nazismo y el fascismo, sin trascender la noción lineal y simplista de la idea de progreso, idea que postula tenazmente que todo hoy es, inevitable y fatalmente, mejor que todo ayer, y que todo mañana será, con la misma ineluctabilidad, mejor que cualquier hoy. O también, es esta postura crítica que desbanaliza lo real, la que le permite entender que el nacimiento del cine es también, en esencia, la mecanización, tecnificación y serialización de una forma del arte, mecanización que proyectando en este ámbito artístico el anterior proceso vivido por los procesos de trabajo industriales, implica también el despojo y la sustitución de las habilidades humanas mediante su traslado y su reconversión en habilidades de la máquina. Pues en el cine, la máquina ‘corrige’ los errores de la actuación viva del actor, repitiendo las tomas, seleccionando y editando a placer las escenas, y supliendo las carencias del actor con elementos del contexto, que inducen la interpretación buscada o deseada de sus gestos, expresiones y emociones diversas.

Igualmente, es esa actitud crítica que descosifica a nuestro objeto de estudio, la que le permite al autor del agudo ensayo sobre “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, captar la novedad profunda del teatro brechtiano, que recrea de modo nuevo las situaciones de la escena, para impulsar justamente esa desfamiliarización necesaria con la vida cotidiana que es el camino posible hacia su crítica teórica, y hacia su ulterior superación práctica.

Un sistemático ejercicio del pensamiento crítico, que también se ha proyectado en el ámbito de la historia, para condensarse de modo especial en ese rico y denso texto de las tesis benjaminianas sobre el concepto de historia, texto sobre el cual vale la pena detenerse con más cuidado ahora.


II
Es sabido que el hoy célebre texto de las rebautizadas “Tesis sobre la filosofía de la historia”, que Benjamin tituló solamente “Sobre el concepto de historia”, es trabajado y retrabajado por su autor durante varios años, con la clara intención de utilizarlo, posiblemente, como parte de la “Introducción” al vasto proyecto, que quedará finalmente inconcluso, de su proyectada gran obra sobre los Pasajes de París. Lo que quiere decir que dicho texto, lejos de ser un escrito marginal o de ocasión, es más bien una trabajada síntesis de las principales concepciones de Walter Benjamin sobre el complejo tema de la historia[6].

Con lo cual, es lógico que nuestro autor se distancie, críticamente y de modo tajante, frente a las formas del discurso histórico entonces dominante en Alemania, mostrando las insuficiencias y claros límites tanto de la tradicional historiografía rankeana positivista, como también de su renovada variante o modalidad historicista. Entonces, y a la vez que hace evidentes las implicaciones políticas de estas formas positivistas e historicistas del quehacer histórico, va también a denunciar, por ejemplo, su estrecha concepción de lo que puede ser la historia universal, su forma limitada de concebir el modo de presentación de los resultados del trabajo histórico --es decir las formas de la narración de lo histórico--, así como la actitud totalmente acrítica de estos historiadores frente a su propia materia de estudio[7].

Por ello, para Benjamin “articular históricamente el pasado no significa conocerlo ‘como verdaderamente ha sido’” (tesis VI), tal y como afirma la máxima mil veces repetida de la historiografía positivista. Pues si la empresa histórica solo consistiera en ese narrar los hechos tal y como han acontecido, y si reducimos la tarea del historiador a la sola función del cronista, “cronista que enumera los acontecimientos sin distinguir entre los pequeños y los grandes” (tesis III), entonces lo que se pierde para Walter Benjamin es el “principio constructivo” (tesis XVII) que, necesariamente, es el único que permite “articular históricamente el pasado” (tesis VI), dando sentido y coherencia a nuestros esfuerzos de rescate crítico y comprehensivo de ese mismo pasado. Así, lejos de acumular sin orden y concierto hechos, datos, sucesos, fechas y acontecimientos, amontonándolos desde cronologías lineales, y agregándolos unos junto a otros sin establecer ni sus relaciones, ni sus causalidades y configuraciones complejas, como hacen siempre los historiadores positivistas e historicistas, Benjamin propone más bien una recuperación selectiva de solo ciertos hechos, sucesos y procesos, definida justamente desde el establecimiento de ese “principio constructivo” que corresponde a cada época, y que es el único que, en cada caso, permite descifrar y dar sentido al complejo rompecabezas del momento o del problema histórico específico que investigamos.

Abogando entonces por el establecimiento de una explícita “estructura teorética” (tesis XVII), desde la cual acometer el estudio de los hechos históricos, estructura de la cual carecen el historicismo y el positivismo, Benjamin rechaza el tipo de historia universal cuyo “procedimiento es el de la adición” (tesis XVII), adición que solo “proporciona una masa de hechos para llenar el tiempo homogéneo y vacío” (tesis XVII). En su lugar, dicha estructura teorética, desde la que se delimita el “principio constructivo” referido, permite afrontar ese pasado de manera selectiva e inteligente, reconociendo esos puntos privilegiados del desarrollo histórico humano que son las verdaderas “constelaciones cargadas de tensiones” (tesis XVII), los “instantes de la cognocibilidad del pasado” (tesis V) o “instantes de peligro” (tesis VI), desde los cuales los múltiples pasados que investigamos se muestran en su totalidad. “Instantes de peligro” que, revelando tanto la lógica más profunda del devenir histórico, como el conjunto total de las múltiples líneas de los diversos proyectos alternativos de construcción de los varios futuros en ese momento posibles, nos da la clave para comprender realmente ese pasado, para “adueñarnos de un recuerdo tal y como éste relampaguea” (tesis VI) en ese mismo “instante de peligro”.

Rompiendo entonces la lineal, chata y vacía continuidad del acaecer histórico defendida por el historicismo y el positivismo, y que en estos últimos está dada de manera puramente externa y accidental, por la simple sucesión cronológica de los años que se suceden unos detrás de otros, Walter Benjamin propone como tarea del historiador la de “hacer saltar” (tesis XV, XVI, XVII) a la época, al personaje, a la obra, o al hecho histórico estudiados, de esta continuidad vacía, entresacándolo de manera selectiva y observándolo, examinándolo y explicándolo, desde esas constelaciones de tensiones o momentos de peligro que, al modo de las situaciones-límite del teatro contemporáneo, nos revelan el todo integral de los diferentes problemas y etapas de la historia.

Ubicando entonces su concepción de la historia, en las antípodas del positivismo y del historicismo entonces dominantes, Walter Benjamin critica también a este último respecto de la defensa y del énfasis que hace del procedimiento de la empatía, de la compenetración total con el fenómeno o la época estudiados. Pues dado que el historicismo pretende hacer girar el trabajo del historiador en torno a la captación rigurosa del carácter único, irrepetible y totalmente singular de cada hecho o fenómeno histórico, entonces va a proponer, para superar el riesgo del anacronismo y para mejor asimilar esa unicidad irreductible del tema estudiado, este procedimiento de la “compenetración” (tesis VII). Pero, según el autor de la tesis sobre El concepto de crítica de arte en el Romanticismo alemán, lo que esta postura olvida, es que esa compenetración y empatía con la época es siempre también empatía con los vencedores y olvido y marginación de los vencidos. Porque la singularidad que desea captarse, es la misma especificidad de la situación que decidió la victoria de las clases y de los grupos que hoy dominan, y por ende, la visión de la historia que solo ve un lado de la batalla, y justamente, aquel que legitima la actual explotación y avasallamiento de los oprimidos.

Frente a esto, y dejando “que otros agoten sus fuerzas en el burdel del historicismo, con la meretriz del ‘había una vez’” (tesis XVI), el historiador crítico y materialista va en cambio a reivindicar la multiplicidad y densidad constructiva del pasado, constituido siempre por diferentes líneas, proyectos, perspectivas y propuestas en eterno conflicto, líneas y proyectos que encarnando diferentes desarrollos posibles, y diversas evoluciones concretas de la sociedad y de la historia, se enfrentan constantemente en batallas sociales, políticas, culturales, económicas, artísticas, históricas, etc., para ir dibujando y decidiendo, desde los resultados de este conflicto permanente, el verdadero curso de la historia.

Pero entonces, si la historia no se reduce a la historia del grupo de los vencedores, y si el pasado no es solo la reinvención de la tradición y de los hechos orquestada por estos dominadores que han ganado, entonces la tarea del historiador crítico consiste también en reivindicar y rescatar a todos esos pasados vencidos que, a pesar de haber sido derrotados, continúan vivos y actuantes, determinando una parte muy importante de la historia, subterránea y reprimida pero presente dentro del devenir histórico. Pasados derrotados y reprimidos, que a pesar de haber sido provisionalmente excluidos de las líneas dominantes de la historia, permanecen sin embargo constantemente agazapados a la espera de la próxima batalla.

Porque si el patrimonio de la tradición corre todo el tiempo el peligro de ser “avasallado” y “convertido en instrumento de la clase dominante” (tesis VI), el único modo de entender críticamente el pasado, y por lo tanto de captarlo realmente en su esencia, es restituyéndolo en su compleja totalidad. Y eso solo es posible traspasando esa visión del pasado reducida a la versión de los vencedores, y reconstruyendo, desde el “instante de peligro” todas las líneas en conflicto que se muestran en el momento mismo de la batalla, antes de que se haya decidido quien es el vencedor, cuando varios desenlaces son todavía posibles, y cuando el opresor no ha vencido aún al oprimido. Cuando no lo ha sojuzgado ni ha cooptado su rebeldía, cuando todavía no ha rehecho la historia a su conveniencia y para su autolegitimación, y cuando no ha logrado aún ni silenciar la voz, ni eliminar ni apagar el recuerdo de la fuerza de todos esos grupos, proyectos, clases y alternativas, que serán los derrotados y vencidos después de concluir esa batalla.

Y si no existe un solo pasado homogéneo sino muchos, uno de ellos “vencedor” --que se codifica y expresa siempre en las versiones ampliamente difundidas de la historia oficial de cada momento, con las cuales han sido y son siempre solidarias y complacientes las historias positivistas e historicistas--, junto a muchos otros pasados “vencidos”, entonces el único modo de acceder a estos últimos es precisamente analizando la historia desde una mirada que sistemáticamente pase sobre ella “el cepillo a contrapelo” (tesis XVII). Porque solo al avanzar a contracorriente de esa historia rehecha por las clases dominantes, será posible restituir esos pasados derrotados y esos proyectos y líneas en conflicto, que después del combate han resultado solo provisionalmente avasallados y borrados. Avance a contrapelo de la historia oficial y dominante, que nos hará posible desmitificar los “orígenes gloriosos”, y también las genealogías siempre vencedoras y conquistadoras que llenan esas historias oficiales, a la vez que nos permite deslegitimar la continuidad siempre positiva, ascendente, gloriosa y supuestamente indetenible del avance y el triunfo de los actuales dominadores. Deslegitimación y desmitificación de esa historia oficial, que nos permitirá sustituirla por la historia real, la que lejos de ser esas líneas tersas y bonitas de dicha historia oficial positivista, se nos presenta en cambio como una historia llena de accidentes y conflictos, donde como diría Michael Foucault los orígenes son casi siempre innobles[8], y donde la afirmación de los poderes dominantes solo se da sobre la negación y sometimiento de las clases dominadas, mediante el recurso indiscriminado a la violencia, al saqueo, a la destrucción, al aniquilamiento y al apabullamiento del oponente.

Por eso, en la idea de Benjamin, el progreso humano más que suma de conquistas es en realidad “acumulación de ruinas” (tesis XIX). Y por eso la dialéctica real de la historia, nos revela que no existe progreso sin retroceso, y que no hay positividad alguna posible, dentro de las sociedades divididas en clases sociales, que no vaya acompañada de manera inextricable de su propia negatividad. Lo que entonces explica, como nos lo enseñó muy bien la Escuela de Frankfurt, que por ejemplo incluso la razón puede ser convertida en instrumento de dominación, y que dentro de la universalización histórica promovida por el capitalismo, pueda esconderse tranquilamente, dado su carácter de universalización antitética y desgarrada, el claro proyecto de imposición del proyecto civilizatorio europeo a todos los demás pueblos del planeta[9].

Y puesto que en el mundo actual, no existe manzana sin el gusano que la corroa por dentro permanentemente, entonces tampoco habrá “documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie” (tesis XVII), al ser el fruto del doble y simultáneo proceso del genio de sus creadores, pero también del sudor, la esclavitud y la miseria de los explotados, que con su trabajo, crean las condiciones para el tiempo libre y el desarrollo artístico o cultural del que disfrutan esos mismos creadores.

Lo que implica entonces que el historiador crítico, debe siempre desconfiar de extasiarse solo con el lado positivo y maravilloso de esos productos culturales, de esos diferentes “documentos de cultura” y de ese patrimonio cultural, descubriendo también en ese ámbito de la conservación de la cultura y de la transmisión de las tradiciones y de la memoria, la marca de la barbarie y de la recodificación, que usa a dichos documentos de cultura como formas de legitimación de las clases y de los poderes hoy dominantes. Y así, “distanciándose en la medida de lo posible” (tesis XVII) de esa visión supuestamente neutra de lo cultural, y pasando la mirada a contrapelo, el historiador marxista o simplemente crítico, asume también conscientemente la existencia de la lucha de clases dentro de la esfera cultural, el conflicto social también presente en ese mundo de las “cosas finas y espirituales” (tesis III) que también es capaz de “poner en cuestión toda victoria lograda en el tiempo por los dominadores” (tesis IV).

De este modo, si el conflicto social y el combate que se libra entre los dominadores y los oprimidos se hace presente todo el tiempo, y lo mismo dentro de la esfera cultural que dentro de los ámbitos económicos, políticos o sociales, entonces la supuesta paz social y la normalidad sin mácula que las clases dominantes intentan proyectar como la situación imperante en general, no es más que una mentira tramposa, basada una vez más en la completa impostura. Porque para Walter Benjamin “el ‘estado de emergencia’ en que vivimos es la regla” (tesis VIII) y no la excepción, lo que implica que, necesariamente, todas las sociedades divididas en clases sean sociedades que solo se afirman desde y dentro de un precario y muy poco estable equilibrio de fuerzas, que puede quebrarse en cualquier momento, para dejar florecer lo mismo la regresión, la barbarie y la irracionalidad de fenómenos como el nazismo o como la guerra, que la rebeldía organizada de los oprimidos y los intentos diversos de la verdadera transformación social total en un sentido revolucionario y progresista.

Pero entonces, si la guerra de clases, y el movimiento de la balanza de la historia hacia la reacción lo mismo que hacia el avance, son datos permanentes y no excepcionales, no es posible ya seguir sosteniendo la vieja y caduca noción de progreso, elaborada por la burguesía en su periodo de vida ascendente, que se despliega entre el siglo XVI y el siglo XIX, y que concibe a dicho progreso como una línea siempre y fatalmente ascendente, que avanza acumulando solo logros y conquistas, y que en su marcha indetenible nos asegura que todo hoy es inevitablemente mejor que todo ayer, y que todo mañana será también sin duda mejor que todo hoy.

Una noción autocomplaciente y completamente sesgada del progreso, compartida tanto por la burguesía, como también por la reformista socialdemocracia alemana de aquellas épocas, que sin hacerlo del todo explícito, construye esta idea del progreso pensando sobre todo en el avance tecnológico impetuoso de las sociedades contemporáneas, asumiendo que dicho progreso abarca “a la humanidad” en su conjunto, y que es un movimiento “esencialmente incesante” y un “progreso sin fin” (tesis XIII). Pero, pasando de nuevo la mirada del análisis a contrapelo de esta difundida y muy repetida noción de progreso, Benjamin va a recordarnos, en una línea de razonamiento que retoma a Marx y que se distancia claramente de esos postulados “característicos del marxismo vulgar” (tesis XI), que el avance de las capacidades técnico-productivas ha ido acompañado, en el moderno capitalismo, de evidentes “retrocesos de la sociedad” (tesis XI) del más distinto orden, insistiendo además, en que el progreso es siempre progreso solo de ciertas clases, grupos, elites o ámbitos determinados, y nunca de la humanidad como un bloque.

Además, y desde la concepción que ya hemos referido, y que junto al pasado vencedor rescata y restituye también a los múltiples pasados vencidos, nuestro autor va a proponer entonces una noción diferente del progreso histórico, que lo vea no como suma de conquistas y logros, sino a la inversa, como “una catástrofe única, que acumula sin cesar ruina sobre ruina” (tesis IX). Es decir, como ese proceso complejo donde cada avance, solo se afirma cancelando, reprimiendo y marginando a otras diez, veinte o cien posibilidades alternativas de desarrollo reivindicadas por los que no han vencido, y en donde cada conspicuo producto cultural es también testimonio de la barbarie. Lo que arroja, como saldo de dicho “progreso”, mucho más un “cúmulo de ruinas” que se apilan y suben hasta el cielo, que el solo conjunto de avances siempre acotados y circunscritos a las clases dominantes, a ciertos grupos privilegiados, a determinados renglones de la realidad social, o a ciertas regiones o espacios limitados del planeta.

Pasando una vez más el cepillo a contrapelo de la historia, y viendo a ese “progreso” en su negatividad, en sus efectos destructivos y en su “lado malo”, pasan a primer plano sus recurrentes efectos devastadores, que llenan el escenario de la historia de fascismo y de guerras, de crisis económicas y del uso instrumental de la razón, de la represión de la sexualidad y de la marginación de los artistas, lo mismo que de la aniquilación del ‘aura’ de la obra de arte y de la inmolación de los hombres en aras del productivismo, junto a las figuras de la irracionalidad, la muerte, el hambre, la enfermedad y la miseria, que caracterizan a todas las sociedades divididas en clases sociales.

Viendo entonces la historia a contracorriente, y desmontando y superando esa noción lineal, simplista, y autocomplaciente del progreso, Walter Benjamin va a llegar también a otra noción del tiempo y de la temporalidad en la historia, noción que partiendo de la necesidad obligada de “hacer saltar el continuum de la historia” (tesis XVI) va a concebir el tiempo como “tiempo actual”, y por lo tanto como un tiempo “lleno” (tesis XIV), denso y cargado de sentido, es decir como constelación cargada de tensiones o “constelación que se cristaliza en una mónada” (tesis XVII).

Lo que quiere decir que también Walter Benjamin, igual que en su momento Norbert Elías, Marc Bloch o Fernand Braudel, entre otros, va a criticar y a contradecir a la noción burguesa moderna que es entonces dominante respecto del tema de la temporalidad, noción que concibiendo al tiempo como “tiempo homogéneo y vacío” (tesis XIV), lo postula como una suerte de espacio a llenar, a partir de la simple inserción y acumulación dentro de él, de los diferentes y siempre sucesivos y ordenados acontecimientos históricos. En cambio, y en lugar de esta idea mil veces repetida por la historiografía positivista e historicista, lo mismo que por la historia oficial, Benjamin va a proponer esa idea sutil y compleja del “tiempo del ahora” o “tiempo actual” (tesis A), que es un tiempo denso, cruzado por múltiples fuerzas en conflicto, y cargado de diferentes sentidos. Un tiempo en el que es posible unir, en torno de un dato actual, solamente a ciertos pasados que son relevantes para su explicación, y con los cuales ese tiempo actual tiene conexiones específicas, complicadas, pero muy bien determinadas.

Por ejemplo el caso de la Revolución Francesa, que para ser bien comprendida, nos reenvía de manera casi espontánea a la Roma antigua, de la cual ha tratado de copiar e imitar ciertos modelos, héroes, comportamientos y patrones, que le han ayudado a afirmarse y a dar curso a las transformaciones que ella ha desarrollado. Por eso, una clave importante del movimiento de 1789 en Francia, vinculará a éste con esa etapa de la Antigüedad, al comprender que esa Revolución Francesa ha sido “entendida como una Roma restaurada” (tesis XIV). O también el caso de la clase obrera moderna, que al ser concebida “como la clase vengadora, que lleva a su fin la obra de liberación en nombre de todas las generaciones de vencidos” (tesis XII), va a conectar siempre el sentido profundo de sus acciones y de su constante rebeldía e insurrección, con todos los movimientos de sublevación, de lucha, de insubordinación y de protesta que registra la larga historia de la resistencia y de la lucha de los oprimidos, en las sociedades divididas en clases antagónicas.

Lo que entonces implica que las conexiones temporales entre diferentes momentos de la historia, son mucho más “sutiles y complejas” que como han sido vistas en general, lo que redefine completamente a la dialéctica pasado/presente, y rompe nuevamente con el absurdo ideal positivista de contar y de estudiar toda la historia, todas sus épocas y momentos sucesivos, como si todos ellos fuesen iguales, e igualmente importantes.

Pero si no todo los momentos temporales son idénticos, y si algunos de ellos son más esenciales y más cargados de sentido que otros, entonces cada fenómeno histórico estudiado convoca para su explicación a sus propios “pasados relevantes”, brincándose la sucesión cronológica y el simple orden secuencial, y conectando, por ejemplo al cine actual con, de un lado la fotografía y el daguerrotipo del siglo XIX, y del otro con el teatro y con su evolución en diferentes siglos o momentos de la historia[10].

Y si no cualquier presente puede conectarse con cualquier pasado, sino solamente con aquellos que conforman su singular genealogía o árbol de raíces específicas, también debe de ser claro que el pasado no posee nunca una “imagen ‘eterna’” (tesis XVI) y ya acabada, sino que es siempre algo vivo y abierto, algo cuyos sentidos últimos no terminan de revelarse, en ocasiones, más que muchos siglos y hasta milenios después de su propio acontecer.

Porque cada nuevo “presente” que aparece, agrega a veces nuevos significados a ciertos hechos y datos del pasado, revelando y actualizando dimensiones de este último que no habían sido nunca percibidas. Por ejemplo, como en el caso que Marx ha explicado de la conversión del dinero en capital, conversión que solo acontece después del siglo XVI, y luego de una historia larga y milenaria de vida y existencia de ese mismo dinero. Por eso, como ha dicho el mismo Marx, “la anatomía del hombre es también una clave para la anatomía del mono”, y cada presente una nueva clave para determinados pasados, lo que nos explica por qué “solo a la humanidad redimida le concierne enteramente su pasado” (tesis III).

De este modo, si esta compleja relación entre el pasado y el presente no está dada de antemano, ni existe de por sí ya determinada por la simple y lineal sucesión de los hechos y de los momentos en el tiempo cronológico homogéneo y vacío, sino que debe ser descubierta, establecida y construida por el propio historiador, entonces su tarea consistirá justamente en desarrollar, con agudeza y sentido crítico y creativo, esa capacidad de “atrapar” y detectar dichas conexiones específicas entre cada presente y sus pasados realmente atingentes, mostrándonos sus filiaciones y vinculaciones concretas, para cargar de sentido a dicho análisis histórico, tanto de esos pasados como de cada “tiempo del ahora” o Jetztzeit.

Entonces, si hacer esta historia a contrapelo, conlleva todos estos esfuerzos de distanciarse radicalmente del positivismo, del historicismo, de la historia oficial y del marxismo vulgar, restituyendo los pasados vencidos y ubicándose en los “instantes de peligro”, rescatando el “lado malo” de los hechos históricos, y superando y redefiniendo nuestras nociones del progreso, del tiempo y de la dialéctica pasado/presente, nuestra tarea como historiadores no es para nada una empresa fácil o ligera.

Pero en cambio, si es una empresa que aunque ardua y difícil, es también noble, gratificante y socialmente útil. Porque inscribiéndose dentro de las mejores tradiciones de la historia genuinamente crítica --esa que se ha desarrollado desde Marx y hasta hoy, teniendo en Walter Benjamin a uno de sus representantes más notables y penetrantes--, esa historia vale realmente la pena de ser acometida, desde la completa certidumbre de que “solo tiene derecho a encender en el pasado la chispa de la esperanza aquel historiador traspasado por la idea de que ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo, si éste vence” (tesis VI). Pero también de que muy probablemente, y en un futuro cercano, este enemigo será vencido y habrá dejado de existir.



REFERENCIAS

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WITTE, Bernd. Walter Benjamin: una biografía. Barcelona: Gedisa, 1990.

Notas

[*]Investigador de Tiempo Completo en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México.
[1] Esta crisis de la civilización, la sociedad y la cultura europeas de los años de 1914-1945 es, en nuestra opinión, el marco obligado de referencia para la explicación de la extraordinaria ebullición cultural de la conciencia crítica que se manifiesta en todas las perspectivas y corrientes antes referidas. Sobre los impactos más específicos de esta crisis en el caso francés, hemos intentado mostrarlos, respecto de la nueva historiografía francesa de la mal llamada “escuela” de los Annales, en nuestros libros L’histoire conquérante. Un regard sur l’historiographie francais, Ed. L’Harmattan, París, 2000 y también en el libro Os Annales e a historiografía francesa. Tradições críticas de Marc Bloch a Michael Foucault, Ed. Universidad Estadual de Maringa, Maringa, 2000.
[2] Para poder tener una idea general de los temas abordados por Walter Benjamin, cuyos libros han sido, felizmente, traducidos al español en su mayoría --aunque, por ejemplo, con la ausencia importante de los fragmentos que dejó de su inconcluso estudio sobre los pasajes de París, que en cambio ha sido ya traducido al francés--, pueden verse por ejemplo los libros de Pierre Missac, Walter Benjamin de un siglo al otro, Ed. Gedisa, Barcelona, 1988 y Concha Fernández Martorell, Walter Benjamin. Crónica de un pensador, Ed. Montesinos, Barcelona, 1992. Sobre la obra inconclusa de los ‘Pasajes’ véase el libro de Susan Buck-Morss, Dialéctica de la mirada. Walter Benjamin y el proyecto de los Pasajes, Ed. Visor, Madrid, 1995.
[3] Es este el verdadero titulo dado por el propio Benjamin, el título de ‘Sobre el concepto de historia’, aunque dicho trabajo haya sido después rebautizado por Theodor Adorno, con su título más conocido de Tesis sobre la filosofía de la historia. Vale la pena insistir en el hecho de que aunque dichas Tesis parecen haber sido redactadas y retrabajadas entre aproximadamente 1937 y 1940, sin embargo su redacción viene a condensar una problemática y una serie de temas que han interesado y que le han preocupado a Walter Benjamin desde los propios años veintes, tal y como lo demuestran toda una serie de fragmentos, de trabajos y de referencias, en su correspondencia personal, y en sus aclaraciones en torno de este trabajo sobre el concepto de historia.
[4] Sobre la biografía personal del propio Walter Benjamin pueden consultarse el libro de sus Escritos Autobiográficos, Ed. Alianza Editorial, Madrid, 1996, y también la biografía escrita por Bernard Witte, Walter Benjamin. Una biografía, Ed. Gedisa, Barcelona, 1990. También vale la pena leer las reflexiones de Hannah Arendt, en su ensayo “Walter Benjamin. 1892 – 1940” incluido en su libro Hombres en tiempos de oscuridad, Ed. Gedisa, Barcelona, 1990.
[5] Sobre esta condición de Walter Benjamin, como miembro hasta cierto punto “heterodoxo” de la Escuela de Frankfurt, véase el libro de Martín Jay, La imaginación dialéctica. Una historia de la Escuela de Frankfurt, Ed. Taurus, Madrid, 1987. Sobre la singularidad del pensamiento de Benjamin y sobre su peculiar recuperación de la mística judía, cfr. los ensayos de Bolívar Echeverría, “Deambular: el ‘flaneur’ y el ‘valor de uso’” y también “Benjamin: mesianismo y utopía”, ambos incluidos en el libro Valor de uso y utopía, Ed. Siglo XXI, México, 1998.
[6] Conviene entonces leer estas “Tesis sobre la filosofía de la historia” a la luz de aquellas notas y fragmentos que se vinculan a la redacción de sus sucesivas versiones, o en las que Walter Benjamin aborda temas directamente conectados con ellas. Varios de estos fragmentos han sido reagrupados en el libro titulado La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia, Coedición Universidad ARCIS-LOM Ediciones, Santiago de Chile, 1996.
[7] Sobre esta crítica de Walter Benjamin a las concepciones de la historia anterior, puede verse el ensayo de Helio Cardoso, “Tempo e narrativa histórica nas ‘Teses’ de W. Benjamin” en el libro A velha história, Ed. Papirus, São Paulo, 1996.
[8] Es en esta misma línea, que Foucault ha defendido justamente la necesidad de una contrahistoria y también de una contramemoria históricas, para oponerlas precisamente a esas versiones siempre gloriosas y siempre tersas de la historia oficial. Por ejemplo, en su libro Genealogía del racismo, Ed. La Piqueta, Madrid, 1992.
[9] Pensamos, entre tantos otros ejemplos posibles, en la importante obra de Theodor Adorno y Max Horkheimer, Dialéctica del iluminismo, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1969, o también en el ensayo del mismo Adorno titulado “Progreso” e incluido en el libro Consignas, Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1973.
[10] Mencionamos solamente uno o dos, de entre los muchos ejemplos posibles que ha desarrollado el propio Walter Benjamin. Para otros problemas estudiados con la misma agudeza por nuestro autor, puede verse la colección de sus ensayos reunidos bajo el título de Iluminaciones, y publicados en cuatro tomos, en español, por la Editorial Taurus de Madrid, que acaba de reeditarlos en 1998.


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Nota sobre El Espejo Clío en Varidades

lunes 4 de junio de 2007


Artículo publicado el lunes 4 de junio en el Suplemento Variedades, del Diario Oficial El Peruano, donde se refiere a este blog.



La nota dice:
"BITÁCORA ELECTRÓNICA
Apuntes de la Historia

Joven blog que difunde temas históricos y debates. Incluye artículos de César Arias Quincot respecto a un año mundial, 1917; reflexiones de Emil Beraún Beraún acerca de los mitos y las realidades del historiador y la praxis social, y del papel de la historia en tiempos de la posmodernidad; y otro artículo de Augusto Ruiz Zevallos sobre Michel Vovelle, figura mayor de la historiografía contemporánea, entre otros."

Para ver el suplemento completo:
http://www.andina.com.pe/edpespeciales/especiales/variedades/lunes04/V_04-06.pdf

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