Historiografía, Identidad Historiográfica y Conciencia Histórica en el Perú

martes 29 de mayo de 2007

Paulo Drinot[1]

El 27 de abril de 2003, el flamante alcalde de Lima, Luis Castañeda, ordenó el traslado de la estatua de Francisco Pizarro de la Plaza Mayor hacia otro punto de la ciudad. Durante cincuenta años la estatua ecuestre del conquistador extremeño había ocupado un lugar predominante en la plaza más importante del país (primero en el atrio de la Catedral, luego en el patio de Palacio de Gobierno y, por último, en la plazuela ubicada en la esquina nor-oriental de la Plaza). El alcalde justificó el traslado de la estatua señalando que “la plazuela debe ser un símbolo de todo el Perú y por esta razón se representarán [sic] mediante sus insignias más destacadas” y prometió erigir en su lugar tres banderas, la bandera nacional del Perú, la bandera de la ciudad de Lima, y la bandera del Tawantinsuyo.[2]
El traslado de la estatua provocó un debate acalorado entre los que interpretaban la decisión de Castañeda como una medida vacía y demagógica, en el mejor de los casos y, en el peor, como un caso de filisteísmo cultural. De otra parte hubo los que aplaudieron la medida aludiendo a una serie de razones –entre las que figuraban la pobre calidad estética de la estatua- hasta los que planteaban que la plaza principal de la nación no era lugar adecuado para un extranjero rufián y analfabeto que no había hecho más que pillar y matar. Es significativo que una buena parte de los que aplaudieron la medida utilizaron un argumento similar al de Adriana Doig Manucci, quien en una carta de comienzos de mayo dirigida a La Industria de Trujillo (la ciudad fundada por Pizarro y que lleva el nombre de su lugar de nacimiento) sostuvo: “la estatua de Pizarro es el símbolo de quien nos conquistó, de quien acabó de una forma violenta con nuestra cultura. No me parece que quien inició la invasión de nuestra cultura merezca una estatua. Quizá por eso ahora nos sigue costando tanto encontrar nuestra identidad”.[3] Otros contestaron a este argumento señalando que Pizarro no “nos” había conquistado ya que ese “nosotros” era producto de esa conquista, y que, como hizo notar Mario Vargas Llosa, “no son los conquistadores de hace quinientos años los responsables de que en el Perú de nuestros días haya tanta miseria, tan espantosas desigualdades, tanta discriminación, ignorancia y explotación sino peruanos vivitos y coleando de todas las razas y colores”.[4] La conquista de Pizarro, señalaban estos críticos, había sido igual de violenta que la de los Incas, cuya apócrifa bandera habría de reemplazar a la estatua del conquistador extremeño.

En este ensayo propongo que este debate puede ser interpretado como un reflejo de la esquizofrenia que caracteriza la conciencia histórica peruana. Entiendo por conciencia histórica “el área en que la memoria colectiva, la escritura de la historia, y otras maneras de moldear imágenes del pasado en la mente pública convergen”.[5] Esta conciencia histórica esquizofrénica es producto de que la mayoría de peruanos se ve expuesta a dos metanarrativas históricas sumamente contradictorias y simplistas que tienen poco que ver con la historiografía que hoy en día producen historiadores peruanos como extranjeros.

En un reciente ensayo sobre la historiografía francesa en el siglo XX, Jacques Revel sugiere que “a pesar de la variedad de trabajos y opciones individuales es posible discernir una cierta identidad historiográfica francesa”.[6] ¿Si la historiografía francesa gira en torno a los Annales, con sus variadas y contradictorias versiones, en torno a qué emblema identitario gira la historiografía peruana? ¿Existe una “identidad historiográfica peruana”? Quiero sugerir que algo semejante a una identidad historiográfica está germinando y que su carácter, si bien lejos de ser estático, es en gran parte producto de un diálogo con la revolución historiográfica de los años setenta, que he llamado en otro contexto la Nueva Historia.[7] En las últimas décadas, tal como sugeriré, los historiadores han empezado a reescribir la historia peruana y a producir una versión del pasado que, al superar las antiguas versiones maniqueas, está proporcionando uno de los elementos claves para la construcción de una conciencia colectiva más justa e incluyente. Sin embargo, esta identidad historiográfica y la historiografía que la produce no ha podido influir de manera sustantiva en la conciencia histórica de la mayoría de los peruanos. Si bien la mayoría de los historiadores son concientes de la necesidad de modificar las metanarrativas históricas que alimentan la conciencia histórica, hasta hace poco ha habido pocos intentos de hacerlo. A pesar de esto, concluiré, algunos desarrollos recientes en la profesión histórica son causa de optimismo.

I

Como ha planteado Michel de Certeau, la producción historiográfica se inscribe en un locus de producción socio-económico, político y cultural.[8] Este locus establece las posibilidades pero también los límites de la producción historiográfica: permite pero también prohíbe.[9] En efecto, como he planteado en otro contexto, el surgimiento de una nueva historia en los años setenta en el Perú solo puede ser entendido dentro de un mayor contexto social, político y cultural.[10] Tal como la “nouvelle histoire” francesa de la década de 1930, la Nueva Historia peruana se basó en una crítica a la historia tradicional, a la que veía como poco más que un “inconducente catálogo de gobernantes y obras públicas, de batallas y fechas y actos heroicos”.[11] En su lugar, la Nueva Historia proponía una historia científica y políticamente relevante que pudiera romper los muros de la disciplina e incorporar las perspectivas que ofrecían otras ciencias sociales. Los arquitectos de la Nueva Historia estaban influenciados por una mezcla ecléctica de perspectivas teóricas importadas, como eran la nueva historia social inglesa, el marxismo althusseriano, la escuela de los Annales y la teoría de la dependencia. Al mismo tiempo, encontraron en José Carlos Mariátegui un marco conceptual original y en gran parte autóctono según el cual interpretar la historia y sociedad peruana. Por cierto, la Nueva Historia también se nutrió de una tradición académica histórica sólida, representada por Jorge Basadre y Pablo Macera, quienes formaron a
mucho nuevos historiadores. Por otro lado, rechazaba abiertamente la historiografía conservadora e hispanista personificada por José de la Riva Agüero y sus discípulos, entre ellos José Agustín de la Puente y Guillermo Lohmann.

Factores tanto globales como locales, como la Revolución Cubana y las reformas velazquistas de fines de los sesenta, explican el surgimiento de la Nueva Historia. Los practicantes de la Nueva Historia eran producto y reflejo de una sociedad en pleno cambio. Muchos eran provincianos y algunas eran mujeres. Significativamente, un número se había formado en otras disciplinas, en particular la sociología, y no eran strictu sensu, historiadores. Algunos historiadores extranjeros también participaron en este proceso. Quizás lo más resaltante fuera que la mayoría de estos historiadores combinaban sus investigaciones académicas con una militancia política activa. Es fácil olvidar la importancia de la izquierda en el Perú de los setenta y ochenta. Como notaba Nelson Manrique a mitad de la década de 1980: “en nuestro país coexisten hoy en un mismo espacio la guerrilla más fuerte de América del Sur, la izquierda legal de mayor presencia política –la Izquierda Unida– y el partido reformista históricamente mas importante del continente en
el poder: el APRA”.[12] En este contexto político, los académicos de izquierda tenían casi una hegemonía cultural (si bien no una hegemonía institucional). Para los estudiosos de izquierda, la revolución que estaban llevando a cabo dentro de la academia no podía disociarse de una revolución más amplia. En efecto, la mayoría de los nuevos historiadores esperaban que sus investigaciones contribuyeran a un cambio social radical, si no una revolución propiamente dicha.
Muchos temas de investigación se escogieron en función de su relevancia política o incluso revolucionaria.[13] El objetivo de la nueva historia no era tanto contribuir a la historiografía peruana sino cambiar la conciencia histórica nacional: reescribir la historia peruana de tal manera que surjan a la luz los sistemas de dominación oligarcas que, de la Conquista en adelante, habían mantenido a los peruanos en cadenas, y rescatar tradiciones de resistencia que apuntaban al potencial revolucionario de los grupos subordinados. Como hizo notar Brooke Larson, muchos de los estudios publicados de la década de 1970 “sobre el carácter de las economías campesinas y del régimen de haciendas se planteaban la labor de evaluar el potencial revolucionario de los campesinos”.[14] El deber revolucionario del historiador militante parece haber sido dar a los peruanos mitos formativos alternativos y ejemplos históricos de comportamiento revolucionario.

Sin embargo, lejos de ser unitaria o estática, la Nueva Historia se caracterizó por su variada y dinámica producción historiográfica, la que suscitó varios importantes debates. En efecto, es posible discernir dos movimientos en la revolución de la Nueva Historia. El primero, fue una reacción frente la historiografía tradicional, conservadora e hispanista, que tenía un claro tinte de denuncia: su meta era subvertir esa vieja historiografía al sacar a la luz los sistemas de dominación que las elites coloniales y nacionales habían construido. Según esta perspectiva, la conciencia histórica que producía estos sistemas ayudaba a sostenerlos. Sin embargo, al denunciar el sistema de dominación, los historiadores perdieron de vista a los dominados: en esta producción académica, los de abajo, los subordinados, pasaron a ser pasivas e inertes víctimas del sistema de dominación. Al sacar a la luz el sistema de dominación, la agencia de los subalternos era empujada hacia a la oscuridad. El segundo movimiento, aunque cercano al primero, fue una reacción frente a sus simplificaciones y su incapacidad para reconocer el papel de los subordinados en la conformación, desde abajo, de la historia peruana. Como plantearon Magdalena Chocano y Alberto Flores Galindo, si bien buscó subvertir la historiografía tradicional, hasta mitad de la década de 1980, la Nueva Historia compartía con su némesis una visión común ‘ucrónica’ de la historia peruana. Según esta visión, la historia peruana era una historia de fracaso [15] Para Chocano, la visión ucrónica de la historia peruana comenzaba con Jose de la Riva Agüero.[16] Paradójicamente, como señalaba Chocano, los argumentos del conservador (y en la década de 1930, fascista) Riva Agüero habían sido adoptados por una nueva generación de historiadores de la década de 1970, como Heraclio Bonilla, que buscaba subvertir el orden que Riva Agüero representaba. Según Chocano y Flores Galindo, al intentar subvertir la historiografía tradicional, Bonilla, como Basadre antes que él, reproducía el marco interpretativo que Riva Agüero había sugerido en un primer momento: una historia de oportunidades perdidas, de derrota, y de fracaso. Por cierto, interpretaciones de esta estirpe no son únicas al Perú. En efecto, el estigma del “fracaso” inducido por “estructuras profundas” y “la persistencia” de “legados coloniales” son temas persistentes en la historiografía de América Latina. La implicancia política de este tipo de historia demuestra por qué es posible que la compartan tanto viejos conservadores como jóvenes marxistas. Como señala Jeremy Adelman, “si el pasado es el destino, entonces las posibilidades para un presente progresista y estable son pocas. Para algunos esto ayuda a justificar llamados voluntaristas a rupturas revolucionarias para romper el control de las fuerzas de la inercia; para otros es una advertencia en contra de hacer experimentos con situaciones sociales explosivas no vaya ser que terminen descendiendo en un caos irremediable”.[17]

En respuesta a una historia de fracaso nacional, Flores Galindo hizo un llamado a una historia distinta, que sacaría a la luz la forma en que los problemas del país “han sido vividos por los protagonistas, sus ideas y sentimientos, sus esperanzas para de esta manera devolver la palabra a quienes fueron condenados al silencio”. Chocano argumentó a favor de una historia que rescataba las voces y tradiciones de los pobres y oprimidos. Esta sería una historia no-unitaria: no se trataba de lamentar la ausencia de una nación coherente, sino de reconocer la diversidad cultural que caracterizaba al Perú. En efecto, algunos historiadores, como Steve Stern y Karen Spalding, ya habían empezado a desenterrar una historia diferente, en la que los de abajo, en particular los indígenas, jugaban un papel predominante.[18] Si bien existían estructuras, la resistencia a esas estructuras era igual de importante, si no aún más, para estos historiadores. Esta nueva perspectiva se nutrió de desarrollos dentro del marxismo, en particular los aportes de E. P. Thompson sobre la economía moral, adaptados para las sociedades campesinas por James C. Scott, y la creciente influencia de nociones gramscianas de hegemonía.[19] Más aún, los historiadores comenzaron a incorporar las metodologías de la antropología y el psicoanálisis, al modificar sus enfoques desde el objeto, las estructuras y los procesos económicos hacia el sujeto, la cultura y la identidad. Un desarrollo obvio e importante fue la creciente apertura hacia la etnohistoria y sus métodos y fuentes.[20] Estos desarrollos se concretizaron en el ya famoso debate, entre Henri Favre y Heraclio Bonilla de un lado y Florencia Mallon y Nelson Manrique del otro, sobre el nacionalismo campesino durante la Guerra del Pacifico. [21] Según Flores Galindo, la conclusión de Bonilla (más celebre aún en la formulación Julio Cotler) de que el Perú no era una nación, correspondía a una manera de pensar el país en términos de lo que no era: es decir, un país europeo prototípico donde una burguesía establecida estaba destinada a generar un nacionalismo integrador. Frente a este modelo idealizado del estado-nación, era de esperar que el Perú no estuviera a la altura.[22]

Algunos trabajos historiográficos de la década de 1980 muestran que estos debates estaban comenzando a dar frutos.[23] Tanto historiadores peruanos como extranjeros habían comenzado a producir una historia verdaderamente distinta; una historia que buscaba mostrar “las muchas caras del Perú”, tal como había esperado Flores Galindo. En efecto, Buscando un Inca, de Flores Galindo, marcó un cambio importante en la historiografía.[24] Apogeo y crisis de la República Aristocrática de Flores Galindo y Manuel Burga había sido un intento de escribir una “historia total” peruana. Según Eduardo Cáceres, en Apogeo y crisis, los autores habían intentado “englobar el análisis de las estructuras con el de las mentalidades, la mirada sobre el paisaje con el recuento demográfico, la compresión de la cultura con el análisis político”.[25] Sin embargo, Buscando un Inca, tal como Nacimiento de una utopía de Burga, habían empezado como historias totales del Perú rural, pero habían terminado como historias de una idea: la utopía Andina. En este sentido, el trabajo de estos historiadores reflejaba la transición de un intento de historia total basado en un análisis estructural a una historia de las mentalidades. En efecto, la introducción a Buscando un Inca hacía explicita esta transición. Según Flores Galindo, el hombre andino había sido construido como un “personaje al margen de la historia, inalterable, viviendo en un eterno retorno sobre sí mismo al que era preciso mantener distante de cualquier modernidad. Inmóvil y pasivo. Singular y abstracto”. Lo andino, señalaba, “no se limita a los campesinos sino que incluye a pobladores urbanos y mestizos”. Sin embargo, resaltaba, lo andino es una cultura antigua “que debería ser pensada en términos similares a los que se utilizan con los griegos, los egipcios o los chinos”, pero que se debe desmitificar. La solución es la historia: “la historia ofrece un camino: buscar las vinculaciones entre las ideas, los mitos, los sueños, los objetos y los hombres que los producen y los consumen, viven y se exaltan con ellos”.[26] En este sentido, la Historia debe remplazar al Mito. Al hacerlo, el historiador rescata lo andino del museo y lo emplaza al centro de la conformación de la nación peruana. Este mismo sentimiento es evidente en la constatación de Manuel Burga de que en su Nacimiento de una utopía, “se expresan esas angustias, esperanzas y deseos para devolver a las mayorías andinas toda la singularidad de su fuerza creativa en la formación de la nación peruana”.[27] Así, la utopía andina aparece como el motor de una regeneración nacional impulsada por una conciencia histórica alterna. Aún más, para algunos estudiosos los trabajos sobre la utopía andina sólo cobran sentido si son vistos como un reflejo de la crisis de la década de 1980 en el Perú, o como base para un debate que conllevaría la resolución de esa crisis. [28] Como señaló Guillermo Rochabrún, “la ‘utopía andina’ puede entenderse también como condensación de ciertos valores, como justicia, trabajo, disciplina, y colaboración. Valores con los cuales construir una sociedad futura cuyas condiciones ideales de posibilidad se desencantan a través de una poetización del mundo prehispánico; en particular aunque no obligadamente, del pasado incaico”.[29]

Sin embargo, la idea de la utopía andina como regeneración nacional fue criticada, tanto desde la derecha como desde la izquierda. Para María Isabel Remy, se llevó a la utopía andina a extremos absurdos: “‘Lo’ andino (geografía e historia) termina cargado de todas las virtudes imaginadas (es conservacionista, generador de nuevo suelo, equilibrado, colectivista, usa fuentes renovables de energía, se sustenta en la reciprocidad, el trueque y la abundancia), en tanto ‘lo’ occidental carga con todo lo negativo (depredador, basado en acumulación individual, la explotación, la concentración el individualismo y la escasez)”.[30] Según Fernando Iwasaki, la Nueva Historia solo buscaba negar la existencia de la nación peruana. Basándose en los textos de Víctor Andrés Belaúnde, un escritor e historiador católico, Iwasaki hizo un llamado por una utopía indicativa que remplazase la utopía andina de Flores Galindo: “los peruanos no debemos buscar soluciones subrayando lo que nos diferencia, sino poniendo énfasis en lo que nos une: historia, estado, iglesia, héroes y cultura”.[31] Otros, como Cecilia Méndez, criticaron el “neo-indigenismo” de los “historiadores profetas” de la utopía andina (aunque reconocía que la aproximación a la utopía andina de Flores Galindo era más sofisticada que la de otros), señalando que “las más recientes investigaciones revelan que una gran cantidad de supuestos sobre los cuales se han articulado los discursos de la utopía no son otra cosa que mitos”. Méndez hizo un llamado a una mayor honestidad intelectual: “lo que delata la investigación, más que indios constantemente “resistiendo” la “arremetida occidental”, es científicos sociales resistiéndose a admitir la realidad (histórica y actual); sacrificando su rica complejidad a favor de reduccionismos maniqueos o esquemas dicotomistas (occidental versus europeo)”. Esta historiografía, señalaba, estaba subordinando la historia a la política, donde la política es “concebida como un movimiento ‘desde el intelectual hacia al pueblo’ y donde la historia es mas instrumento que conocimiento, una herramienta para el cambio vagamente deseado por los intelectuales, y según el cual, los héroes, los mitos, y las edades de oro son inventados, recreados y glorificados”.[32] Henrique Urbano criticó a la utopía andina por ser anti-moderna y autoritaria: “en manos de una nueva clase media modelada a partir de un ambiente universitario dogmático y sectario o de partidos políticos con muchas de las características del fragmentario evangelismo norteamericano, la razón histórica de la utopía andina aplasta aquello que debería liberar: la palabra colectiva, la comunicación entre hombres libres y éticamente responsables, en igualdad de condiciones al expresar su propio deseo en un lenguaje racionalmente ininteligible”.[33] Al intentar socavar las perspectivas mitologizantes de la historia tradicional peruana, los estudiosos de la utopía andina sustituyeron antiguos mitos con nuevos mitos; en el proceso, la riqueza y complejidad de la historia del Perú era puesta en jaque y hecha rehén de una meta política.[34]

Los debates historiográficos en torno a la utopía andina coincidieron con el comienzo de otra transición en la historiografía peruana. A pesar de su influencia y éxito, en la década de 1980 los estudiosos de la Nueva Historia se enfrentaron a una serie de desafíos que afectaron su dominación de la producción historiográfica. Por un lado, una crisis económica aguda comenzó a erosionar sus escasos ingresos universitarios. Muchos abandonaron sus puestos de trabajo o se vieron obligados a combinar sus intereses académicos con trabajo en otras áreas. Otros, acaso pasaron a engrosar las filas de lo que Michael F. Jiménez ha llamado los “taxistas-historiadores”.[35] Algunos se sumaron a los flujos migratorios hacia el Norte. Otros se reinventaron como consultores para ONGs locales. Al mismo tiempo, y no menos importante, la guerra interna entre Sendero Luminoso y el Estado peruano hizo de la investigación histórica una actividad peligrosa. Algunas partes del país se tornaron inaccesibles. A algunos historiadores de izquierda se les acusó de simpatizar con, o de ser parte de, la “subversión”. Muchos historiadores extranjeros, con cierta justificación, dejaron de venir al Perú. Para los historiadores peruanos, las dificultades creadas por la guerra se sumaron a las dificultades que enfrentaban producto de la crisis económica. Por último, la Nueva Historia también tuvo que enfrentar el colapso del mundo bipolar y su impacto sobre la izquierda peruana. La crisis de la izquierda, y del marxismo, coincidió con la muerte, en 1990, de Alberto Flores Galindo, uno de los más influyentes nuevos historiadores. Los mismos hechos que afectaron a los historiadores tuvieron un impacto aún mayor sobre los sectores (en particular la clase trabajadora urbana y el proletariado rural) que su producción académica buscaba redimir historiográficamente y empoderar políticamente. Para la década de 1990, la izquierda peruana, y el paradigma que la había sostenido (una transformación revolucionaria de la sociedad que resultaría en el socialismo) había perdido bastante vigencia. En este sentido, la crisis de la Nueva Historia no fue principalmente una crisis de una forma de hacer historia (quizás marxista en un sentido amplio) sino del papel que los nuevos historiadores se habían asignado (como ideólogos de una conciencia histórica revolucionaria) y de los sectores sociales que, una vez concientes, llevarían a cabo la transformación de la sociedad peruana.

II

En este contexto podemos percibir la conformación de una nueva generación de historiadores.[36] Estos historiadores son producto de un distinto “locus” de producción histórica, donde los debates políticos de la década de 1970 se han vuelto cada día menos relevantes. Aunque no todos bailaban al mismo ritmo, los estudiosos de la Nueva Historia tenían mucho en común. No todos eran marxistas, pero la mayoría trabajaba desde una tradición marxista.[37] Empero, se percibían a sí mismos como miembros de un movimiento aparte, de una vanguardia intelectual y política. Compartían una meta explícita: desafiar a la historiografía tradicional y contribuir a una transformación radical de la sociedad peruana. En contraste, los historiadores que se formaron a fines de la década de 1980 y en los 1990 no comparten una ideología común ni tampoco una causa política. Más aun, su labor se ve informada por perspectivas teóricas y metodológicas mucho más amplias y eclécticas. En parte, la ausencia de una lógica general corresponde a la profesionalización de la enseñanza de la historia en el Perú al nivel universitario, un proceso en el que los pioneros de la Nueva Historia jugaron un papel principal (aunque en la mayoría de los casos desde la periferia institucional, ya que los departamentos de historia seguían bajo control de los historiadores conservadores). Es también producto de la ausencia de un contexto altamente ideológico y politizado como el que existía en las décadas de 1970 y 1980, cuando combinar estudios históricos con una militancia política era considerado tanto natural como necesario. Es crítico resaltar que mientras que la generación de la Nueva Historia surgió en un momento de cierto optimismo (caracterizado por la Revolución Cubana, los procesos de descolonización en África y Asia, etc.), la nueva generación de historiadores se ha formado en
un periodo de crisis económica y política sostenida. Han sobrevivido gobiernos incompetentes (Belaúnde), corruptos (García) y mafiosos (Fujimori), una de las guerras internas más sangrientas de América Latina, y una sucesión de políticas económicas que no han podido solucionar los problemas perennes del Perú (altísimos niveles de desigualdad y de pobreza) y empeorado otros (el autoritarismo y la corrupción). Algunos historiadores, como Cecilia Méndez, ven en esta crisis continua el surgimiento de una nueva esperanza en la “cholificación” del país: “el hecho es que nos vemos enfrentados a un proceso imparable de fusión cultural y de integración –en el que las comunicaciones y la migración juegan papeles predominantes– que parece indicar el nacimiento de una nación”.[38] Puede que haya cierta verdad en esta aseveración, pero debemos tener cuidado de no remplazar la antigua utopía andina con una nueva, pero igualmente problemática, utopía chola.

Las nuevas tendencias en la historiografía peruana corresponden a una tendencia global en la historiografía hacia la “heteroglossia” y, por lo tanto, pueden verse como contribuciones a una meta narrativa histórica que resalta, y hasta cierto punto celebra, la diversidad por encima de la unidad.[39] Como en otros contextos, “el desafío de la post-modernidad”, con su negación de la posibilidad de una verdad histórica, no ha socavado la historiografía peruana, pero sí ha ayudado a darle nuevo vigor al ayudar a abrir nuevas y prometedores avenidas de investigación.[40] Mientras que la Nueva Historia se nutría en gran parte del estructuralismo y del marxismo, hoy las herramientas analíticas usadas son cada día más diversas, e incluyen desde la deconstrucción textual hasta la teoría política neo-Tocquevilliana. El marxismo no ha desaparecido del todo, pero ha dejado de ser el hegemón interpretativo que fue alguna vez. Si sobrevive, ya no es desde su vertiente científica/althusseriana sino a través de los lentes interpretativos que ofrecen Michel Foucault o Jurgen Habermas, Pierre Bourdieu o Mikhail Bakhtin, Roger Chartier o Michel de Certeau, Joan W. Scott o Benedict Anderson, Clifford Geertz o Ranajit Guha, entre otros. En efecto, mientras que la llegada de la Nueva Historia señaló una ruptura clara con la historiografía tradicional, los estudios recientes se nutren de un diálogo con la Nueva Historia, a veces agudizando argumentos ya planteados, aunque otras veces ofreciendo importantes re-interpretaciones.[41] Más importante, quizás, la variedad de temas de investigación es cada vez mayor y hoy incluye áreas como la historia de la lectura, la historia de la música y la historia de la planificación urbana. Las fuentes utilizadas por los historiadores se han multiplicado y hoy es normal (y muchas veces necesario) trabajar con fuentes orales, con objetos o con imágenes.[42] A pesar de no existir una “Nueva Historia Cultural” como la que hay en México, por ejemplo, muchos de los nuevos estudios (en particular, pero no exclusivamente, los de historiadores asentados en los Estados Unidos) se ven altamente influenciados por esa perspectiva.[43] Es importante señalar, empero, que si bien los historiadores siguen enfocados en la historia de los de abajo, hoy otros subalternos aparte de los indígenas (como las mujeres, los afro-peruanos, los grupos amazónicos y los inmigrantes) que son sujetos de estudio. De manera similar, se ha avanzado en el análisis de la dominación y la resistencia: si bien muchos de los estudios pioneros se enfocaban en los conflictos sobre la tierra entre las haciendas y las comunidades campesinas, hoy los historiadores se interesan en otros contextos de conflicto y negociación, como el hogar y los conventos.

La ausencia de mayor espacio (y mis propias limitaciones) me impiden desarrollar un análisis detallado de la producción historiográfica reciente, pero creo necesario resaltar cuatro áreas que, juzgo, merecen cierta atención. Quizás el legado más valioso de la historia económica estructuralista que dominó en la década de 1970 y parte de la década de 1980 es que hoy tenemos algunas útiles historias regionales, o historias con un enfoque regional de materias primas de exportación, de las relaciones laborales y de temas similares, para casi cada región del país. En la última década se ha publicado una serie de estudios que han expandido la historia regional a regiones antes no estudiadas y que han superado una perspectiva exclusivamente económica para incorporar aproximaciones políticas y culturales al estudio de la historia regional.[44] A diferencia de la historia regional o económica, la historia política recibió poca atención por parte de la Nueva Historia, pero ha cobrado importancia en los últimos años. Esto corresponde a un desarrollo más general en América Latina, y tal como demuestra un reciente ensayo de síntesis, los historiadores que trabajan sobre el Perú han jugado un papel clave en desarrollar esta “nueva historia política”.[45] Es cierto, sin embargo, que hasta la fecha la mayoría de los estudiosos se han centrado en el “largo” siglo XIX, y aún está por verse si la nueva historia política ayudará a reinterpretar otros periodos de la historia peruana.[46] Si bien pensada como una nueva manera de escribir la historia política y la historia de las ideas, los temas cubiertos son sumamente variados e incluyen: la ciudadanía, elecciones, sociabilidad, opinión pública, y más vagamente, “la cultura política”. Últimamente, Nils Jacobsen y Cristóbal Aljovín han planteado que estos nuevos estudios corresponden a dos tendencias: “por un lado están los que se identifican con el análisis de la hegemonía, con los estudios subalternos, y con el concepto de post-colonialismo (ejemplificado por el trabajo de Florencia Mallon); y por otro lado están las aproximaciones a la cultura política que podríamos llamar ‘Neo-Tocquevillianas’, con sus enfoques en la sociedad civil, la esfera pública, el carácter ideológico e institucional de los regimenes políticos y la ciudadanía (ejemplificado por el trabajo de François-Xavier Guerra)”.[47] Obviamente, como Jacobsen y Aljovín reconocen en una nota de pie de página, esta línea divisoria es demasiado gruesa.[48]

Como con la política, la Nueva Historia prestó poca atención al estudio de la religión. Hoy, sin embargo, la historia de la religión es un terreno de investigación en plena ebullición. Es, empero, un campo sumamente variado, con estudios sobre, entre otras, la construcción o “invención” de un catolicismo andino en el periodo colonial temprano, las idolatrías y la extirpación en el siglo XVII, las hagiografías de Santa Rosa y San Martín de Porres (estudios que, a diferencia de la historiografía tradicional, emplazan a los santos en un contexto económico, social y político mayor) y las relaciones Estado-Iglesia en los siglos XIX y XX.[49] Otro desarrollo importante en la historiografía peruana ha sido la creciente atención a las mujeres y al género. Hasta hace poco, los historiadores (y, hay que reconocerlo, las historiadoras) habían prestado poca atención al estudio histórico de las mujeres en el Perú. Como en otros países, el enfoque inicial en la historia de las mujeres (y, en muchos casos, de las “grandes” mujeres) ha cedido el paso a los estudios que enfatizan el análisis de la relaciones de género. Tenemos hoy a nuestra disposición una serie de artículos, monografías y ediciones que investigan desde un serie de perspectivas nuevas e innovadoras una gran variedad de temas, entre ellos el papel económico y cultural de los beaterios, recogimientos y conventos en el periodo colonial, el papel del liberalismo en los conflictos entre parejas en el siglo XIX y los discursos médicos sobre las mujeres a comienzos del siglo XX.[50] El entrelazamiento del género y la etnicidad, presente en todos estos estudios, es también evidente en una serie de libros editados sobre la historia de las mujeres, del género y de la familia, y en particular, en el brillante estudio de Marisol de la Cadena sobre el mestizaje en Cuzco en el siglo XX.[51]

Estos son algunos de los temas que han pasado a caracterizar a la historiografía peruana en los últimos años. Obviamente, hay algunos temas que aún no han recibido mucha atención. En contraste con otros países latinoamericanos como México o Brasil, la nueva historia económica (particularmente la cliometría) no ha tenido mayor impacto en el Perú, a pesar de que Alfonso Quiroz y Paul Gootenberg han contribuido valiosos estudios sobre la historia financiera, los precios y las ideas económicas en el siglo XIX.[52] De manera similar, como ha mostrado Rory Miller, a pesar de su escasa presencia y de las dificultades que presenta trabajar en este campo, los estudios de la historia de los negocios han hecho una importante contribución a la historia peruana. [53] La historia ambiental, un campo de crecimiento en otros países, aún está en pañales en el Perú.[54] A pesar de estos vacíos, la nueva historiografía ha desarrollado suficiente masa crítica como para formar el punto de partida de nuevos intentos de síntesis.[55] Nelson Manrique, por ejemplo, ha publicado una historia del periodo republicano que se basa en gran parte en los estudios de historia regional que él ayudo a impulsar. El libro de Marcos Cueto y Carlos Contreras, Historia del Perú Contemporáneo, pensado como un libro de texto para escolares y universitarios, y el importante libro de Peter Klarén que cubre la historia del Perú desde “el comienzo” hasta hoy, se nutren ampliamente de la nueva historiografía. De estas nuevas síntesis (y hay otras) el libro de Cueto y Contreras es el que con mayor claridad plantea la necesidad de desarrollar una nueva meta narrativa. Los autores enfatizan el problema que quieren resolver: la ausencia de libros de textos que se nutran de la nueva historiografía para ofrecer una interpretación de la historia peruana más sofisticada. Significativamente, la resolución del problema es pensada en términos que entremezclan ideas sobre la educación, el desarrollo, y la equidad: “La falta de resolución de este problema puede ser sumamente grave, ya que promueve la difusión de una visión histórica superficial del pasado, llena de lugares comunes e interpretaciones fáciles o maniqueas que desalientan la reflexión sobre los orígenes de los problemas, diluyen las posibilidades de identidad y vinculación con grupos sociales y étnicos diferentes que habitan el mismo territorio, y reducen la capacidad para imaginar el desarrollo y aspirar colectivamente a un futuro mejor”.[56] En otras palabras, los autores perciben el libro que han producido, y por ende, la conciencia histórica más sofisticada que quieren generar, como una herramienta de cambio social.

En efecto, a pesar del contexto ideológico y político diferente en el que se están produciendo estos nuevos estudios, los historiadores de hoy comparten la creencia de los estudiosos de la Nueva Historia de que la producción histórica tiene un papel político (en el sentido amplio), aunque rara vez revolucionario, que cumplir. En este sentido, piensan su métier en términos que parecerían extraños a muchos historiadores europeos o norteamericanos. Trabajan bajo el supuesto de que sus investigaciones no sólo son relevantes para el Perú moderno sino que, además, en ellas se han de encontrar algunas de las claves para hacer del país un lugar donde ellos y otros puedan vivir mejor.[57] En la medida en que la sociedad peruana sigue caracterizándose por profundas desigualdades sociales, “raciales” y de género y por altos niveles de pobreza, el compromiso social de los historiadores peruanos no debería sorprender a nadie. Lo que rara vez se explicita es cómo las investigaciones históricas pueden ayudar a hacer del Perú un mejor lugar para vivir. Los libros de historia académica son leídos por un ínfimo porcentaje de la población peruana y, por lo general, por aquellos que se ven afectados en menor medida por los problemas sociales y económicos que enfrenta la mayoría de la población. Es de suponer, que, como los estudiosos de la Nueva Historia antes que ellos, estos nuevos historiadores esperan que sus conclusiones se filtren hasta alterar la meta narrativa histórica y, de esta manera, influir en la conciencia histórica en el Perú. De ser así, como muchos reconocen, debemos prestar mayor atención a los mecanismos de transmisión.

III

Se podría afirmar que la escuela, esa “fabrica de ciudadanos”, es la institución principal en la formación de la conciencia histórica de un país.[58] Como ha señalado Philippe Joutard, tradicionalmente la enseñanza de la historia en la escuela ha tenido cuatro metas: (i) establecer una memoria colectiva; (ii) actuar como un vector para la identidad nacional; (iii) preparar al estudiante para que entienda el mundo en el que va a vivir; y (iv) desarrollar un espíritu crítico.[59] Como suele suceder tanto en el Perú como en otros países, la enseñanza de la historia en la escuela se ha centrado en las dos primeras metas. Lo ha hecho, empero, a través de la invención de una historia nacional lineal y unitaria y de la promoción de un nacionalismo vulgar. En un reciente artículo, tras revisar una serie de libros de textos, Chuck Walter llega a la conclusión que la “historia tradicional” aún domina la meta narrativa peruana: “los libros de texto que se utilizan en el Perú suelen reproducir perspectivas convencionales. Estas interpretaciones aparentemente anticuadas y sin embargo persistentes obvian el papel de las clases trabajadoras y de las provincias en [la historia del] Perú moderno o usan representaciones esencialistas y a veces abiertamente racistas de los indígenas”.[60] Walker concluye que “las narrativas nacionales no están al día con la historiografía reciente, o, para ser precisos, los historiadores no han sabido ubicar sus descubrimientos innovadores dentro de discusiones y escritos más amplios sobre el pasado peruano y el peso que tiene en el presente”.[61] Esta conclusión hace eco a las conclusiones de un grupo de historiadores peruanos que, en 1993, publicaron un libro en el que discutían el carácter de la enseñanza de la historia en el Perú. Según el análisis que presentaban, la currícula de historia diseñada por el Ministerio de Educación dejaba mucho que desear. Si bien existían buenos libros de textos (entre ellos los de Franklin Pease, Juan Ansión y Pablo Macera, así como el libro usado en el Colegio Los Reyes Rojos de Guillermo Reano), los libros más comúnmente utilizados reproducían una historia mitologizada, escrita para ser memorizada y regurgitada, no dejando espacio para la discusión ni para el uso creativo de la información historiográfica.[62] En este sentido, la publicación del libro de Contreras y Cueto es causa de optimismo. El libro tiene sus limitaciones. Es algo tradicional en su estructura. Se enfoca mucho en temas políticos y, en menor medida, económicos. Casi no hay mención de procesos culturales. Las mujeres (o perspectivas de género) brillan por su ausencia. Pero, es un paso en la dirección correcta.

Sin embargo, y he aquí el meollo del asunto, los libros de textos y las currículas no son la única manera como se transmite la meta narrativa histórica. En un texto publicado en 1988, Flores Galindo notaba que si bien los libros de texto seguían presentando una visión tradicional de la historia peruana, la enseñanza de la historia en los salones de clase había empezado a cambiar. Basándose en las investigaciones de Gonzalo Portocarrero, Flores Galindo argumentaba que la “idea crítica” se había filtrado hacia los estudiantes de escuela y universidad, y en algunos casos había sustituido la interpretación tradicional de la historia peruana. Según Flores Galindo, la idea crítica correspondía a lo siguiente: “los males del país arrancan con la conquista, los incas fueron un momento de esplendoroso desarrollo negado por la colonia (mita y despoblación), que no pudo superarse durante la independencia y cuya liquidación aguarda como tarea perentoria para el futuro inmediato”.[63] Esta versión de la historia, que se transfirió desde la universidad hacia las escuelas, llevada por maestros de escuela, tuvo mucha influencia en los salones. Así, a pesar de la persistencia de la versión tradicional de la historia peruana en los libros de texto, lo que los alumnos de escuela y estudiantes universitarios aprenden de sus maestros y profesores no corresponde necesariamente a lo que encuentran en sus libros. En la escuela y en la mayoría de universidades, los peruanos se ven expuestos a una esquizofrenia historiográfica. La historia peruana, tal como es enseñada a la mayoría de los peruanos, y tal como lo reveló el debate en torno al traslado de la estatua de Pizarro, consiste en dos meta narrativas contradictorias y en gran parte negativas, que poco tienen que ver con la historiografía que he revisado apresuradamente en estas páginas y que no estimulan el desarrollo intelectual ni invitan a un reflexión crítica. Así, no es de sorprender que la mayoría de los peruanos desarrollan una conciencia histórica que además de ser, por lo general, negativa en su proyección, no logra prepararlos para entender el mundo en el que viven ni ayudarlos a desarrollar un espíritu crítico.

Una encuesta reciente puede ayudar a ilustrar la problemática.. Esta encuesta, analizada por Wilfredo Kapsoli en un ensayo publicado recientemente, incluye las respuestas de 224 estudiantes de cinco universidades públicas (José Faustino Sánchez Carrión en Huacho, Daniel Alcides Carrión en Cerro de Pasco, San Agustín en Arequipa, y Enrique Guzmán y Valle y San Marcos in Lima).[64] Cuando se les pidió ponerle una nota de 1 a 10 a las diferentes “tendencias historiográficas”, los estudiantes otorgaron la nota más alta al materialismo histórico (7,26), seguido del estructuralismo (6,19), la “Ilustración” (6,16), el funcionalismo (5,77), el (neo) positivismo [sic] (5,45) y los “Annales” (4,40). Preguntados sobre la actitud que debía asumir el historiador frente al “poder político”, 42 por ciento contestó que era deber del historiador criticarlo y otro 25,9 por ciento dijo que era necesario transformarlo. Preguntados sobre la “actitud del historiador ante el compromiso ético, social y político”, 31,3 por ciento contestó que era la “dimensión más importante de la historia” y otro 25 por ciento que debía adoptarse una dimensión ética sin sacrificar el “rigor”, lo que parece haber llevado a Kapsoli a comentar: “en este aspecto se aprecia que el historiador debe asumir un compromiso intelectual, moral con su época y su sociedad”. Se les pidió entonces a los estudiantes sobre lo mejor y lo peor de la historia peruana. Según sus estimaciones, el periodo más importante de la historia peruana había sido el periodo prehispánico (27,7 por ciento), seguido por la independencia (13,8). En contraste, los periodos mas “dramáticos” habían sido “Colonial” (18,3), “La Guerra con Chile” (15,6) y “La crisis actual” (12,5). De manera semejante, al contestar la extraña pregunta “Primer personaje (o héroe) que no debería figurar en la historia del Perú”, los estudiantes pusieron de puntero a “Colonial” (18,3) y Francisco Pizarro (12,1). Por lo contrario, preguntados sobre los ‘héroes fundamentales del país’, los estudiantes votaron abrumadoramente por Miguel Grau (33,5), seguido por Túpac Amaru II (11,6). Vale notar que en todas las preguntas, el numero de “no sabe/no opina” oscilaba entre 30 y 40 por ciento.

Evidentemente esta encuesta nos revela tanto sobre la persona que la diseñó como sobre los que la contestaron. En efecto, tanto la selección de preguntas como las respuestas (y, quizás más preocupante, los comentarios de Kapsoli) son sumamente reveladores y deprimentes. ¿Qué debemos concluir del hecho que los estudiantes escogieron el materialismo histórico y el estructuralismo como las tendencias historiográficas a seguir? Pocos historiadores, creo, compartirían la conclusión de Kapsoli de que estas respuestas “nos demuestran que en las universidades públicas no se ha perdido la conciencia crítica a pesar del avasallamiento de ideologías adormecedoras y los intentos de despolitización de la sociedad”. Por el contrario, las respuestas reflejan, en parte, los problemas conocidos que enfrentan las universidades públicas, producto de presupuestos escuetos, lo que impide la compra regular de nuevos libros. Pero también reflejan el hecho que muchos profesores de historia hacen poco por incorporar nuevas perspectivas historiográficas o actualizar sus currículas. En lo que se refiere a las respuestas dirigidas al compromiso ético y político del historiador, está claro que éstas no deberían sorprendernos. Como señalé más arriba, esta perspectiva del métier de historiador es generalizada en el Perú y por buenos razones. Más problemáticas son las respuestas (y las preguntas) relacionadas a los buenos y malos periodos y figuras de la historia peruana. La influencia de la idea crítica, tal como señaló Flores Galindo, es evidente: se percibe el periodo prehispánico, como Kapsoli indica, como “el ideal de la sociedad, donde no existían las anomalías que se establecieron posteriormente” mientras que la “Colonia” es percibida como el periodo más “dramático”, de hecho bastante más que el periodo descrito por la encuesta como “El terrorismo (Los ’80)” que solo obtuvo el 1,3 por ciento del voto. Finalmente, y esto es importante notar, al contestar la pregunta sobre el héroe más importante del país, Miguel Grau, el favorito de la tradición nacionalista y el militarismo, venció con facilidad a Túpac Amaru II (una preferencia que parece contradecir las opiniones de los estudiantes en torno al compromiso ético y político del historiador).

Si bien no debemos sacar demasiadas conclusiones de una sola encuesta, pienso que la encuesta sí ilustra, y hasta cierto punto confirma, la idea de una conciencia histórica esquizofrénica. Basándose en fundamentos historiográficos vetustos y excesivamente simplificados, tanto los profesores universitarios como los alumnos parecen estar reproduciendo una visión simplista y maniquea del pasado que incorpora elementos tanto de la perspectiva tradicional nacionalista como de la idea crítica. El resultado es una manera de pensar la historia que impide el análisis crítico: la historia se enseña como dogma. El hecho de que esta historia dogmática esté constituida por dos meta narrativas altamente antagonistas sólo sirve para confirmar su carácter dogmático: los antagonismos son minimizados o simplemente ignorados al mismo tiempo que las verdades recibidas de una u otra meta narrativa, o de ambas, son invocadas para “explicar” el pasado o el presente. Pero es posible que esta situación esté cambiando. Como ha demostrado Carlos Contreras, las tesis de historia en la Pontificia Universidad Católica del Perú son un buen indicador de qué tipo de historia se está produciendo en el Perú (o, por lo menos, en el departamento de historia de esa universidad).[65] Contreras estudió las tesis sustentadas entre 1975 y 1982 y mostró que, en términos de cobertura, la historia de periodo colonial le ganaba por poco a la historia republicana, y que los dos siglos extremos, el XVI y el XX, recibían el grueso de la atención. El periodo prehispánico, se lamentaba, estaba prácticamente ignorado. Temáticamente, el énfasis estaba puesto muy claramente en la historia económica y social. Si reproducimos este ejercicio para el periodo 1983-2001, percibimos un cambio interesante.[66] Más de la tercera parte de las tesis se concentran en el siglo XIX. El siglo XX recibe menor atención que cualquier otro siglo, con la excepción del periodo prehispánico que sigue siendo prácticamente ignorado. Temáticamente, la historia política y cultural hoy sobrepasan en importancia la historia económica y social. Si separamos la década de 1980 de la década de 1990 caemos en cuenta que en la década de 1990 se ha acentuado aun más el enfoque en la historia cultural. Sin embargo, es difícil percibir tendencias mas precisas más allá de un interés cada vez mayor por la historia política y cultural.

Entre algunas tesis recientes de historia política podemos resaltar un estudio de las elecciones de 1912, una biografía de Jorge Guillermo Leguía, un estudio del Partido Constitucional, así como variados análisis sobre el mundo intelectual del joven Mariátegui y la ideología y visión política del joven Riva Agüero, la dirigencia del Partido Civil, y la mentalidad oligárquica.[67] Es evidente que todas estas tesis se concentran en fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Algunas, sin duda, están influenciadas por el trabajo de Carmen McEvoy sobre el Partido Civil y la ciudadanía decimonónica, pero otras, como el estudio sobre el joven Mariátegui parecen corresponder a otra tradición historiográfica. Dentro del rubro de la historia cultural encontramos una diversidad aún mayor. La historia de las mentalidades ha tenido una influencia indiscutible, como en el caso del estudio de Claudia Rosas sobre la percepción de la Revolución Francesa en el Perú del siglo XVIII.[68] Varios jóvenes historiadores se han preocupado por utilizar a la familia como sujeto de estudio histórico.[69] Un desarrollo interesante es la atención que merece la política educativa en los siglos XVIII y XIX.[70] Por otro lado, encontramos una serie de estudios sobre la inmigración al Perú, desde sus vertientes judías, polinesias, italianas, suizas y alemanas.[71] La iconografía y las dimensiones demográficas, políticas, sociales y culturales de la muerte son estudiadas para los siglos XVII y XIX.[72] Las artes y el ocio también reciben atención, con tesis sobre la fotografía a comienzos del siglo XX, las artes dramáticas en la transición del periodo colonial a la republica, los papeles sociales y políticos de la música en el periodo colonial, el teatro y la formación de la nación a comienzos del siglo XIX, y las diversiones publicas a comienzos del siglo XX.[73]

Obviamente se requiere un estudio mas detallado de estas tesis. Sin embargo, la diversidad de temas de estudio escogidos por los estudiantes de historia de La Católica apuntan a cierto dinamismo, a una producción académica que está abierta a nuevas tendencias. Esto podría sorprender, ya que con pocas excepciones, el departamento de historia de esa universidad sigue dominado por historiadores conservadores.

Parte del dinamismo proviene de los estudiantes mismos que, desde hace varios años, organizan un Coloquio de Estudiantes de Historia anual. También se debe resaltar el papel del recientemente fallecido Franklin Pease. Pease asesoró a muchos de los mejores historiadores de las últimas décadas, entre ellos Scarlett O’Phelan, Efraín Trelles, Teodoro Hampe, Fernando Iwasaki Cauti, Liliana Regalado, Susana Aldana, Miriam Salas y Pedro Guibovich.[74] Por otro lado, muchos de los antiguos estudiantes de historia son hoy profesores de esa universidad y su presencia, sin duda, ha ayudado a darle nuevo vigor a la enseñanza de la historia. Por supuesto, La Católica es una universidad privada, con mayores recursos que las universidades públicas. Pero como señalé anteriormente el problema no es únicamente económico. Lo que se necesita sobre todo es una re-evaluación de cómo se enseña la historia. En San Marcos, Manuel Burga, hoy rector, ha tomado un paso importante en ese sentido al juntar a un grupo impresionante de jóvenes historiadores entre los que se encuentran Cristóbal Aljovín, Tito Bracamonte, Maria Emma Mannarelli, Iván Hinojosa y Fanni Muñoz, en la Unidad de Postgrado de la Facultad de Ciencias Sociales. Un buen número de estos historiadores son antiguos estudiantes de La Católica. La Unidad ofrece cursos de maestría y doctorado. Es particularmente significativo que la meta explícita de la maestría que ofrece es “elevar considerablemente los niveles de preparación y capacitación de los egresados y docentes de la universidad, lo cual redundará en muy breve plazo en la calidad de la enseñanza que se imparte en el pre-grado, que permitirá recuperar, innovar y desarrollar para la UNMSM su tradicional liderazgo en las investigaciones históricas en el Perú”.[75] Esta por verse si estas iniciativas se reproducirán en las otras universidades de Lima y provincias.

IV

En este ensayo he intentado presentar una aproximación a la historiografía peruana de los últimos treinta años. En particular, he intentado mostrar cómo los cambios historiográficos que han transformado la historia académica peruana se inscriben dentro de contextos sociales, políticos y culturales específicos. Tal como la revolución de los Annales en Francia, la revolución de la Nueva Historia representó una ruptura clara con la historiografía tradicional. En contraste, la relación entre la historiografía más reciente y la Nueva Historia es más fluida, aunque, como hemos visto, sus orígenes tienen que ver con la crítica al impacto que tuvo el compromiso político de los historiadores de la Nueva Historia en su producción historiográfica. Sin embargo, en la medida en que la mayoría de los historiadores que trabajan sobre el Perú consideran que su labor consiste en algo más que una simple gimnasia académica, me parece normal que nos interesemos por la forma en que lo producido se relaciona con la sociedad cuya historia estudiamos. En este sentido, es importante notar que la nueva generación de historiadores no ha dejado de lado las preocupaciones sociales que llevaron a los historiadores de la Nueva Historia a escribir la historia de los ignorados por la historia tradicional –los de abajo. Pero el compromiso actual es distinto. Los historiadores de hoy reconocen la necesidad de producir libros de texto que tomen en cuenta los avances que se están produciendo en la historiografía. También perciben la necesidad de mejorar y actualizar la enseñanza de la historia para que ella también refleje los cambios en la historiografía. Con el tiempo, es de esperar, estos cambios producirán una meta narrativa y una conciencia histórica que, como aspiraba Flores Galindo, reconozca la diversidad que caracteriza al Perú. Con un poco de suerte esta conciencia histórica, “mejorada y aumentada”, ayudará a los peruanos a interactuar con su pasado de una manera más creativa y a ir más allá de las visiones maniqueas que forman la base de los debates acalorados como el que surgió en torno al traslado de la estatua de Pizarro. No se trata de remplazar las meta narrativas históricas pesimistas que han dominado la conciencia histórica peruana con una rimbombante y optimista historia que sólo resalte la resistencia de los de abajo sino, más bien, de producir una meta narrativa que tome en cuenta las fuerzas convergentes y divergentes que han moldeado y siguen moldeando a la nación peruana. Está por verse si esta meta narrativa “mejorada” producirá una conciencia histórica “mejorada” y si esta conciencia histórica “mejorada” producirá un Perú mejor, es decir un Perú más justo, equitativo, y próspero. Pero no me cabe duda que escribir una historia más justa e incluyente es un paso en la dirección correcta.


Notas


[1] Este ensayo se publicó originalmente, en inglés, en la revista Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe 15:1 (2004), pp. 65-88.
[2] El Comercio, 24 de julio de 2003.
[3] La Industria, 3 de mayo de 2003.
[4] M. Vargas Llosa, “Los hispanicidas”, en Caretas No. 1772, 30 de abril de 2003.
[5] He tomado esta definición de la revista History and Memory.
[6] J. Revel, “Introduction”, en J. Revel and L. Hunt (eds.), Histories: French Constructions of the Past (Nueva York, 1995), p. 2.
[7] Ver P. Drinot, “After the Nueva Historia: Recent Trends in Peruvian Historiography”, European Review of Latin American and Caribbean Studies 68 (2000), pp. 65-76.
[8] Las dos primeras partes de este ensayo se basan en buena medida en mi articulo “After the Nueva Historia”. El ensayo también se basa en una serie de excelentes estudios historiográficos, entre ellos H. Bonilla, “The New Profile of Peruvian History”, in Latin American Research Review, XVI:3 (1981), pp. 210-224; los estudios historiográficos de Efraín Trelles, Christine Hunefeldt y Mario Alfredo Tejada en H. Bonilla (ed.), Las crisis económicas en la historia del Perú (Lima, 1986); M. Chocano, “Ucronía y frustración en la conciencia histórica peruana”, Márgenes II (1987), pp. 43-60; A. Flores Galindo, “La imagen y el espejo: la historiografía peruana 1910-1986”, Márgenes IV (1988), pp. 55-83; M. I. Remy, “Historia y discurso social. El debate de la identidad nacional”, en J. Cotler (ed.), Perú 1964-1994. Economía, Sociedad y Política (Lima, 1995), pp. 275-92; L. M. Glave, Imágenes del tiempo: De historia e historiadores en el Perú contemporáneo (Lima, 1996); M. Burga, “Historia y antropología en el Perú (1980-1998): tradición, modernidad, diversidad y nación”, ponencia presentada en el Primer Congreso Internacional de Peruanistas en el Extranjero, Universidad de Harvard, 29 abril-1 mayo, 1999; C. Walker, “The Republic of Indians in the Republic of Peru: Historical and Historiographical Challenges of Incorporating Indians into National Narratives” (mimeo); y C. Aguirre, “La historia social del Perú republicano (1821-1930): Un balance historiográfico” Histórica XXVI: 1-2 (2002).
[9] M. de Certeau, “L’opération historiographique”, en L’écriture de l’histoire (Paris, 1975).
[10] Un estudio que enmarca los debates historiográficos peruanos dentro de una perspectiva mayor sobre los intelectuales en América Latina es N. Miller, In the Shadow of the State: Intellectuals and the Quest for National Identity in Twentieth Century Spanish America (Londres y Nueva York, 1999).
[11] G. Lumbreras et al., Nueva historia general del Perú (Lima, 1980), sin número de página.
[12] Cita en E. Cáceres Valdivia, “‘No hay tal lugar’: Utopía, ucronía e historia” Márgenes XIV:17 (2000), p. 12.
[13] Ver, por ejemplo, la conclusión al libro de Flores Galindo sobre la plebe en Lima a fines
del siglo XVIII: “En cierta manera, el argumento de este libro podría resumirse negativamente. Las circunstancias que explican por qué no tuvo lugar una revolución”. A. Flores Galindo, Aristocracia y plebe: Lima, 1760-1830 (Lima, 1984), p. 235.
[14] B. Larson, “Andean Communities, Political Cultures, and Markets: The Changing Contours of a Field” en B. Larson y O. Harris con E. Tandeter, Ethnicity, Markets, and Migration in the Andes: At the Crossroads of History and Anthropology (Durham y Londres, 1995), p. 14.
[15] M. Chocano, “Ucronía y frustración en la conciencia histórica peruana”, Márgenes II (1987), pp. 43-60; A. Flores Galindo, “La imagen y el espejo: la historiografía peruana 1910-1986”, Márgenes IV (1988), pp. 55-83. Sobre la crítica de Chocano y Flores Galindo ver N. Miller, In the Shadow of the State, pp. 220-3.
[16] Según Chocano, Riva Agüero desarrolló esta interpretación de la historia peruana como respuesta a la crítica de Manuel González Prada a la elite peruana formulada tras la Guerra del Pacifico. Riva Agüero sostenía que la independencia del Perú no había logrado crear una elite fuerte y prestigiosa. La derrota en la Guerra con Chile era consecuencia de lo que esa elite no era y no, como sostenía González Prada, de lo que sí era y había hecho. Así, la idea de que la historia peruana se caracterizaba por oportunidades desperdiciadas servía para exonerar de culpa a la elite por su comportamiento traidor y cobarde durante la Guerra.
[17] J. Adelman, “Introduction: The Problem of Persistence in Latin American History”, en
J. Adelman (ed.), Colonial Legacies: The Problem of Persistence in Latin American History (New York y Londres, 1999), p. 2.
[18] S. Stern, Peru’s Indian Peoples and the Challenge of Spanish Conquest: Huamanga to 1640 (Madison, 1982); K. Spalding, Huarochirí: an Andean society under Inca and Spanish rule (Stanford, 1984).
[19] Ver D. Poole, “Antropología e historias andinas en los EEUU: Buscando un reencuentro”, Revista Andina 10:2 (1992), pp. 216-223.
[20] Sobre las tensiones entre la Nueva Historia y la etnohistoria, ver M. Thurner, “Después de la etnohistoria: Desencuentros y reencuentros entre discursos antropológicos e históricos”, ponencia presentada en el IV Congreso Internacional de Etnohistoria, Lima, 23-27 de junio de 1996. Ver también J. Avila Molero, “Entre archivos y trabajo de campo: la etnohistoria en el Perú” en C. I. Degregori (ed.), No hay país mas diverso: Compendio de antropología peruana (Lima, 2000), pp. 180-203.
[21] El debate está actualizado en S. J. Stern (ed.), Resistance, Rebellion, and Consciousness in the Andean Peasant World, 18th to 20th Centuries (Wisconsin, 1987).
[22] Ver J. Cotler, Clases, estado y nación en el Perú (Lima, 1992 [1978]).
[23] Ver las evaluaciones bibliográficas de la producción de la década de 1980 en Revista Andina 9:1 (1991) y las contribuciones a “La historiografía peruana en debate” en Apuntes 33 (1993). Para los trabajos publicados en inglés, ver C. Walker, “La historiografía en inglés sobre los Andes: Balance de la década del 80”, Revista Andina 9:2 (1991), pp. 513-528 y D. Poole, “Antropología e historias andinas”. Para una interesante, si bien algo extraña, discusión sobre historiadores establecidos y jóvenes, así como sobre las instituciones históricas y las tendencias de la década, ver F. Bronner, “Peruvian historians today” en The Americas XLIII:3 (1987), pp. 245-77.
[24] A. Flores Galindo, Buscando un Inca: Identidad y utopía en los Andes (La Habana, 1986).
[25] Cáceres Valdivia, “No hay tal lugar”, pp. 11-27.
[26] Flores Galindo, Buscando un Inca, p. 6.
[27] M. Burga, Nacimiento de una utopía: Muerte y resurrección de los incas (Lima, 1988), p. vii.
[28] Ver N. Manrique, “Historia y utopía en los Andes” y R. Montoya, “La utopía andina” en Márgenes, Año IV, No 8 (1991).
[29] G. Rochabrún, “Ser historiador en el Perú”, Márgenes Año IV No 7 (1991), p. 137.
[30] Remy, Historia y discurso social, p. 291.
[31] F. Iwasaki, Nación peruana: entelequia o utopía. Trayectoria de una falacia (Lima, 1988), p. 232. Según Iwasaki “la utopía indicativa de Belaúnde consiste en el reconocimiento de una personalidad nacional que se va enriqueciendo a través de la historia (duración), impulsada por el élan vital del deber moral en un proceso que nunca culminará y que convierte a la Peruanidad en una síntesis viviente” (p. 228). Ver la evaluación de Flores Galindo de la critica de Iwasaki en A. Flores Galindo, “El rescate de la tradición” Márgenes, Año IV No 8 (1991), pp. 7-19.
[32] C. Méndez, “La historiografía peruana en debate” Apuntes 33 (1993); C. Méndez, “Incas Sí, Indios No: Notes on Peruvian Creole Nationalism and its Contemporary Crisis”, Journal of Latin American Studies 28:1 (1996), pp. 197-225.
[33] H. Urbano, “Modernidad en los Andes: Un tema y un debate” en H. Urbano, Modernidad en los Andes (Cuzco, 1991).
[34] Últimamente, Eduardo Cáceres ha planteado que esos estudiosos que criticaron la noción de utopía andina como un punto de partida simplista para una regeneración nacional no han captado las sutilezas del texto de Flores Galindo: “Hay […] una peculiaridad del estilo historiográfico de Flores Galindo que no sacrifica el rigor en aras del compromiso ético: se recuperan episodios y personajes sin ocultar sus ambigüedades, sus incoherencias, la contradicciones que los atraviesan. Más aún, el rigor intelectual puesto en juego lleva al historiador a descubrir que no hay tal pasado regenerador: “tal vez se pueda avanzar hacia la salida si dejamos de estar dominados por los recuerdos. Quizá se trate precisamente de no buscar un Inca” (Buscando un Inca, p. 117)”. Cáceres, “No hay tal lugar”, p. 20.
[35] Ver M. F. Jiménez, “The Elision of the Middle Classes and Beyond: History, Politics and Development Studies in Latin America’s ‘Short Twentieth Century’”, en Adelman (ed.), Colonial Legacies, pp. 207-228.
[36] Las limitaciones del espacio me impiden desarrollar una discusión en torno a las diferencias (en los temas de investigación, en las aproximaciones metodológicas, o en las perspectivas teóricas) entre los historiadores “peruanistas” extranjeros y los historiadores “peruanos” (es decir asentados en el Perú) que menciono en este ensayo. Sí adelantaría que creo que la frontera entres dos grupos siempre ha sido borrosa y que cada día lo es aún más en la medida en que los historiadores “peruanos” estudian cada vez más en el extranjero (o se asientan ahí para ejercer la docencia). Por esta razón no hago mayor diferenciación entre los dos grupos o sus producciones historiográficas en el ensayo.
[37] P. Macera, “Explicaciones” en P. Macera, Trabajos de Historia, vol. 1 (Lima, 1977), p. lxiv.
[38] Méndez, “Incas Sí, Indios No”, p. 200.
[39] Ver P. Burke (ed.), New Perspectives on Historical Writing (Cambridge, 2001, segunda edición).
[40] Sobre el desafío de lo post-moderno a la historia, ver G. G. Iggers, Historiography in the Twentieth Century: From Scientific Objectivity to the Postmodern Challenge (Hanover y Londres, 1997) y R. Chartier, “Philosophie et histoire: un dialogue”, en F. Bedarida, L’histoire et le métier d’historien en France, 1945-1995 (Paris, 1995).
[41] Ver, por ejemplo, las contribuciones al debate sobre el nacionalismo campesino por Florencia Mallon and Mark Thurner, que se nutren de perspectivas post-coloniales. F. Mallon, Peasant and Nation: The Making of Postcolonial Mexico and Peru (Berkeley, Los Angeles y Londres, 1995); M. Thurner, From Two Republics to One Divided: Contradictions of Postcolonial Nationmaking in Andean Peru (Durham y Londres, 1997).
[42] Lo visual está particularmente presente en estos estudios: sobre fotografía ver D. Poole, Vision, Race and Modernity: A Visual Economy of the Andean Image World (Princeton, 1997); sobre escultura, ver N. Majluf, Escultura y espacio público: Lima, 1850-1879 (Lima, 1994). Estudios que utilizan métodos derivados de la historia oral incluyen L. Tejada, La cuestión del pan: el anarcosindicalismo en el Perú, 1880-1919 (Lima, 1988); y I. Vega-Centeno, Aprismo-Popular: Cultura, religión y política (Lima, 1991).
[43] Ver, sin embargo, los ensayos relevantes en S. López Maguiña et al. Estudios culturales: Discursos, poderes, pulsiones (Lima, 2001).
[44] Esto es particularmente el caso con el norte y la Amazonía y ceja de selva. Sobre el norte, ver K. Apel, De la hacienda a la comunidad: La sierra de Piura 1934-1990 (Lima, 1996); A. Diez Hurtado, Comunes y Haciendas: Procesos de Comunalización en la Sierra de Piura (siglos XVIII al XX) (Cuzco, 1998); S. O’Phelan Godoy y Y. Saint Geours (eds.), El norte en la historia regional: Siglos XVIII-XIX (Lima, 1998). Ver también el numero especial del Bulletin de l’Institut Français d’Etudes Andines (20:2, 1991): Piura et sa región. Sobre la Amazonía y la ceja de selva, ver F. Santos Granero and F. Barclay, Selva Central: History, Economy, and Land Use in Peruvian Amazonia (Washington y Londres, 1998); P. García Jordan (ed.) Fronteras, colonización y mano de obra indígena en la Amazonía Andina (siglos XIX-XX) (Lima, 1998); N. Sala i Vila, Selva y Andes: Ayacucho (1780-1929). Historia de una región en la encrucijada (Madrid, 2001).
[45] Ver H. Sabato, “On Political Citizenship in Nineteenth-Century Latin America”, American Historical Review 106:1 (2001), pp. 1290-315.
[46] Aunque hay que admitir que la nueva historia político ha comenzado a influir en estudios sobre el periodo borbónico. See C. Walker (ed.), Entre la retórica y la insurgencia: las ideas y los movimientos sociales en los Andes, Siglo XVIII (Cuzco, 1996); S. O’Phelan Godoy (ed.), El Perú en el siglo XVIII: La era borbónica (Lima, 1999); J. Fisher, El Perú borbónico 1750-1824 (Lima, 2000).
[47] Ver N. Jacobsen and C. Aljovín, “Political culture in the Andes: a précis for an edited volume of papers” (mimeo).
[48] Excelentes ejemplos del primer grupo son: F. Mallon, Peasant and Nation: The Making of Postcolonial Mexico and Peru (Berkeley, 1994); M. Thurner, From Two Republics to One Divided: Contradictions of Postcolonial Nationmaking in Andean Peru (Durham y Londres, 1997); C. Walker, Smoldering Ashes: Cuzco and the Creation of Republican Peru (Durham y Londres, 1999); S. Chambers, From Subjects to Citizens: Honor, Gender and Politics in Arequipa, Peru 1780-1854 (University Park, 1999); así como una cada vez más importante producción sobre la esclavitud, que incluye P. Blanchard, Slavery and Abolition in Early Republican Peru (Wilmington, 1992); C. Aguirre, Agentes de su propia libertad: Los esclavos de Lima y la desintegración de la esclavitud, 1821-1854 (Lima, 1993); C. Hünefeldt, Paying the Price of Freedom:Family and Labor among Lima’s Slaves, 1800-1854 (Berkeley and Los Angeles, 1994). El segundo grupo es igual de prolífico, con varios artículos de G. Chiaramonte, V. Peloso, V. Peralta, J. Chassin, C. Walker, U. Mucke y otros sobre elecciones, la formación de la opinión publica, y el republicanismo en el siglo XIX. Monografía recientes son: A. del Aguila, Callejones y mansiones: Espacios de opinión pública y redes sociales y políticas en la Lima del 900 (Lima, 1997); Carmen McEvoy, La utopía republicana: Ideales y realidades en la formación de la cultura política peruana (1871-1919) (Lima, 1997); U. Mucke, Der Partido Civil in Peru. 1871-1879. Zur Geschiste politischer Parteien und Reprasentation in Lateinamerika (Stuttgart, 1998), C. Aljovin de Losada, Caudillos y constituticiones Perú 1821-1845 (Lima, 2000). Para estudios que incluyen al Perú en una perspectiva comparativa, ver M. D. Demélas, La Invención Política: Bolivia, Ecuador, Perú en el siglo XIX (Lima, 2003) y C. Forment, Democracy in Latin America 1760-1900: Civic Selfhood and Public Life in Mexico and Peru (Chicago, 2003).
[49] Sobre el catolicismo andino, ver, entre otros, S. MacCormack, Religion in the Andes: Vision and Imagination in Early Colonial Peru (Princeton, 1991); los artículos en el numero especial de la Revista Andina ‘La invención del catolicismo andino, siglos XVI-XVII’, 14:1 (1996); y más recientemente, J. C. Estenssoro Fuchs, Del paganismo a la santidad: La incorporación de los indios del Perú al catolicismo 1532-1750 (Lima, 2003). Sobre la idolatría y la extirpación ver G. Ramos y H. Urbano (eds.), Catolicismo y extirpación de idolatrias, siglos XVI-XVII: Charcas, Chile, Mexico, Peru (Cusco, 1993); N. Griffiths, The Cross and the Serpent (Norman, Oklahoma, 1996); y K. Mills, Idolatry and Its Enemies (Princeton, 1997). Sobre Santa Rosa, ver T. Hampe Martinez. Santidad e identidad criolla: estudio del proceso de canonización de Santa Rosa (Cuzco, 1998); F. Iwasaki Cauti, ‘Mujeres al borde de la perfección: Rosa de Santa María y las alumbradas de Lima’, Hispanic American Historical Review 73:4 (1993), pp. 581-613; L. M. Glave, De Rosa y espinas: Economía, sociedad y mentalidades andinas, siglo XVII (Lima, 1998); R. Mujica Pinilla, Rosa limensis: Mística, política e iconografía en torno a la patrona de América (Lima, 2001) y F. Graziano, Wounds of Love: The Mystical Marriage of Saint Rose of Lima (Oxford, 2003). Sobre San Martín, ver F. Iwasaki Cauti, ‘Fray Martín de Porras: santo, ensalmador y sacamuelas’ in Colonial Latin American Review 3:1-2 (1994), pp. 159-84; J. A. Del Busto, San Martín de Porras (Martín de Porras Velásquez) (Lima, 2001). Sobre la Iglesia peruana en el siglo XIX, el texto clásico es J. Klaiber, The Catholic Church in Peru, 1821-1985: a Social History (Washington DC, 1992). Estudios recientes que examinan las relaciones Iglesia-sociedad son: P. García Jordan, Iglesia y poder en el Perú contemporáneo (Cuzco, 1993); F. Armas Asín, Liberales, protestantes y masones: Modernidad y tolerancia religiosa (Lima, 1998); F. Armas Asín (ed.), La construcción de la iglesia en los Andes (Lima, 1999); J. Fonseca Ariza, Misioneros y civilizadores: Protestantismo y modernización en el Perú (1915-1930) (Lima, 2002); y J. B. A. Kessler, Conflict in Missions: A History of Protestantism in Peru and Chile (Denver, Colorado, 2001).
[50] Ver K. Burns, Colonial Habits: Convents and the Spiritual Economy of Cuzco, Peru (Durham y Londres, 1999); N. E. van Deusen, Between the Sacred and the Worldly: The Institutional and Cultural Practice of Recogimiento in Colonial Lima (Stanford, 2002); C. Hünefeldt, Liberalism in the Bedroom: Quarreling Spouses in Nineteenth Century Lima (University Park, Pennsylvania, 2000); M. E. Mannarelli, Limpias y modernas: Genero, higiene y cultura en la Lima del novecientos (Lima, 1999).
[51] Ver M. Zegarra (ed.), Mujeres y género en la historia del Perú (Lima, 1999); N. Henríquez, El hechizo de las imágenes: estatus social, género y etnicidad en la historia peruana (Lima, 2000); S. O’Phelan et al. Familia y vida cotidiana en América Latina, Siglos XVIII-XX (Lima 2003). M de la Cadena, Indigenous Mestizos: The Politics of Race and Culture in Cuzco, Peru, 1919-1991 (Durham y Londres, 2000).
[52] A. W. Quiroz, La deuda defraudada: Consolidación de 1850 y dominio económico en el Perú (Lima, 1987); A. W. Quiroz, Banqueros en conflicto: Estructura financiera y economía peruana, 1884-1930 (Lima, 1989); A. W. Quiroz, ‘Reassessing the Role of Credit in Late Colonial Peru: Censos, Escrituras and Imposiciones’, Hispanic American Historical Review 74:2 (1994), pp. 193-230; P. Gootenberg, ‘Carneros y Chuño: Price Levels in Nineteenth-Century Peru’, in Hispanic American Historical Review 70:1 (1990), pp. 1-56; P. Gootenberg, Imagining Development: Economic Ideas in Peru’s “Fictitious Prosperity” of Guano, 1840-1880 (Berkeley, Los Angeles, London, 1993).
[53] R. Miller, “Business History in Peru”, en C. Dávila and R. Miller (eds.), Business History in Latin America (Liverpool, 1999).
[54] Ver, sin embargo, J. Martínez Alier, “La interpretación ecologista de la historia socio-económica: algunos ejemplos andinos” en H. Urbano (ed.), Modernidad en los Andes (Cuzco, 1991), pp. 225-68; L. Seiner, “El Fenómeno El Niño en el Perú: Reflexiones desde la Historia”, Debate Agrario 33 (2001); ver también la tesis doctoral de G. Cushman sobre el guano en el siglo XX (Universidad de Texas-Austin).
[55] N. Manrique, Historia de la república (Lima, 1995); M. Cueto y C. Contreras, Historia del Perú contemporaneo (Lima, 1999); P. F. Klarén, Peru: Society and Nationhood in the Andes (Oxford, 2000). Ver también F. Pease, Breve historia contemporanea del Perú (México, 1995); y H. Neira, Hacia la tercera mitad, Peru XVI-XX: Ensayos de relectura herética (Lima, 1997).
[56] Contreras y Cueto, Historia del Perú contemporaneo, p. 14.
[57] Profundizo en este punto en Drinot, “After the Nueva Historia”.
[58] Ver A. Luykx, The Citizen Factory: Schooling and Cultural Production in Bolivia (Albany, 1999).
[59] P. Joutard, “L’enseignement de l’histoire’ en F. Bedarida, L’histoire et le metier d’historien, pp. 45-55.
[60] Es interesante notar que las páginas web con contenido histórico, otro tipo de transmisión par la meta narrativa, suelen reproducir la narrativa tradicional. Ver www.adonde.com/historia/index.html
[61] Walker, “The Republic of Indians”.
[62] M. Burga, R. del Aguila, J. J. Vega, A. Rodríguez y J. Alvarez, Sobre la nueva historia del Perú (Lima, 1993), p. 23.
[63] Flores Galindo, “La imagen y el espejo”, pp. 66-7.
[64] La encuesta aparece en Wilfredo Kapsoli, “Paradigmas de la historiografía peruana”, en C. Barros et al. Historia e historiadores (Lima, 2001), pp. 63-97.
[65] Contreras, “Nuevas tendencias”.
[66] Es importante resaltar que estas conclusiones son provisionales. No he podido leer todas estas tesis, y me guío en mis comentarios principalmente por sus títulos.
[67] H. Leceta Gálvez, “Las multitudes políticas de Lima y Callao de 1912 y la elección de Billinghurst” (2001); J. G. Guzmán Sánchez, “Vida y obra de Jorge Guillermo Leguía” (1998); I. E. Millones Mariñez, “El Partido Constitucional: Miembros y utilidad de ser miembro de un partido político durante la República Aristocrática” (1998); R. F. Portocarrero Grados, “Intelectuales y sociedad en la Lima de principios de siglo: el caso del joven Mariátegui” (1997); L. M. Gómez Acuña, “Ideología y política en José de la Riva Agüero y Osma: los años de juventud” (1997); L. V. Leiva Viavaca, “Pensamiento político de Nicolás de Piérola durante su gobierno constitucional (1895-1899)” (1996); S. Olaechea, “La dirigencia en el Partido Civil: aproximaciones hacia una mentalidad moderna” (1993); R. M. Macara Cevallos, “El mundo de la mentalidad oligárquica” (1993).
[68] Ver C. Rosas Lauro, ‘La imagen de la Revolución Francesa en el Virreynato peruano a fines del Siglo XVIII’ (1997).
[69] F. Janssen Frasson, “Tierra y familia: el caso de la Hacienda Torreblanca (1548-1862)” (2000); J. A. Cosamalón Aguilar, “Matrimonios indígenas y convivencia inter-racial en Lima colonial, Santa Ana, 1795-1820” (1993); D. González del Riego Espinoza, “Matrimonio y familia en el contexto de la sociedad colonial limeña en el siglo XVI” (1993); P. Rizo-Patrón Boylan, “Familia, matrimonio y dote en la nobleza de Lima: los De la Puente, 1700-1850” (1989).
[70] G. A. Espinoza Ruiz, ‘Despotismo ilustrado y reforma educativa: el Real Convictorio de San Carlos de Lima, entre 1770 y 1817’ (1996); R. D. Cubas Ramacciotti, ‘La propuesta nacional y educativa de Bartolomé Herrera: la reforma del Convictorio de San Carlos de 1842’ (1999).
[71] S. Fleischman Husid, “Apuntes para la historia de la inmigración judía en el Perú (1850-1950)” (1985); M. G. Marcone Flores, “Inmigración espontánea europea e ideología civilista en el Perú siglo XIX: el caso italiano” (1990); N. A. “La inmigración polinésica en el Perú 1862-1864” (1993); N. Sobrevilla Perea, “Ideología inmigracionista y los experimentos de inmigración dirigida en Latinoamérica del siglo XIX: el caso de los tiroleses y renanos en Pozuzo” (1999).
[72] I. Barriga Calle, “Aproximación a la idea de la muerte (Lima siglo XVII): un ensayo iconográfico” (1991); C. Casalino Sen, “La muerte en Lima en el Siglo XIX: una aproximación demográfica, política, social y cultural” (1999).
[73] L. Peñaherrera Sánchez, “Un documento histórico: la fotografía en el Perú (1895-1919)” (1984); R. A. Cantuarias Acosta, “El arte dramático en Lima de la Colonia a la República” (199?); J. C. Estensoro Fuchs, “Música, discurso y poder en el régimen colonial” (1990); M. Ricketts Sánchez-Moreno, “El teatro en Lima y la construcción de la nación republicana, 1820-1850” (1996); F. G. Muñoz Cabrejo, “Diversiones públicas en Lima 1890-1920: la experiencia de la modernidad” (1999).
[74] Ver A. Castelli Gonzales and J. C. Crespo, “Presencia de Franklin Pease”, Histórica XXIII:2 (1999), pp. 245-252.
[75] Ver http://200.10.69.174/default.htm.

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La Esencia del Cristianismo

Ludwig Feuerbach

INTRODUCCIÓN

1- LA ESENCIA DEL HOMBRE
La esencia del hombre es el fundamento y el objeto de la religión. El hombre puede tener conciencia de la existencia de un ser infinito, mientras que el animal no dispone de conciencia sino de instinto. El hombre perfecto debe poseer las facultades del pensamiento, la voluntad y el corazón; razón, amor y voluntad son facultades de la esencia suprema y el fin de su existencia (la trinidad divina en el hombre).

Dios es la esencia objetivada del hombre, y sólo a través del objeto (Dios) el hombre es consciente de sí mismo. Pero este objeto es religioso porque es objeto del sentimiento en el hombre (lo único que se puede objetivar y definir como esencia del hombre es la naturaleza del sentimiento; Dios es el sentimiento puro, ilimitado y libre).

2- LA ESENCIA DE LA RELIGIÓN
La conciencia de Dios no es más que la autoconciencia del hombre, pero el hombre religioso no es consciente de que su conciencia de Dios es la autoconciencia de su esencia, y en esto reside la esencia de la religión, en esta carencia de conciencia. Lo que se pretende es demostrar que no existe contradicción entre lo divino y lo humano, que la única contradicción está entre la esencia y el individuo humanos, y que el contenido y objeto de la religión cristiana son humanos.

Hay personas que tratan de negar los predicados divinos pero no la existencia de Dios, y esto es imposible pues la necesidad de sujeto consiste en la necesidad de predicado (lo que es el sujeto depende de cómo sea el predicado). La separación entre sujeto y predicado surge cuando se piensa a Dios como algo abstracto, cuando sus predicados son mediatizados a través de la abstracción filosófica.

Los predicados divinos son los mismos que los humanos, pero los católicos para eliminar esto se basan en la idea de que Dios es un ser infinito, un cúmulo infinito de predicados diferentes de los que sólo algunos son semejantes a nosotros. Pero es que el ser humano está formado por una riqueza infinita de predicados diferentes porque se realiza en la riqueza infinita de individuos diferentes. Y a esto hay que sumar que los predicados de Dios poseen la cualidad de que, poseyendo uno, poseo al mismo tiempo todos los demás, porque entre ellos no se encuentra ninguna diferencia real.

El predicado es el verdadero sujeto, y ya que ha quedado patente que los predicados divinos son determinaciones de la esencia humana, también su sujeto será un ser humano.


I. LA ESENCIA VERDADERA, ES DECIR, ANTROPOLÓGICA, DE LA RELIGIÓN

3- DIOS, COMO SER DEL ENTENDIMIENTO
El hombre establece una división entre el hombre y su propia esencia (Dios). Dios concebido como lo opuesto del hombre, como ser no humano, es decir, como ser personal, es la esencia objetivada del entendimiento. El "espíritu infinito", a diferencia del finito, no es más que la inteligencia separada de los límites de la individualidad y de la corporeidad, la inteligencia pensada o puesta por sí misma. Dios es la facultad del pensamiento realizada.

Se atribuye falsamente una existencia sensible al ser pensado.
La medida de tu Dios es la medida de tu entendimiento. Todas las determinaciones de Dios son conceptos deducidos de la esencia del entendimiento.

4- DIOS, COMO SER MORAL O COMO LEY
Un Dios que sólo expresa la esencia del entendimiento no es el Dios de la religión, no la satisface. Para que el hombre encuentre satisfacción en la religión, ésta debe contener algo diferente al entendimiento, y este algo, debe contener el núcleo específico de la religión: la perfección moral.

Dios como ser moralmente perfecto no es más que la ley personificada de la moral. El Dios moral exige del hombre que sea como es él mismo, (esto es la propia conciencia del hombre).

La perfección moral depende únicamente de la voluntad. La idea de ser moralmente perfecto es una idea práctica que exhorta a la acción y a la imitación, y me pone en tensión y en contradicción conmigo mismo (enfrenta al hombre con su propio ser como si fuera otro, y, encima, un ser personal).

El amor es el principio de mediación entre lo perfecto y lo imperfecto, entre la ley y el corazón, entre lo divino y lo humano. Un ser exclusivamente moral no puede perdonar lo que va contra la ley de la moralidad, por tanto, si Dios es considerado como un ser que perdona los pecados, no se le considera un ser inmoral, sino un ser no-moral, supramoral; en una palabra, como un ser humano.

5- EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN O DIOS COMO SER DEL CORAZÓN
La antropología no considera la encarnación como un misterio especial y extraordinario; destruye, más bien, la ilusión de que detrás hubiera un especial misterio sobrenatural; critica el dogma y lo reduce a sus elementos naturales, innatos al hombre, a su origen interno y su centro, o sea, al amor.

El dogma nos presenta dos cosas: Dios (forma diferente al amor; omnipotencia de un poder tenebroso no unido por el amor) y amor (es un simple predicado, ni es sujeto ni es ser). Mientras el amor no sea elevado al rango de sustancia de sujeto, mientras en el fondo del amor aceche un ser sin amor, demoníaco, con una personalidad diferenciable del amor que guste de castigar y ver sufrir, existirá el fanatismo religioso. Sin embargo, el amor es lo esencial en la encarnación, aunque todavía esté ligado a la noche de la conciencia religiosa. La encarnación es puro amor, sin diferenciar el divino del humano.

La conciencia religiosa niega la capacidad de sufrimiento de Dios y, por tanto, la verdad de la religión.

La encarnación es la certeza indudable del amor de Dios por el hombre. La manifestación sobre la Tierra fue limitada (tanto espacial como temporalmente), mientras que la esencia de la manifestación es eterna y universal.

6- EL MISTERIO DEL DIOS QUE SUFRE
La determinación esencial de Cristo (el Dios humano) es la pasión. Dios en cuanto Dios es la suma de toda la perfección humana; Dios en cuanto Cristo es la suma de toda la miseria humana.

El sufrimiento es el punto culminante del sentimiento cristiano, en el que se refleja el ser de su Dios. La religión es el reflejo del ser humano en sí mismo. El hombre de sentimiento sólo cree en un Dios sensible, él sólo puede creer lo que está en su propia esencia.

7- EL MISTERIO DE LA TRINIDAD Y DE LA MADRE DE DIOS
Al hombre no le basta un ser sensible y sufriente, sólo un ser que abarque en sí al hombre total puede satisfacer al hombre entero- sensibilidad, sufrimiento y entendimiento. Esta necesidad es satisfecha por la religión, que une a la esencia divina otro segundo ser diferente de Dios, según la personalidad, pero idéntico con él según la esencia: Dios hijo diferente de Dios padre. Dios padre es el yo, el entendimiento, Dios hijo es el tú, el amor; pero amor con entendimiento, y entendimiento con amor, es ya espíritu, es el hombre total. Si el espíritu santo es la unidad de Dios y el hombre, ya no lo necesitamos, pues, para nosotros, esta unidad reside ya en el padre, y más todavía en el hijo. La tercera persona es innecesaria, pues es el amor, y, para el amor, dos son suficientes. El hijo no es más que el corazón divino, es decir, el corazón humano objetivado como ser divino.

8- EL MISTERIO DEL LOGOS Y DE LA IMAGEN DIVINA
A los hombres no les hace feliz el Dios como ser abstracto de la razón, sino que, como seres de ánimo y sensibilidad, los hace felices sólo la imagen. La segunda persona en Dios es la esencia objetivada de la imaginación. El hijo es la necesidad satisfecha de ver en imágenes la esencia objetivada de la actividad imaginativa, como una actividad divina, absoluta.

Pero este culto a un Dios que es esencia objetiva de la imaginación puede llevar a pensar que la iglesia hace culto a la imagen, y, por mucho que hagan diferencias entre imagen y objeto, acaban confensando sin querer que existe una santidad de la imagen.

Otra determinación de la segunda persona en relación a la esencia de la imagen es que es la palabra de Dios. La palabra misma es un ser de la imaginación, pero, precisamente por eso, ejerce sobre el hombre el poder de una droga y lo hace prisionero. La palabra es el pensamiento en imágenes. La palabra tiene una fuerza redentora; por eso los pecados que confesamos nos son perdonados gracias al divino poder de la palabra.

9- EL MISTERIO DEL PRINCIPIO CREADOR DEL MUNDO EN DIOS
El origen del mundo es la conciencia de Dios de sí mismo: Dios piensa al mundo en cuanto se ha pensado a sí mismo; pensarse es generarse; pensar el mundo es crearlo. El hijo, el otro Dios pensado por sí mismo, es el principio de la creación del mundo.
El hombre se siente dependiente del mundo porque también se siente dependiente de los otros hombres; sin los otros hombres el mundo no tendría sentido. En los otros el hombre adquiere claridad y conciencia sobre sí, y, así, también, adquiere claridad sobre el mundo.

La diferencia entre el mundo y Dios, como creador del mundo, es, por lo tanto, formal y no esencial. La esencia de Dios es la esencia abstracta y pensada del mundo; la esencia del mundo es la esencia de Dios real, percibida por los sentidos. La creación no es más que un acto formal, pues lo que antes de la creación era objeto del pensamiento, del entendimiento, es puesto por la creación como objeto de los sentidos, pero según su contenido es lo mismo (aunque siga siendo inexplicable cómo del pensamiento de un ser puede proceder un ser real y material).

El principio creador del mundo en Dios no es más que el acto de pensamiento objetivado según sus elementos más simples.

10- EL MISTERIO DEL MISTICISMO O EL MISTERIO DE LA NATURALEZA EN DIOS
Cuando el místico especula sobre la esencia de Dios, en realidad, lo está haciendo sobre la esencia de la naturaleza o del hombre. Feuerbach tacha al misticismo de ser la enfermedad de Dios; el misticismo no es más que antropología y psicología imaginadas, éstas se comprenden bajo el nombre de teología. El ser divino es la esencia humana, el espíritu separado del hombre.

La religión explica lo que es Dios fuera de la naturaleza. Dios es la esencia impersonal de la naturaleza; por ello no podemos explicar la naturaleza de Dios a partir del concepto de personalidad, porque esta naturaleza está fuera de la naturaleza, es algo abstracto. El único fundamento explicativo de la creación es que proviene de la nada.

11- EL MISTERIO DE LA PROVIDENCIA Y LA CREACIÓN EX NIHILO
La creación de la nada es la expresión suprema de la omnipotencia y, como tal, está en la misma categoría que el milagro; pero como el milagro es imaginado, la creación de la nada también lo es, en cuanto que es un milagro originado.
La creación de la nada al identificarse con el milagro también se identifica con la providencia, porque la idea de providencia es idéntica a la del milagro (la demostración de la providencia es el milagro).

La creencia en Dios es la creencia en la significación divina de la esencia humana; pero la creencia en la providencia no es más que la creencia en la creación ex nihilo y viceversa.

El hombre es fin y fundamento de la creación (aunque separe de sí su esencia como un ser personal diferente). El núcleo de la creación es la autoconfirmación de la esencia humana.

12- LA SIGNIFICACIÓN DE LA CREACIÓN EN EL JUDAÍSMO
La doctrina de la creación proviene del judaísmo y tiene como principio básico el egoísmo. El hombre se ha separado de la naturaleza y la somete a su voluntad.
El punto de vista de la teoría es el punto de vista de la armonía con el mundo; la naturaleza es vista como originada, pero no como creada en el sentido de la religión, la naturaleza es un fin en sí misma. Pero quien se sitúa en el punto de vista práctico y considera desde allí el mundo convirtiendo el punto de vista práctico en teórico se enemista con la naturaleza y la hace esclava de su egoísmo.
El monoteísmo concentra al hombre sobre sí mismo, todo se crea de la nada, la naturaleza es arbitraria y sólo funciona con fines humanos; este es el egoísmo del judaísmo.

Jehová es para los israelitas fin y señor de la naturaleza, utilizan el poder de la naturaleza para celebrar el poder de Jehová y el poder de su autoconciencia (egoísmo).

13- LA OMNIPOTENCIA DEL SENTIMIENTO O EL MISTERIO DE LA ORACIÓN
La religión cristiana es la judía purificada del egoísmo nacional; los milagros del cristianismo no tienen como objeto el bienestar de una nación, sino el bienestar del hombre. El cristianismo ha espiritualizado el egoísmo del judaísmo elevándolo a la subjetividad.

Dios es el amor que satisface nuestros deseos y necesidades de sentimiento. Mediante la oración el hombre se asegura el cumplimiento de sus deseos; Dios contradice las leyes de la naturaleza para satisfacer las necesidades humanas. En la oración el corazón humano habla con su propia esencia y se siente feliz olvidando que hay un límite a sus deseos.

La omnipotencia a la que se dirige el hombre en la oración es la omnipotencia del corazón, del sentimiento que rompe los límites del entendimiento. La omnipotencia ejecuta la voluntad del sentimiento; en la oración nos dirigimos a la omnipotencia de la bondad. En la oración el hombre adora su sentimiento considerándolo como divino.

14- EL MISTERIO DE LA FE, EL MISTERIO DEL MILAGRO
La trinidad cristiana está formada por fe (la fe a las promesas y deseos ya cumplidos que forman parte de la historia),amor (es el ser que cumple las promesas) y esperanza (esperanza de cumplimiento de deseos y esperanzas que no han sido ya cumplidos).

La fe es la fe en la divinidad del hombre (si creo en un Dios tendré un Dios), la fe en Dios es el Dios del hombre. El milagro es el contenido esencial de la fe, es un deseo sobrenatural realizado.

La diferencia entre el milagro y la razón no reside en el resultado sino en el modo de hacerlo. El milagro satisface los deseos de la manera que corresponde a la esencia del deseo (sin demora, sin estar vinculado a ningún límite). El milagro es absurdo e impensable, no tiene fundamento filosófico, es inexistente, y, como tal, imposible. Lo que hace que pueda ser pensado es que se introduce en la razón, el milagro, como un dato de los sentidos; el hombre engaña su razón introduciendo datos sensibles. La propiedad esencial del milagro es la de ser agradable al sentimiento, es satisfacerlo.

Para los hombres de entendimiento la imaginación es un objeto, pero, para los hombre incapaces de distinguir la percepción subjetiva de la objetiva, la imaginación es igual a su sentimiento, es identica a su ser es su representación esencial objetiva y necesaria.

15- EL MISTERIO DE LA RESURECCIÓN Y DEL NACIMIENTO SOBRENATURAL
El hombre no desea morir debido a su instinto de conservación. Detrás de este deseo reside la certidumbre de esta esperanza, pero la razón no puede cumplir esta esperanza. La resurrección de Cristo es la satisfacción del deseo humano de una certeza inmediata de su persistencia personal después de la muerte. El hombre subjetivo que vive en el sentimiento y la imaginación convierte sus sentimientos en regla de lo que debe ser, se rige por la arbitrariedad de su imaginación.
Así como la resurrección, el nacimiento sobrenatural también conviene a los creyentes, porque la concepción inmaculada de María representa un acto de purificación de la humanidad porque el esperma del varón supondría el contagio del pecado original; además para la humanidad el proceso natural de generación es una abominación.

La teoría no encaja porque haría falta que la virgen hubiera sido concebida por una madre también inmaculada. Los principios del cristianismo son contradictorios.

16- EL MISTERIO DEL CRISTO CRISTIANO O DEL DIOS PERSONAL
Cristo es el sentimiento o corazón exteriorizado, es el redentor milagroso, el deseo realizado del sentimiento libre de las leyes de la moral, es un Dios que es al mismo tiempo hombre, y un hombre que es al mismo tiempo Dios. Cristo es el deseo realizado de ver a Dios tal como el sentimiento lo desea y necesita.

Dios no es más que la esencia del hombre; y, que, como hombre, llegue a ser objeto para la conciencia, constituye el fin de la religión, fin que es alcanzado en Cristo, en la encarnación de Dios. Pero ver a Dios no es suficiente para el entendimiento porque la representación visual confirma únicamente el sentimiento. La pasión de Cristo es la última prueba, la seguridad suprema y objetiva de su realidad.
Cristo es el Dios personal; es una falacia, pues, decir, que el cristianismo es la religión de tres personalidades (que sólo existen en la dogmática) y no de un Dios personal.

La diferencia entre la religión cristiana y otras, es que en la cristiana corazón e imaginación están unidos, mientras que en las otras no.

17- LA DIFERENCIA ENTRE CRISTIANISMO Y PAGANISMO
Toda la diferencia gira entorno al desprecio o no desprecio del mundo.
Los cristianos son subjetivos, creen en un ser absoluto, extra y supramundano; mientras que los paganos son objetivos y permiten que lo otro del espíritu, la materia, viva. Los paganos menosprecian al individuo poniendo por encima la especie; mientras que los cristianos abandonan la especie y consideran sólo al individuo. Los paganos ven al hombre como un animal más, y los cristianos en oposición. Los antiguos sacrificaban el individuo al género; los cristianos, el género al individuo.
Especialmente característica es la diferencia de cristianismo y paganismo respecto a la relación del individuo a la inteligencia, al entendimiento y al nous. Para los paganos el entendimiento es la esencia del hombre, es una esencia universal; para los cristianos una parte de sí mismo. Para los paganos la inteligencia, el género, era inmortal, es decir, divino; para los cristianos lo era el individuo. Existe una diferencia crítica y cualitativa entre los hombres; el cristianismo borra estas diferencias porque no reconoce ninguna diferencia entre el género y el individuo.

18- EL SIGNIFICADO CRISTIANO DEL CELIBATO VOLUNTARIO Y DE LA VIDA MONÁSTICA.
El hombre religioso tiene a Dios como su única necesidad, la necesidad del género humano está en un segundo plano para él. Dios representa el género, y es, en la renuncia del mundo, en el aislamiento, cuando se experimenta la necesidad de Dios, lo que Dios es y debe ser para mí. El fundamento de la salvación es Dios, la relación inmediata a Dios.

Hay que romper con el mundo, con la materia, con la vida de género, y esto se realiza de manera sensible en la vida monacal. La manifestación sensible de esta renuncia espiritual es la vida claustral, la vida ascética es fundamentalmente la vida celestial tal y como se manifiesta y puede manifestarse en este mundo. La libertad espiritual se alcanza renunciando a las cosas sensibles. Pero esto contradice al cristianismo de hoy en el que el Señor sólo quiere una libertad espiritual libre de sacrificio.

En la esencia del cristianismo reside que la vida de celibato es la única no mundana y sobrenatural. Así como el cristiano no tiene necesidad de cultura (vida monacal), porque es un principio mundano contrario al sentimiento, tampoco tiene necesidad de amor natural. El hombre necesita de otra parte para producir la totalidad, pero el cristiano se comprende en su subjetividad trascendente y sobrenatural como un ser perfecto por sí mismo.

19- EL CIELO CRISTIANO O LA INMORTALIDAD PERSONAL
El cielo es la vida subjetiva absoluta, sobrenatural, libre de género y asexuada; y es allí donde el género desaparece de la conciencia donde alcanza certidumbre la vida celestial.

La fe en la inmortalidad personal, en la vida celestial e inmortal, se identifica con la fe en el Dios personal. La personalidad ilimitada es Dios, pero la personalidad celestial e inmortal no es más que la personalidad sin límites; la diferencia consiste en que Dios es el cielo espiritual y el cielo es el Dios sensible. Actualmente Dios es el reino celestial, en el futuro el cielo será Dios. Existe una unidad de la personalidad divina y celestial.

La fe en la inmortalidad del hombre es la fe en la divinidad del hombre; la fe en Dios es la fe en la personalidad inmortal. Dios no sería Dios si el hombre no fuera inmortal, porque la existencia de Dios depende de su propia existencia.


II. LA ESENCIA FALSA, ES DECIR, TEOLÓGICA, DE LA RELIGIÓN

20- EL PUNTO DE VISTA ESENCIAL DE LA RELIGIÓN
La religión apela al sentimiento. El punto de vista esencial de la religión sobre el mundo es práctico o subjetivo, y, por lo tanto, Dios es un ser puramente práctico o subjetivo que sustituye la necesidad de una concepción teórica. Dios no es objeto ni del pensamiento ni del conocimiento.

La visión práctica es egoísta, es en la que me relaciono con las cosas por amor de mí mismo; mientras que la visión teórica está llena de alegría y encuentra satisfacción en sí misma.

La visión falsa de la religión es considerar a Dios como la visión pura, la vida de la teoría; como no tienen un enfoque teórico, sino práctico, rellenan ese hueco con Dios. La esencia teórica de la religión es un ser particular, Dios.

21- LA CONTRADICCIÓN EN LA EXISTENCIA DE DIOS
La religión es la percepción de la esencia humana como esencia de otro ser existente por sí mismo, es la relación que el hombre sostiene con su propia esencia; pero la teología ha convertido la separación primitivamente involuntaria entre hombre y Dios en una diferenciación deliberada.

La teología convierte el ser divino en otro ser mediante una prueba formal. Parece que las pruebas de la existencia de Dios contradicen la esencia de la religión, pero es, solamente, porque, parece, que si la existencia se piensa separada, se origina la apariencia de que Dios sería algo solamente pensado, apariencia inmediatamente eliminada porque la prueba demuestra que la existencia de Dios ha de ser real porque si no podría existir algo más perfecto que él.

Pero entonces hay una contradicción entre el Dios pensado y el Dios real que nos lleva irremediablemente al ateísmo. Sólo la imaginación resuelve la contradicción de una existencia simultáneamente sensible y no sensible. La imaginación es el verdadero lugar de una existencia ausente, no presente a los sentidos, pero, sin embargo, sensible según su esencia.

22- LA CONTRADICCIÓN EN LA REVELACIÓN DE DIOS
Las pruebas racionales de la existencia de Dios son subjetivas; mientras que la prueba objetiva de la existencia de Dios, la única verdadera de su existencia, es su revelación. La creencia en la revelación es la certeza de que aquello en lo que se cree, lo que se imagina, existe. Para el sentimiento religioso no existe la teoría, sólo la práctica, los hechos. Los hombres no podemos saber nada de Dios si no es a través de la revelación, en la que Dios habla de sí mismo.

Pero, Dios, en el proyecto de su revelación, no depende de sí mismo, sino de la capacidad intelectual del hombre (lo que sabemos de Dios pasa del hombre a Dios y vuelve al hombre). Por eso no existe ninguna distinción real entre revelación divina y la razón o naturaleza humana.

De esta manera se confirma que el misterio de la teología no es más que antropología.

23- LA CONTRADICCIÓN EN LA PROPIA ESENCIA DE DIOS
Dios es la esencia humana, y, sin embargo, debe ser un ser diferente, sobrehumano. En el "debe" siempre se niega lo que se afirma en el "es". La contradicción existente en el concepto fundamental sólo se disimula mediante sofismas.
Una característica de la sofística cristiana es la incomprensibilidad del ser divino. La incomprensibilidad es transformar en desconocido lo conocido, en sobrenatural lo natural,... La incomprensibilidad religiosa no es la incapacidad de comprensión última de falta de entendimiento, sino el primer impacto que sobre el sentimiento ejerce la imaginación.

La cualidad del saber es la misma en el hombre y en Dios, la diferencia es que la cantidad de saber en nosotros es limitado, mientras que la religión elimina estos límites. La diferencia originariamente sólo cuantitativa entre la esencia divina y la humana ha sido desarrollada por la reflexión en el sentido de una diferencia cualitativa; por eso, lo que en un principio fue una emoción del sentimiento, una impresión de la imaginación sobre el sentimiento, ha sido fijado como una cualidad objetiva, como real imcomprensibilidad.

24- LA CONTRADICCIÓN EN LA DOCTRINA ESPECULATIVA DE DIOS
La personalidad de Dios es la personalidad enajenada y objetivada del hombre. El saber que el hombre tiene de Dios es el saber que el hombre tiene de sí mismo, de su propia esencia.

Es necesario que Dios sea pensado y conocido. Dios se piensa a sí mismo y es pensado por los demás. A Dios no le es imprescindible para conocerse el ser pensado por los hombres, pues ya se piensa él, pero le hace falta ser conocido (la creación es la manera de revelarse de Dios) porque si no sería únicamente una posible persona, un ser imaginado.

La conciencia que el hombre tiene de Dios es la conciencia de sí de Dios y la conciencia humana en sí es la conciencia divina; por lo tanto, al hombre no le hace falta enajenar su conciencia. Sólo la unidad de conciencia y esencia es la verdad (hay que tener conciencia de que la esencia divina no es más que la esencia humana); la unidad de la esencia humana llegará cuando reconozcamos la teología como antropología. Toda identidad que no es unidad verdadera es una contradicción.

25- LA CONTRADICCIÓN EN LA TRINIDAD
La trinidad es, originalmente, la suma de las diferencias esenciales fundamentales que el hombre percibe en la esencia del hombre; pero, la teología, ha convertido estas distinciones de la esencia humana en personas divinas. Son tres personas, pero no son esencialmente distintas. La característica esencial de la realidad personal, el elemento politeísta, es excluido, negado como no divino; pero, precisamente por esta negación su personalidad se convierte en una apariencia de la imaginación. Las relaciones de las tres esencias no deben ser meras relaciones y dependencias, sino personas reales, seres y sustancias. Se afirma entonces, la verdad del plural, del politeísmo. Esta es la resolución del misterio sagrado de la trinidad: engaños, contradicciones y sofismas.

26- LA CONTRADICCIÓN EN LOS SACRAMENTOS
Los sacramentos (elementos subjetivos de la religión) son: el de la fe el bautismo y el del amor la comunión.

La primera contradicción es que una materia natural como el agua tenga efectos sobrenaturales. El bautismo es un milagro, y, si los milagros (el milagro causa la fe) no contradicen la religión, tampoco ha de hacerlo el bautismo. Si se recurre a la experiencia esto no tendría fundamento, pues el único es la fe, y todas las verdades sobrenaturales (fe) contradicen la experiencia.

La contradicción de la comunión es que el objeto de ésta es el cuerpo de Cristo, un cuerpo real, pero al que le faltan los predicados necesarios de la realidad.
La contradicción de la religión es, como hemos podido comprobar, simultanear lo material con la subjetividad.

La fe es el poder de la imaginación que convierte lo real en irreal y a la inversa; contradice la razón y los sentidos. La imaginación convierte lo objetivo en apariencia y la existencia imaginada en real; pero, según la verdad, lo realmente objetivo es sólo la materia natural.

27- LA CONTRADICCIÓN DE LA FE Y DEL AMOR
El amor identifica a los hombres con Dios y viceversa, y, por lo tanto, a los hombres con los hombres; mientras que la fe separa a Dios del hombre y al hombre del hombre.

La fe es egoísta, porque beneficia sólo a los cristianos y condena a los que no lo son; el amor cristiano es el amor sobrenatural que ama sólo lo cristiano, y esto no es el amor verdadero, el cual no hace este tipo de distinciones. La fe es lo contrario del amor: el amor se identifica con la razón y es de naturaleza libre libre y universal, pero la fe es de naturaleza estrecha.

A la religión cristiana se la ha acusado de ser la culpable de numerosas abominaciones a lo largo de la historia, y éstas han surgido del cristianismo porque provienen de la fe (todas las acciones que contradicen al amor y la razón provienen de la fe). La fe se eleva por encima de la leyes de la moral natural. Pero para que la fe sea buena y verdadera ha de estar limitada por la moral porque una fe indiferente respecto del amor contradice la razón, el sentimiento moral. Una fe que no se manifiesta por medio del amor no es verdadera; pero esta limitación no proviene de la fe misma.

Pero aunque los enemigos de la religión cristiana que hacen a ésta culpable de estas abominaciones tengan razón, por otro lado no la tienen, pues la religión no es sólo fe, sino tambien amor; estos actos contradicen y corresponden a la vez al cristianismo.

Con respecto al amor, el que está unido a la fe es falso, pues el amor no conoce otra ley que sí mismo. La contradicción del amor es que esté limitado por la fe cuando es divino por sí mismo; pero también es una contradicción que, estando limitado por la fe, opine que los actos de odio que se hacen, se hacen por amor de Dios. Este no es el verdadero amor: el amor verdadero se basta a sí mismo, no necesita de ninguna autorización, es la ley universal de la inteligencia y de la naturaleza.

28- APLICACIÓN FINAL
Se ha demostrado que el contenido de la religión es humano, que la teología es antropología y que el misterio del ser divino es la esencia humana.

No se pretende destruir la religión, sino criticarla y ver su verdadera verdad. Lo que es primero para la religión, Dios, es segundo de acuerdo a la verdad, siendo lo primero el hombre y Dios un vehículo para conocerse a sí mismo. La religión es la primera conciencia que el hombre tiene de sí mismo. Lo que es sagrado para la religión porque son mandamientos divinos,... debe ser sagrado para ti, en y por sí mismo.

Lo que hay que hacer con la religión para destruir la ilusión y restablecer la verdad es, invertir las consideraciones religiosas, ver lo secundario para ella como principal, lo que es un medio como un fin...


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Tesis de filosofía de la historia (1940)

martes 22 de mayo de 2007

Walter Benjamin
Traducción de Jesús Aguirre
Taurus, Madrid 1973


1
Es notorio que ha existido, según se dice, un autómata construido de tal manera que resultaba capaz de replicar a cada jugada de un ajedrecista con otra jugada contraria que le aseguraba ganar la partida. Un muñeco trajeado a la turca, en la boca una pipa de narguile, se sentaba a tablero apoyado sobre una mesa espaciosa. Un sistema de espejos despertaba la ilusión de que esta mesa era transparente por todos sus lados. En realidad se sentaba dentro un enano jorobado que era un maestro en el juego del ajedrez y que guiaba mediante hilos la mano del muñeco. Podemos imaginarnos un equivalente de este aparato en la filosofía. Siempre tendrá que ganar el muñeco que llamamos «materialismo histórico». Podrá habérselas sin más ni más con cualquiera, si toma a su servicio a la teología que, como es sabido, es hoy pequeña y fea y no debe dejarse ver en modo alguno.

2
«Entre las peculiaridades más dignas de mención del temple humano», dice Lotz, «cuenta, a más de tanto egoísmo particular, la general falta de envidia del presente respecto a su futuro». Esta reflexión nos lleva a pensar que la imagen de felicidad que albergamos se halla enteramente teñida por el tiempo en el que de una vez por todas nos ha relegado el decurso de nuestra existencia. La felicidad que podría despertar nuestra envidia existe sólo en el aire que hemos respirado, entre los hombres con los que hubiésemos podido hablar, entre las mujeres que hubiesen podido entregársenos. Con otras palabras, en la representación de felicidad vibra inalienablemente la de redención. Y lo mismo ocurre con la representación de pasado, del cual hace la historia asunto suyo. El pasado lleva consigo un índice temporal mediante el cual queda remitido a la redención. Existe una cita secreta entre las generaciones que fueron y la nuestra. Y como a cada generación que vivió antes que nosotros, nos ha sido dada una flaca fuerza mesiánica sobre la que el pasado exige derechos. No se debe despachar esta exigencia a la ligera. Algo sabe de ello el materialismo histórico.

3
El cronista que narra los acontecimientos sin distinguir entre los grandes y los pequeños, da cuenta de una verdad: que nada de lo que una vez haya acontecido ha de darse por perdido para la historia. Por cierto, que sólo a la humanidad redimida le cabe por completo en suerte su pasado. Lo cual quiere decir: sólo para la humanidad redimida se ha hecho su pasado citable en cada uno de sus momentos. Cada uno de los instantes vividos se convierte en una citation à l'ordre du jour, pero precisamente del día final.

4
Buscad primero comida y vestimenta, que el reino de Dios se os dará luego por sí mismo.
Hegel, 1807.

La lucha de clases, que no puede escapársele de vista a un historiador educado en Marx, es una lucha por las cosas ásperas y materiales sin las que no existen las finas y espirituales. A pesar de ello estas últimas están presentes en la lucha de, clases de otra manera a como nos representaríamos un botín que le cabe en suerte al vencedor. Están vivas en ella como confianza, como coraje, como humor, como astucia, como denuedo, y actúan retroactivamente en la lejanía de los tiempos. Acaban por poner en cuestión toda nueva victoria que logren los que dominan. Igual que flores que toman al sol su corola, así se empeña lo que ha sido, por virtud de un secreto heliotropismo, en volverse hacia el sol que se levanta en el cielo de la historia. El materialista histórico tiene que entender de esta modificación, la más imperceptible de todas.

5
La verdadera imagen del pasado transcurre rápidamente. Al pasado sólo puede retenérsele en cuanto imagen que relampaguea, para nunca más ser vista, en el instante de su cognoscibilidad. «La verdad no se nos escapará»; esta frase, que procede de Gonfried KeIler, designa el lugar preciso en que el materialismo histórico atraviesa la imagen del pasado que amenaza desaparecer con cada presente que no se reconozca mentado en ella. (La buena nueva, que el historiador, anhelante, aporta al pasado viene de una boca que quizás en el mismo instante de abrirse hable al vacío.)

6
Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo «tal y como verdaderamente ha sido». Significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro. Al materialismo histórico le incumbe fijar una imagen del pasado tal y como se le presenta de improviso al sujeto histórico en el instante del peligro. El peligro amenaza tanto al patrimonio de la tradición como a los que lo reciben. En ambos casos es uno y el mismo: prestarse a ser instrumento de la clase dominante. En toda época ha de intentarse arrancar la tradición al respectivo conformismo que está a punto de subyugarla. El Mesías no viene únicamente como redentor; viene como vencedor del Anticristo. El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza sólo es inherente al historiador que está penetrado de lo siguiente: tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer.

7
Pensad qué oscuro y qué helador es este valle que resuena a pena.
Brecht: La ópera de cuatro cuartos.

Fustel de Coulanges recomienda al historiador, que quiera revivir una época, que se quite de la cabeza todo lo que sepa del decurso posterior de la historia. Mejor no puede calarse el procedimiento con el que ha roto el materialismo histórico. Es un procedimiento de empatía. Su origen está en la desidia del corazón, en la acedia que desespera de adueñarse de la auténtica imagen histórica que relumbra fugazmente. Entre los teólogos de la Edad Media pasaba por ser la razón fundamental de la tristeza. Flaubert, que hizo migas con ella, escribe: «Peu de gens devineront combien il a fallu étre triste pour ressusciter Carthage». La naturaleza de esa tristeza se hace patente al plantear la cuestión de con quién entra en empatía el historiador historicista. La respuesta es innegable que reza así: con el vencedor. Los respectivos dominadores son los herederos de todos los que han vencido una vez. La empatía con el vencedor resulta siempre ventajosa para los dominadores de cada momento. Con lo cual decimos lo suficiente al materialista histórico. Quien hasta el día actual se haya llevado la victoria, marcha en el cortejo triunfal en el que los dominadores de hoy pasan sobre los que también hoy yacen en tierra. Como suele ser costumbre, en el cortejo triunfal llevan consigo el botín. Se le designa como bienes de cultura. En el materialista histórico tienen que contar con un espectador distanciado. Ya que los bienes culturales que abarca con la mirada, tienen todos y cada uno un origen que no podrá considerar sin horror. Deben su existencia no sólo al esfuerzo de los grandes genios que los han creado, sino también a la servidumbre anónima de sus contemporáneos. Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea a la vez de la barbarie. E igual que él mismo no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de transmisión en el que pasa de uno a otro. Por eso el materialista histórico se distancia de él en la medida de lo posible. Considera cometido suyo pasarle a la historia el cepillo a contrapelo.

8
La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el «estado de excepción» en el que vivimos. Hemos de llegar a un concepto de la historia que le corresponda. Tendremos entonces en mientes como cometido nuestro provocar el verdadero estado de excepción; con lo cual mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo. No en último término consiste la fortuna de éste en que. sus enemigos salen a su encuentro, en nombre del progreso, como al de una norma histórica. No es en absoluto filosófico el asombro acerca de que las cosas que estamos viviendo sean «todavía» posibles en el siglo veinte. No está al comienzo de ningún conocimiento, a no ser de éste: que la representación de historia de la que procede no se mantiene.

9
Tengo las alas prontas para alzarme,
Con gusto vuelvo atrás,
Porque de seguir siendo tiempo vivo,
Tendría poca suerte.

Gerhard Scholem: Gruss vom Angelus.

Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.

10
Los temas de meditación que la regla monástica señalaba a los hermanos tenían por objeto prevenirlos contra el mundo y contra sus pompas. La concatenación de ideas que ahora seguimos procede de una determinación parecida. En un momento en que los políticos, en los cuales los enemigos del fascismo habían puesto sus esperanzas, están por el suelo y corroboran su derrota traicionando su propia causa, dichas ideas pretenden liberar a la criatura política de las redes con que lo han embaucado. La reflexión parte de que la testaruda fe de estos políticos en el progreso, la confianza que tienen en su «base en las masas» y finalmente su servil inserción en un aparato incontrolable son tres lados de la misma cosa. Además procura darnos una idea de lo cara que le resultará a nuestro habitual pensamiento una representación de la historia que evite toda complicidad con aquella a la que los susodichos políticos siguen aferrándose.

11
El conformismo, que desde el principio ha estado como en su casa en la socialdemocracia, no se apega sólo a su táctica política, sino además a sus concepciones económicas. El es una de las causas del derrumbamiento ulterior. Nada ha corrompido tanto a los obreros alemanes como la opinión de que están nadando con la corriente. El desarrollo técnico era para ellos la pendiente de la corriente a favor de la cual pensaron que nadaban. Punto éste desde el que no había más que un paso hasta la ilusión de que el trabajo en la fábrica, situado en el impulso del progreso técnico, representa una ejecutoria política. La antigua moral protestante del trabajo celebra su resurrección secularizada entre los obreros alemanes. Ya el «Programa de Gotha» lleva consigo huellas de este embrollo. Define el trabajo como «la fuente de toda riqueza y toda cultura». Barruntando algo malo, objetaba Marx que el hombre que no posee otra propiedad que su fuerza de trabajo «tiene que ser esclavo de otros hombres que se han convertido en propietarios». No obstante sigue extendiéndose la confusión y enseguida proclamará Josef Dietzgen: «El Salvador del tiempo nuevo se llama trabajo. En... la mejora del trabajo... consiste la riqueza, que podrá ahora consumar lo que hasta ahora ningún redentor ha llevado a cabo». Este concepto marxista vulgarizado de lo que es el trabajo no se pregunta con la calma necesaria por el efecto que su propio producto hace a los -trabajadores en tanto no puedan disponer de él. Reconoce únicamente los progresos del dominio de la naturaleza, pero no quiere reconocer los retrocesos de la sociedad. Ostenta ya los rasgos tecnocráticos que encontraremos más tarde en el fascismo. A éstos pertenece un concepto de la naturaleza que se distingue catastróficamente del de las utopías socialistas anteriores a 1848. El trabajo, tal y como ahora se le entiende, desemboca en la explotación de la naturaleza que, con satisfacción ingenua, se opone a la explotación del proletariado. Comparadas con esta concepción positivista demuestran un sentido sorprendentemente sano las fantasías que tanta materia han dado para ridiculizar a un Fourier. Según éste, un trabajo social bien dispuesto debiera tener como consecuencias que cuatro lunas iluminasen la noche de la tierra, que los hielos se retirasen de los polos, que el agua del mar ya no sepa a sal y que los animales feroces pasen al servicio de los hombres. Todo lo cual ilustra un trabajo que, lejos de explotar a la naturaleza, está en situación de hacer que alumbre las criaturas que como posibles dormitan en su seno. Del concepto corrompido de trabajo forma parte como su complemento la naturaleza que, según se expresa Dietzgen, «está ahí gratis».

12
Necesitamos de la historia, pero la necesitamos de otra manera a como la necesita el holgazán mimado en los jardines del saber.
Nietzsche: Sobre las ventajas e inconvenientes de la historia.

La clase que lucha, que está sometida, es el sujeto mismo del conocimiento histórico. En Marx aparece como la última que ha sido esclavizada, como la clase vengadora que lleva hasta el final la obra de liberación en nombre de generaciones vencidas. Esta consciencia, que por breve tiempo cobra otra vez vigencia en el espartaquismo, le ha resultado desde siempre chabacana a la socialdemocracia. En el curso de tres decenios ha conseguido apagar casi el nombre de un Blanqui cuyo timbre de bronce había conmovido al siglo precedente. Se ha complacido en cambio en asignar a la clase obrera el papel de redentora de generaciones futuras. Con ello ha cortado los nervios de su fuerza mejor. La clase desaprendió en esta escuela tanto el odio como la voluntad de sacrificio. Puesto que ambos se alimentan de la imagen de los antecesores esclavizados y no del ideal de los descendientes liberados.

13
Nuestra causa se hace más clara cada día y cada día es el pueblo más sabio.
Wilhelm Dietzgen: La religión de la socialdemocracia.

La teoría socialdemócrata, y todavía más su praxis, ha sido determinada por un concepto de progreso que no se atiene a la realidad, sino que tiene pretensiones dogmáticas. El progreso, tal y como se perfilaba en las cabezas de la socialdemocracia, fue un progreso en primer lugar de la humanidad misma (no sólo de sus destrezas y conocimientos). En segundo lugar era un progreso inconcluible (en correspondencia con la infinita perfectibilidad humana). Pasaba por ser, en tercer lugar, esencialmente incesante (recorriendo por su propia virtud una órbita recta o en forma espiral). Todos estos predicados son controvertibles y en cada uno de ellos podría iniciarse la critica. Pero si ésta quiere ser rigurosa, deberá buscar por detrás de todos esos predicados y dirigirse a algo que les es común. La representación de un progreso del género humano en la historia es inseparable de la representación de la prosecución de ésta a lo largo de un tiempo homogéneo y vacío. La crítica a la representación de dicha prosecución deberá constituir la base de la critica a tal representación del progreso.

14
La meta es el origen.
Karl Kraus: Palabras en verso.

La historia es objeto de una construcción cuyo lugar no está constituido por el tiempo homogéneo y vacío, sino por un tiempo pleno, «tiempo - ahora». Así la antigua Roma fue para Robespierre un pasado cargado de «tiempo - ahora» que él hacía saltar del continuum de la historia. La Revolución francesa se entendió a sí misma como una Roma que retorna. Citaba a la Roma antigua igual que la moda cita un ropaje del pasado. La moda husmea lo actual dondequiera que lo actual se mueva en la jungla de otrora. Es un salto de tigre al pasado. Sólo tiene lugar en una arena en la que manda la clase dominante. El mismo salto bajo el cielo despejado de la historia es el salto dialéctico, que así es como Marx entendió la revolución.

15
La consciencia de estar haciendo saltar el continuum de la historia es peculiar de las clases revolucionarias en el momento de su acción. La gran Revolución introdujo un calendario nuevo. El día con el que comienza un calendario cumple oficio de acelerador histórico del tiempo. Y en el fondo es el mismo día que, en figura de días festivos, días conmemorativos, vuelve siempre. Los calendarios no cuentan, pues, el tiempo como los relojes. Son monumentos de una consciencia de la historia de la que no parece haber en Europa desde hace cien años la más leve huella. Todavía en la Revolución de julio se registró un incidente en el que dicha consciencia consiguió su derecho. Cuando llegó el anochecer del primer día de lucha, ocurrió que en varios sitios de París, independiente y simultáneamente, se disparó sobre los relojes de las torres. Un testigo ocular, que quizás deba su adivinación a la rima, escribió entonces:

«Qui le croirait! on dit, qu'irrités contre l'heure
De nouveaux Josués, au pied de chaque tour,
Tiraient sur les cadrans pour arréter le jour.»

16
El materialista histórico no puede renunciar al concepto de un presente que no es transición, sino que ha llegado a detenerse en el tiempo. Puesto que dicho concepto define el presente en el que escribe historia por cuenta propia. El historicismo plantea la imagen «eterna» del pasado, el materialista histórico en cambio plantea una experiencia con él que es única. Deja a los demás malbaratarse cabe la prostituta «Erase una vez» en el burdel del historicismo. El sigue siendo dueño de sus fuerzas: es lo suficientemente hombre para hacer saltar el continuum de la historia.

17
El historicismo culmina con pleno derecho en la historia universal. Y quizás con más claridad que de ninguna otra se separa de ésta metódicamente la historiografía materialista. La primera no tiene ninguna armadura teórica. Su procedimiento es aditivo; proporciona una masa de hechos para llenar el tiempo homogéneo y vacío. En la base de la historiografía materialista hay por el contrario un principio constructivo. No sólo el movimiento de las ideas, sino que también su detención forma parte del pensamiento. Cuando éste se para de pronto en una constelación saturada de tensiones, le propina a ésta un golpe por el cual cristaliza en mónada. El materialista histórico se acerca a un asunto de historia únicamente, solamente cuando dicho asunto se le presenta como mónada. En esta estructura reconoce el signo de una detención mesiánica del acaecer, o dicho de otra manera: de una coyuntura revolucionaria en la lucha en favor del pasado oprimido. La percibe para hacer que una determinada época salte del curso homogéneo de la historia; y del mismo modo hace saltar a una determinada vida de una época y a una obra determinada de la obra de una vida. El alcance de su procedimiento consiste en que la obra de una vida está conservada y suspendida en la obra, en la obra de una vida la época y en la época el decurso completo de la historia. El fruto alimenticio de lo comprendido históricamente tiene en su interior al tiempo como la semilla más preciosa, aunque carente de gusto.

18
«Los cinco raquíticos decenios del homo sapiens», dice un biólogo moderno, «representan con relación a la historia de la vida orgánica sobre la tierra algo así como dos segundos al final de un día de veinticuatro horas. Registrada según esta escala, la historia entera de la humanidad civilizada llenaría un quinto del último segundo de la última hora». El tiempo - ahora, que como modelo del mesiánico resume en una abreviatura enorme la historia de toda la humanidad, coincide capilarmente con la figura que dicha historia compone en el universo.

A
El historicismo se contenta con establecer un nexo causal de diversos momentos históricos. Pero ningún hecho es ya histórico por ser causa. Llegará a serlo póstumamente a través de datos que muy bien pueden estar separados de él por milenios. El historiador que parta de ello, dejará de desgranar la sucesión de datos como un rosario entre sus dedos. Captará la constelación en la que con otra anterior muy determinada ha entrado su propia época. Fundamenta así un concepto de presente como «tiempo - ahora» en el que se han metido esparciéndose astillas del mesiánico.

B
Seguro que los adivinos, que le preguntaban al tiempo lo que ocultaba en su regazo, no experimentaron que fuese homogéneo y vacío. Quien tenga esto presente, quizás llegue a comprender cómo se experimentaba el tiempo pasado en la conmemoración: a saber, conmemorándolo. Se sabe que a los judíos les estaba prohibido escrutar el futuro. En cambio la Torá y la plegaria les instruyen en la conmemoración. Esto desencantaba el futuro, al cual sucumben los que buscan información en los adivinos. Pero no por eso se convertía el futuro para los judíos en un tiempo homogéneo y vacío. Ya que cada segundo era en él la pequeña puerta por la que podía entrar el Mesías.


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“Intelectuales” de configuración variable: Sobre los camaleones y otros animales

lunes 21 de mayo de 2007

Emil Beraún Beraún[1]

“Mientras los leones no tengan sus propios historiadores, las historias de cacería, seguirán glorificando al cazador”
Proverbio africano
Libro de los abrazos de Eduardo Galeano

El presente estudio gira en torno a dos problemas fundamentales, que si bien han sido tratados por muchos, parece no haber sido en realidad aclarado y mucho menos entendido, el primer punto a tratar es sobre el mismo concepto de intelectual e intelectuales, concepto muchas veces clicheteado y utilizado por muchos para autodefinirse y denominarse sin necesariamente merecerlo o acercarse a ello siquiera; el segundo punto es el referido a esta interminable cuestión sobre el papel y el compromiso que deberían jugar estos “intelectuales” en momentos en donde sobran animales camaleónicos y escasean verdaderos educadores que se preocupen por las masas en su despertar de conciencia y en alterar el “bienestar social” en el cual estamos inmersos.

El pensamiento erróneamente generalizado es que los intelectuales viven y hacen profesión de su intelecto debido a que son personas muy inteligentes, que destacan y marcan diferencia sobre el resto, sobre los demás que son “ignorantes” y no piensan; frente a esto afirmo que no hay nada mas lejano de la realidad, pues acaso: ¿no todas las personas sea la profesión u oficio que ejerzan, no utilizan su intelecto también como forma de una buena aplicación a sus labores y de esa forma ganarse la vida?; por lo tanto todos en realidad somos “intelectuales” en cuanto al uso cotidiano de nuestra inteligencia, la única diferencia estriba en la finalidad y la aplicación que le damos a lo que conocemos.[2]


Allí entonces estriba la diferencia referida al trabajo “intelectual”, tal es así que mientras algunos lo utilizan para sus actividades cotidianas, algunos otros se especializan en el análisis crítico de la realidad, de la sociedad, e intentan darle una determinada explicación, he allí entonces la diferencia principal en cuanto al uso del intelecto, diferencia que radica sobretodo a la orientación dada, más no a la carencia del ejercicio y función intelectual.

Entre animales reaccionarios e intelectuales progresistas.

Dentro de este grupo de personas que hacen de su orientación intelectual hacia la sociedad una profesión, y que reciben el nombre típico de intelectuales, la situación de confusiones y mal-entendidos es también de lo más complicada, pues hay algo que también es muy importante recalcar y es que si bien el mismo concepto de intelectual permite ambigüedades conceptuales, esto no sucede con la función intelectual misma que deben ejercer estas personas, función intelectual que a su vez, define al intelectual como ente, pues creemos que el concepto no determina la función, sino más bien la función intelectual define al intelectual mismo, y esto trae consigo a su vez muchas categorías bajo las cuales siempre se ha buscado tipificarlo, categorías que subyacen de acuerdo con su posición frente a lo que acontece a su alrededor.

Tal es así que el intelectual ha recibido calificaciones tales como: Orgánico, institucional, progresista, reaccionario, universal, específico, revolucionario, empresario y hasta comparaciones absurdas con animales (afirmo son absurdas pues no se puede denigrar así a los animales y sobretodo sin su consentimiento) como topos, gallinas, camaleones, ¿reconocen a alguno?, ¿se les viene alguien a la mente? Sigamos.

El intelectual entonces si se encarga de criticar lo que sucede en su entorno, a su alrededor, se convierte en una especie de conciencia incómoda, en un impertinente, será alguien que estará inconforme con todo, con las fuerzas políticas y sociales, con el estado, el gobierno, con los medios de comunicación, se convierte prácticamente en un dolor de cabeza para los detentadores del poder, es un promotor de cambio, un progresista, un intelectual de izquierda, que ejerza su función intelectual fundamentalmente contra el poder hegemónico: el de los señores del dinero y quienes los representan en el campo de la política y sus ideas.[3]

Este tipo de función intelectual, en donde hay un compromiso con la sociedad, en donde primen los intereses comunes frente a los personalizados, en donde se busque una transformación estructural de la sociedad para mejor, insertando críticamente a las masas frente a lo que sucede y ha sucedido a su alrededor, conforma lo que Gramsci denominó por intelectuales orgánicos, es decir intelectuales que funcionan como un órgano unido con la sociedad.

Este sería por lo tanto el papel del intelectual comprometido, que haría de él mismo un obstáculo para los fines del sistema, se convierte en una piedra en el zapato, en un típico neurótico, y a su vez en un objeto y objetivo a destruir por el poder dominante, poder, que usará muchas formas para descalificarlo y también para seducirlo, para que donde antes había críticas, haya ahora justificaciones y legitimizaciones, y donde el compromiso sea ahora sólo consigo mismo.

Frente entonces a este tipo de intelectual que es una especie prácticamente en extinción, tenemos a otra que prácticamente prolifera a diario, un tipo de “intelectual” que hace de su función una mercancía, algo que se vende y se compra, un personaje que se institucionaliza, buscando siempre el ascenso material y “profesional”, pertenecientes a la derecha, sirven como multiusos: sepultureros del análisis crítico y la reflexión, una especie de teólogos neoliberales que con “dogmas” nos quieren convencer de una realidad virtual[4], y así como los de izquierda son una piedra en el zapato, es decir algo que incomoda, estos personajes son simples títeres, que se mueven al gusto del cliente.[5]

Al decir que se institucionalizan hablamos que ya no responden a un compromiso social, sino que responden a las instituciones que les pagan y de las cuales laboralmente forman parte (obviamente nunca estarán ideológicamente en contra de quien les da de comer) instituciones que están desvinculadas de un compromiso real con la sociedad y ocultan detrás de su velo de ayuda y servicio un trasfondo de legitimación social y marcado conservadurismo.

James Petras se refería a estos institucionales, como producto del reajuste intelectual producto de las dictaduras en América latina, luego del ocaso de éstas y del regreso de los exiliados, muchos de ellos cayeron en la seducción de la lucha por la “democracia” e iniciaron su trabajo en organismos estatales, o buscaron desesperadamente becas como forma de seguir su avance profesional,[6] (no es malo el postular y recibir becas, siempre y cuando no atenten contra tus principios de lucha, aunque sabemos ya del trasfondo de muchas becas otorgadas por las grandes fundaciones, no se olviden quién les da de comer…….y sobretodo que buscan en ustedes………..)

Así mucho intelectuales de izquierda, por huir a la descalificación o presas de la seducción (premios, becas, nuevos espacios) pasaron a engrosar las filas de la derecha, pasaron a convertirse en reaccionarios, en entes y personajes que critican sí, pero critican el cambio, la transformación, el movimiento, la rebelión.

Para darnos cuenta de una manera fácil, como es el grado de escasez del intelectual orgánico y progresista, basta con girar a nuestro alrededor, basta con mirar el panorama que nos rodea, ¿Qué vemos?, vemos acaso algún personaje perseguido, que cuestione todo, inconforme con todo, “enfermo”, que busque un cambio, pero ojo eficaz y comprometido, o vemos intelectuales sacando cara por quién no la merece, justificando la sin razón, casi peleándose por salir en televisión, o celebrando la última edición de su último libro, seguro costoso, intrascendente, y que sólo se circunscribirá a la “élite” intelectual.[7] (¿Ya reconocieron a alguno? Yo a casi todos)

Tal es así que estos “ilustres” personajes se hacen merecedores a una comparación que parecerá hasta jocosa, pero que más que risa da lástima y es la siguiente: Heinz Dieterich afirma que si George Orwell hubiera girado su sátira de la revolución rusa en torno al papel de la izquierda y los intelectuales, en vez de utilizar a los perros y gatos como animales dominantes, hubiera escogido a los topos y gallinas, apoyados por los camaleones.[8]

Estos animales que son dominantes gracias a sus dotes rastreras, merecen muy al pesar de los mismos animales el símil, pues donde están estos personajes cuando la sociedad los necesita a gritos y ellos les dan la espalda, dicho más en contexto se “entierran” como topos, le huyen como gallinas a su responsabilidad, pero dicho mejor, y creo es el caso más común utilizan su inteligencia emocional sólo para ser camaleones sociales, y en este caso configurarse variablemente de acuerdo a sus necesidades, necesidades personales, propias, y en búsquedas de éxito, un éxito hueco y falso, en búsqueda de renombre o bienestar, pero no social, sino personal.

Entre el saber y el poder: El intelectual y su verdadera configuración.

En la época medieval el saber y la verdad estaban monopolizados, la verdad pertenecía a los religiosos y era conferida por el mismo dios, no existía posibilidad de duda o crítica, esta asociación iglesia-estado (cesaropapista) era justificada por una asociación también de saber-poder, en donde el conocimiento confería la base y sustento legitimador al medioevo.

Pero esto cambiaría con el ascenso del mundo moderno y de la razón, cambio que produce una ruptura del monopolio de la verdad y del poder, no circunscrito ahora a la inteligencia clerical y en donde si bien el estado moderno aglutinaría para sí, poder político, económico, social y hasta simbólico, debido a que la verdad no era ahora conferida celestialmente, se daba la posibilidad de crítica y búsqueda de mejores alternativas frente a la imagen estatal, esto traería consigo una pugna ahora de grupos por el poder y por la “verdad”.

Dentro de este proceso de tránsito hacia una sociedad moderna y posmoderna, en donde hay una pugna de saberes y poderes, caben entonces las siguientes preguntas: ¿Cuál es el papel de los tan mentados intelectuales dentro de todo este proceso? ¿Debe o no debe tomar el intelectual partido por algunos de estos grupos que buscan su legitimización? O como se cuestiona Nina Brunni[9], ¿Es el intelectual una figura decorativa si se desliga del poder?

Previo a un acercamiento de resolución a las presentes cuestiones, se hace necesario y urgente algunas aclaraciones previas referidas a la posmodernidad, su crítica al marxismo y al papel del estado, y sobretodo el significado dado al poder.

La posmodernidad considerada como una manifestación cultural, se haría presente primero en las artes, luego en la arquitectura, para pasar luego a influir en el modo de vida circunscrito por lo económico, el consumo, y las imágenes[10]; llegando así luego a influenciar todo el campo de conocimiento y por ende también a las ciencias sociales.

Si antes se consideraba un planteamiento verdadero en la medida que coincidía con la realidad, ahora un enunciado es verdadero en la medida que coincida y sea justificado con lo que busca significar, ahora no interesa si algo es en realidad verdadero, interesa la performatividad y hasta la “imaginación” con la cual justifiques “tu verdad”, así entonces cada quién tiene la posibilidad de elevar como válido y verdadero su propio discurso.[11]

Ahora entonces la verdad depende del discurso y no de la realidad, por lo tanto existirán muchas verdades en la medida de las personas que las busquen sustentar y justificar, de allí el hecho de la existencia de múltiples verdades, llegando incluso al exagerado pragmatismo sobre la verdad.[12]

La historia entonces cae en una absoluta relativización sobre la verdad, mucha razón tiene Marvin Harris cuando afirma que para los posmodernos la verdad no es otra cosa que una ficción convincente”[13]

Este planteamiento aplicado a la historia hace posible la existencia de tantas “historias” como historiadores se preocupen en un determinado tema, haciendo imposible siquiera algún acercamiento a generalizaciones y por ende la posibilidad de construcción de una historia científica, ya no hay consenso por una “verdad” sino que el consenso muchas veces forma “verdades”.

Si la historia está más cercana por ende a un arte o a la literatura que a una disciplina científica, y si los grandes relatos “han muerto” producto de la pluralidad de verdades, los metarrelatos como el marxismo, y por ende las explicaciones estructurales, se dejan de lado por explicaciones en micro y específicas.[14]

La posmodernidad entonces no sólo relativiza la verdad, minimizando ahora el papel trascendente de la historia en los cambios sociales, sino además gracias a este giro cultural y sus reflejos en la sociedad,[15] surgió un planteamiento que afirmaba el fin de la historia, de una historia de cambios y transformaciones, dando paso a la alabanza al neoliberalismo económico y a la democracia a lo united states, que conducirían inexorablemente a la humanidad hacia el tan anhelado progreso, en donde hablar de luchas sería considerado como algo inadmisible, no podría ser considerado un mejor presente y futuro.[16]

Tal es así que el marxismo es visto y apreciado como algo obsoleto, algo pasado de moda e inaplicable al presente en el cual nos encontramos inmersos, la cuestión es que tanto de lo referido es cierto, o más bien que tanto de esto no es ya del todo conveniente.[17]

En la década de los sesentas y setentas muchos acusaron al marxismo de dogmático y determinista, por su intención de querer ser aplicado a todo tipo de contexto, de poseer un reduccionismo económico, una interpretación de los modos de producción consecuentes y de un progreso lineal unidireccional, todo esto por culpa no sólo de aquellos “marxistas” que siguieron religiosamente y cual dogma ideas consideradas por ellos inmutables; (pero que más bien debían de sufrir variación y adecuarse de acuerdo a los nuevos contextos y a las nuevas necesidades), además también muchos de los errores en la concepción de Marx se debe a lo que se denominó el marxismo de manual, es decir a ese marxismo enseñado y aprendido sin siquiera una lectura atenta y propia de los textos directos, problema que por ejemplo persiste hasta hoy, donde es muy común y lamentable la opinión y descalificación de Marx, sin siquiera haberlo consultado ni leído.[18]

Esto parece también haber sido problema para algunos representantes de la posmodernidad, y sobretodo en lo referido al poder: Michael Foucault en su microfísica del poder afirma que éste no existe como algo concreto, como una substancia, como algo que se pueda simplemente tomar, sino más bien que existe como algo relacional, (como sucede en esta relación saber-poder por ejemplo)como algo microfísico que se mueve y manifiesta a todo nivel, ya no basta simplemente con derribar las instituciones o estructuras, sino más bien cambiar las relaciones por la cual este poder ahora se manifiesta y funciona.

A su vez realiza una crítica desde su peculiar punto de vista a lo que él considera la postura tradicional marxista, por la cual se concebiría al poder más bien como algo substancial, como algo concreto que se puede tomar como un poder sólo perteneciente a una clase dirigente y representado sólo en las instituciones, así afirma Foucault, el error sobretodo en la revolución rusa y motivo de su fracaso fue creer que todo cambiaría, al cambiar sólo las estructuras(toma del estado) quedando las relaciones de saber y poder- en donde el saber sustenta al poder- intactas, manteniendo y reproduciendo la dominación.

Vale la aclaración en algunas definiciones: Marx concebía el estado como grupo de personas pertenecientes a la clase dominante que poseían y manipulaban a su antojo los medios de producción, ejerciendo una opresión a las mayorías y acrecentando las desigualdades y contradicciones sociales, contradicciones que originarían un proceso revolucionario llevado a cabo por el proletariado, como única salida hacia una sociedad justa e igualitaria.[19]

Sólo mediante una revolución, se podría dar término entonces a la hegemonía de la clase dominante y a la “democracia” otorgada, al ser tomado el poder político ahora por las masas, y debido al proceso de transición del capitalismo al comunismo mediante la dictadura del proletariado, y darse por lo tanto fin a la resistencia capitalista y a la misma desaparición entonces de las clases sociales, el estado dentro de su proceso de transición, se haría innecesario.

La lucha por lo tanto contra el poder estatal, se debía a que ejercía una opresión política, social y económica a todo nivel que agudizaba las contradicciones sociales, era imposible el concebir una sociedad justa e igualitaria sin transformar la estructura que le daba soporte, sin cambiar por lo tanto también las relaciones de poder en las cuales éste se manifestaba, una lucha por una transformación de la sociedad que no ataque al estado era algo ficticio, por lo tanto querer cambiar las relaciones microfísicas de poder sin llevar a cabo un cambio en realidad estructural de lo que representa el estado es pisar sobre vacío, es maquillar la realidad, “luchar” contra las especificidades eso sí es algo meramente “substancial”, eso sí es pura y vana ilusión.

Y es en la definición sobre esta posición referente a la necesidad de luchas y cambios estructurales donde al camaleón se le quita la posibilidad de colorearse a su gana, aquí la diferencia entre un intelectual de “izquierda” y uno de derecha se disipa, reconociéndolos iguales frente a su trasfondo conservador.

Se califica normalmente a los “posmodernos” de ausencia de compromiso social, sin embargo muchos de los calificados dentro de esta moda, parecieran darnos la contra realizando y efectuando críticas al sistema, el punto a tratar aquí sería de que tipo de crítica real estamos hablando, Foucault por ejemplo tenía y sigue teniendo razón al afirmar que el poder dominante se manifiesta en todos los frentes de forma casi invisible y que hay que “luchar” contra él[20], sin embargo plantea y lo veremos más adelante, una lucha específica, sin trascendencia real, pues en su trasfondo le dan legitimidad al mismo sistema manifestando un alto grado de conservadurismo evidenciado por un cambio sólo superficial, ante esto y si como mencionábamos al intelectual lo define su función más que su propia definición, su “praxis” entonces los delata.

Es entonces la verdadera praxis: la consecuencia de la acción frente a lo que se teoriza, pero sobretodo teniendo como objetivo y fin el socavar los pilares de dominación, lo que define al intelectual progresista en sí, es la práctica la que nos permite dejar de ser posmodernos y conservadores.[21]

Si analizamos entonces la figura y el papel del intelectual en su lucha por un cambio en la forma de conformación y manifestación contra el poder[22] dominante, que tenga como resultado un cambio estructural, y teniendo en cuenta la disputa en las diferentes esferas de poder, donde se hace necesario también una “lucha” contra estas modas que así lo nieguen muchos colabora con el poder “de arriba” , se hace necesario entonces que el intelectual tome partido[23], que sea revolucionario,[24] que tome una posición definida que de paso hacia una verdadera configuración; dentro de la historia sabemos se elabora una desde arriba y oficial y una desde abajo, cada cual con sus subjetividades e intereses, cada cual con sus propios consensos, y con finalidades diferentes,[25] es momento ya de enlistarse y tomar postura, dar termino al eterno debate sobre el juzgar y comprender,[26] sobre el ver la historia desde dentro, o desde una burbuja y desde fuera; tomar partido y ser consecuentes; esta especie de intelectuales y de historiadores no es un secreto está cerca de la extinción total y el colapso.

Y esto se evidencia pues lo que apreciamos a diario son personajes inconsecuentes consigo mismos, nos rodea una especie lejos de la extinción, nos rodea un animal camaleónico que posee una configuración variable, que se acomoda de acuerdo con las determinadas inclinaciones de la balanza del poder-saber, siendo así que “se pasa” de un lado a otro sin mayores problemas, un día son ultraderechistas, y al otro fácilmente son izquierdistas comprometidos, y que para al fin de semana son ya de centro ( de centro? ), curioso tipo de intelectual, en donde su búsqueda no tiene nada que ver con lo social, sino sólo con su bienestar personal.

Se es frío o se es caliente, se está a favor o en contra, se critica o legitima, no hay posiciones intermedias, por eso mismo si el intelectual cumple con su verdadera labor de orientar su mirada hacia la sociedad, debería salir de su papel de reaccionario y buscar un cambio social, pero esto también dependerá del grado de compromiso que posea, de un compromiso que lo lleve a tomar partido por las masas, a dar la cara por ellas, aquí el mismo intelectual se des-animaliza, y ya no toma favor de acuerdo a la balanza, sino que él mismo busca equilibrarla para el lado izquierdo, el lado real.[27]

Basta analizar ahora, la relación intelectual-poder, es decir entre la forma de manifestación del intelectual mismo frente a su compromiso social y la lucha contra el poder, y aquí también vale hacer algunas aclaraciones previas: Foucault en verdad y poder, criticaba el papel de los intelectuales “sartreanos” post mayo del 68, debido a que consideraba que ellos mismo reproducían las relaciones de poder dominante en su forma de conscientizar, afirmaba que este tipo de intelectual se creía poseedor de la verdad, se creía un mesías con la capacidad de liberar a un rebaño ignorante que necesitaba de él, de él que conocía y estaba en un nivel superior.

Afirmaba también en su charla con Deleuze en su microfísica del poder; que este supuesto grupo necesitado de una urgente concientización, conocería aún mejor su propia realidad sobre alguien que viene sobretodo de una extraña, y que las propias masas estarían concientes de sus problemas y realidades, siendo el mayor problema la barrera impuesta por la misma sociedad-incluyendo al intelectual- que hace posible la ausencia y trascendencia de una teoría que parta de ellas mismas.

Considero personalmente que si bien hay mucho de cierto en esto, en cuanto a la creencia de muchos de los intelectuales de haberse creído y creerse superiores a los que deben de conscientizar- lo cual reproducía y reproduce el discurso dominante- y a la importancia que las masas planteen sus propias teorías[28] producto de que viven en su realidad; cabe plantearse el siguiente cuestionamiento: obviamente las masas son más concientes de su realidad sobre el intelectual que lo ve con el sesgo de pertenecer muchas veces a una diferente, pero si uno crítica y formula teorías en base a lo que conoce, resulta que mientras más se conozca, mucho más trascendente y profunda será la teorización en todo nivel.

El problema aquí es que a las masas, al pueblo, siempre se les niega la posibilidad de conocer más allá de su propia cotidianidad, es labor del intelectual aquí no sólo dar a conocer la propia teoría elaborada por el pueblo mismo, sino hacer posible también universalizarles las problemáticas.

Así tenemos entonces la necesidad de un mayor conocimiento total y estructural que es imposibilitado hacia las masas, hacia el pueblo[29], y tenemos necesidad también de un conocimiento sobre las verdaderas necesidades de las masas mismas por parte del intelectual, una relación de educación y toma de conciencia mutua se hace necesaria[30], en donde al haber una mayor inserción crítica se haga posible la elaboración de una teoría ahora universal, en donde la práctica misma tenga como finalidad un cambio estructural, partiendo de las luchas simultáneas ante cualquier manifestación del poder dominante.[31]

Aquí entonces queda en algo avizorado la verdadera configuración que debiera tener el intelectual, entendiéndose por éste a cualquier persona que oriente su reflexión y acción hacia lo social: Un compromiso consecuente con la sociedad, en donde tomando partido por una transformación social, busque construir poder desde abajo, haciendo posible que las masas conociendo la problemática social en su relación estructural busquen un cambio real, solo así se podrá luchar contra la ideología dominante, luchar contra el poder y todas sus manifestaciones y modas pasajeras, vulgarizando el conocimiento, universalizando el acceso a los universal, evidenciando más que nunca las contradicciones sociales.

Gramsci afirmaba que se debería llegar a una situación en donde el pueblo no sólo sienta, sino reflexione, y donde el intelectual, no sólo reflexione, sino que también sienta, considero a su vez que el pueblo reflexiona, y que el intelectual siente, pero se hace necesaria una reorientación en donde ahora se clarifique los sentimientos y reflexiones, donde el pueblo ahora reflexione no sólo sobre su cotidianidad sino sobre lo trascendente y estructural, sobre todo lo que le rodea y oprime, y el intelectual sienta, pero sienta ahora no sólo para sí mismo, sino más bien que se sienta en un todo orgánico unido con la sociedad y sus problemas.

Para finalizar basta ahora una sola pregunta: ustedes mis amigos y compañeros: ¿qué piensan? ¿Qué sienten? ¿Darán la cara, o darán la espalda? Pero sobretodo dejarán de ser conservadores allí donde el cambio estructural es visto de mala forma y manera, consecuencia amigos, consecuencia…………

Notas



[1] El presente artículo es dedicado a mi amigo Carlos Lazo, al conmemorarse un año de su alejamiento.
[2] Gramsci afirmaba que todos los hombres en realidad son intelectuales, pero no todos juegan el papel social de intelectuales. Para Gramsci el intelectual no debe verse ni creerse como un grupo apartado de la sociedad, sino más bien ser un solo cuerpo con ella, para así poder manifestar su sentir.
[3] Subcomandante insurgente Marcos, “Oximorón: La derecha intelectual y el fascismo liberal” en el Correo de la selva, México 2001, Pág. 118-124.
[4] Ibidem. Pág. 125 y ss.
[5] Sin embargo La problemática no es tan simple y como veremos también hay mucho de crítica hacia aquellos que no se consideran “tránsfugas”, hacia aquellos siempre izquierdistas, pero cuyo discurso en su trasfondo conservador es indistinguible del típico intelectual posmoderno, volveremos sobre este punto más adelante.
[6] Petras, James, “La metamorfosis de los intelectuales en América latina” en revista Kachkaniracmi Pág. 58-65.
[7] Chomsky en su texto como mantener en raya a la plebe pone énfasis en como los “intelectuales” ofrecen su imagen justificando lo injustificable, dando pie a influencia social por lo que significa que una persona con su re-nombre así lo diga, así tenemos por ejemplo personajes en el new york times afirmando cuando analizan la realidad económica de América Latina que la pobreza se debe al despilfarro del dinero con que Estados Unidos en su papel se benefactor mundial amablemente nos otorga.
[8] Heinz Dieterich, Los intelectuales y su rol, artículo extraído de internet, perteneciente a una conferencia celebrada en el Ateneu Barcelones, 16 de abril de 2004. ver: www.rebelion.org
[9] Brunni Nina, Modernidad, intelectuales y posmodernidad, ¿existe una sociología de los intelectuales? En http://saskab.uqroo.mx/num2/num-2-04.html
[10] Perry Anderson hace un recuento de la posmodernidad, desde su aparición en la poesía , hasta llegar a las ciencias, así como una aproximación a la manifestación de lo que se considera la cultura posmoderna, se refiere a “la saturación de cada poro del mundo por el suero del capital” en base a lo referido por Fredic Jameson en su texto: El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado( 1984), siendo jameson un critico literario marxista, que es el primero en ir esbozando la lógica posmoderna; se refiere Anderson también a la maquinaria visual y sus efectos mediáticos, la “muerte” del sujeto y la preponderancia de la emotividad en desmedro de la razón, ver: Anderson, Perry, Los orígenes de la Posmodernidad, Anagrama, Barcelona, 1998. Pág. 77-107.
[11] Para una aproximación de estudio a los diferentes tipos de enunciados y a la muerte de los metarrelatos frente a la legitimación ahora por autoridad (expertos) o por la “imaginación” véase: Lyotard, Jean François, la Condición posmoderna, Pág. 79-98. para ver también el aspecto referido a las múltiples verdades ver: Norris, Christopher, Teoría Acrítica, pág. 21 y ss.
[12] Se puede apreciar para el caso específico de la historia el texto de Certeau, Michael, la escritura en la historia, en donde afirma que la historia es como una página en blanco en donde los historiadores la “llenan” en base a su punto de vista, así entonces tenemos no una historia en sí, sino múltiples historias, cada cual con la misma valides que la otra, cada historiador tiene su historia pero no la historia en sí. Pág. 22-30. También es conocida la postura del pragmatismo en donde no importa si algo es en realidad verdadero, siendo lo más importante es sí esa “verdad” construida es útil, así podríamos remontarnos hasta William james (1842-1910), y su famosa postura sobre Dios, en donde no se sabía a ciencia cierta sobre su existencia, pero si convenía aceptarla como válida, pues normativizaba moralmente a la sociedad, planteamientos que podrían a su vez rastrearse hasta Inmanuel Kant en su razón práctica y en su texto sobre la Religión dentro de los límites de la mera razón.
[13] Harris, Marvin, Teorías de la cultura en la era posmoderna, Crítica, Barcelona, 1999. Pág. 154
[14] Ahora el lazo social ya no es dado por los grandes relatos sean de emancipación o especulativo (progreso), es dado ahora por el lenguaje y sus “juegos”.
[15] Para profundizar más sobre la cultura posmoderna y sus implicancias ver: Jameson Frederic, El giro cultural, manantial, Buenos Aires, 1999.
[16] Fukuyama, Francis, ¿El fin de la historia? En: Revista National Interest. 1988.
[17] Aquí podemos apreciar lo pernicioso de desconocer los planteamientos marxistas, planteamientos que se han y deben adecuarse de acuerdo al cambio de contexto, América latina representa un lugar casi inhóspito en donde deben desarrollarse planteamientos de acuerdo a sus propias necesidades, no es útil el catequetismo y el dogmatismo.
[18] Para un estudio de la diferenciación entre marxismo dogmático y el verdadero pensamiento marxiano, ver Fontana. Joseph, La Historia después del fin de la Historia, Crítica. Barcelona, 1992. Pág. 144 y ss. Para tener también un alcance sobre la desmitificación de muchos de los mitos elaborados por el mal entendimiento y mala apreciación del marxismo véase el clásico: Chesneaux, Jean, ¿Hacemos tabla rasa del pasado? Siglo XXI editores, México, 1977. sobretodo pág. 29-39; 170-179. Además se recomienda la lectura básica de textos como el manifiesto, los manuscritos económico-filosóficos, 18 de brumario e ideología alemana, el capital, etc. Esto para tener un conocimiento previo que haga posible una adecuada reflexión así como un adecuado pronunciamiento.
[19]
[20]
En párrafos precedentes hacíamos mención sobre algunos breves aspectos de la posmodernidad, y esto con la intención de hacer notar el problema también al que nos enfrentamos, no sólo en el aspecto del modus vivendi, sino en el ámbito académico, y para corroborar aquí que el señor Foucault tenía razón, no es acaso esa moda posmoderna un manifestación del poder dominante que se hace presente y evidente en todo ámbito, colegios, academias, y sobretodo universidades, no me dejarán mentir mis compañeros de la facultad de sociales, ¿o sí?
[21]
El posmodernismo tiene como esencia un conservadurismo y representa en muchos casos una lógica cultural de reproducción del sistema capitalista, además muchas veces cuando creemos luchar contra el sistema quedándonos en la pura crítica teórica nos “movemos” sólo bajo los parámetros mismos que nos son permitidos, el estado actualmente nos permite nuestra propia catarsis, para que sintamos que trasciende nuestra limitada “libertad” de movimiento, sólo en realidad trascendemos realmente los parámetros cuando llevamos a cabo una praxis en relación consecuente con la teoría.
[22]
El significado de poder relacionado con el intelectual se define como la posibilidad de que junto a las masas sea recuperada la libertad de llevar a cabo la ejecución de su propio destino, de la solución de sus verdaderas necesidades.
[23]
Hay muchas opiniones al respecto, Claude Lefort afirma que el intelectual debe participar en la disputa de ideologías para la legitimidad misma de la interpretación social, Zygmunt Bauman afirma también que el intelectual debe cuestionar el orden político y social, para legitimarlo o para criticarlo, Mannheim afirma la necesidad que el intelectual elabore una síntesis de todos los puntos de vista, que permita a su vez el desarrollo de los sectores sociales. Ver estos planteamientos en Brunni Nina, op cit. También se hace necesario revisar al clásico también Kon, I.S. , El idealismo filosófico, Platina, Argentina 1962, sobretodo pág. 242-253; también para seguir analizando la importancia de la toma de partido ver: Aguirre Rojas, Carlos, El antimanual del mal historiador, ediciones desde abajo, Bogotá, 2002. Aquí el autor nos menciona dentro de los 7 pecados capitales del mal historiador, la neutralidad y la ausencia de partidismo como el sexto pecado, Pág. 48-50.
[24]
La verdadera característica de un historiador revolucionario es manteniendo una relación dialéctica entre su teoría y su práctica, contribuyendo a la construcción de una conciencia histórica, una postura muy distante frente a lo que se considera un historiador señor, cliente o empresario, ver: Lazo, Carlos, “Historia e Historiadores sociales en la historia del Perú siglo XX” en revista praxis, año 3, número 4, pág. 13-27.
[25]
Se sabe que en la historia no hay cien por ciento objetividad, si hablamos de una historia desde abajo y una desde arriba, cada cual caerá en la subjetividad y parcialidad de defender su punto de vista, la historia desde arriba buscará formar consenso frente al puro comprender y justificar, mientras la historia desde abajo complementará el transformar y criticará, cada quién defenderá su posición, con la diferencia que unos estarán a favor de la sociedad y otros a favor de sí mismos, pudiendo así apreciar su distinta finalidad. La diferencia estriba entonces en la construcción científica con un hilo conductor social por parte de la historia desde abajo, frente a la zigzagueante en el mar de loa modas.
[26]
La crítica parte hacia la posición denominada burguesa de la escuela de los annales en su postura referente al comprender y no juzgar, se calificó como un objetivismo burgués, pues se buscaba una simple comprensión de la realidad, quedando su transformación dejada de lado. Para analizar esta pugna entre lo planteado por Bloch, Febvre y el marxismo, véase: Kon op cit. Pág. 223-241, para analizar la crítica hacia la larga duración Braudeliana ver: Chesneaux Jean. Op.cit. Pág. 148-158.
[27]
No es mi intención caer aquí en un reduccionismo maniqueo sobre bueno-malo, sino simplemente manifestar que la posición de compromiso frente a la sociedad tiene que partir de las propias necesidades sociales, la pregunta a efectuar aquí sería que tanto conviene a la misma problemática social posiciones intermedias y eclécticas, la solución no parte de cuestionar hacia que postura me dirijo acomodándome, sino más bien se parte de la interrogante: ¿qué es lo que necesita la sociedad? No creo que en dicha respuesta haya cabida para los referidos eclecticismos. Claro está y soy muy conciente de ello, la izquierda urge de una reorientación y de nuevos proyectos, apartándose sobre todo de las pugnas de intereses y de infantilismos, este tema que urge de análisis necesitaría de un mayor espacio que desborda estas pequeñas páginas.
[28]
Michel Foucault planteaba la necesidad de que las propias masas, concientes ya de su propia realidad, elaborasen sus propias teorías y no simplemente respondan a una práctica de teorías impuestas por algún conocedor y portador de la verdad, se hace necesario que las masas tomen conciencia no sólo ahora como saber, sino también como sujeto. Afirmaba también que dicha teoría debería ser local o regional, debido a su elaboración específica del entorno circunscrito donde se luche contra la manifestación del poder, allí donde se hace más invisible e insidioso. Entrevista a Michael Foucault por Gilles Deleuze, Microfísica del poder, editorial la epiqueta, Madrid. Pág. 77-86.
[29]
Las masas tanto en el campo como en la ciudad son víctimas de una ofensiva simbólica y mediática en donde se les presenta una realidad virtual que hace posible un desconocimiento sobre la sociedad en real, se les condiciona un consenso, se les forma una opinión, se hace necesario y urgente entonces la creación de alternativas de difusión, en donde este mismo personaje denominado intelectual sea a su vez también un medio de difusión alternativa, ver: Beraún Emil, “Rompiendo el consenso: una contraofensiva al efecto mediático de los medios de comunicación de masas”, en revista Praxis n 4, 2005.
[30]
Aquí nos referimos al tipo de educación horizontal y sin invasión cultural planteada por Paulo Freire, ver: la pedagogía del oprimido, educación como práctica de libertad, así como Extensión o comunicación en el medio rural.
[31] El poder se manifiesta en todos lados: en la universidad, poder judicial, en un manicomio, etc. Se hace necesaria una lucha contra todo este tipo de manifestaciones que no son otra cosa que el reflejo del poder y discurso dominante, y por ende se hace necesaria también la elaboración de teorías por parte de los que están “al otro lado”, sin embargo si la finalidad es un cambio estructural que busque una igualdad social, que hará posible a su vez un desvanecimiento del poder, se urge de una teoría universal por parte de las masas, no sólo conectando las especificidades, sino ampliando el panorama hacia lo total.

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Epopeya: primer capítulo

César Arias Quincot

El domingo 6 estaba enfermo –y lo seguí estando toda esa semana–, sin embargo, ello no me impidió ver el documental chileno Epopeya, que trasmite una visión de ese país acerca de la Guerra de 1879. Desde mi particular punto de vista (soy licenciado en historia pero nunca he profundizado en el siglo XIX), es un documental interesante, bien estructurado y que busca tratar de entender los puntos de vista predominantes en los países vencidos por Chile en ese conflicto.

A través del documental es posible entender la razón subyacente de haber procedido así y no haber elaborado un especial con un discurso patriotero, militarista y triunfalista. Creo que si gobernara la derecha pinochetista, nostálgica de la dictadura, las cosas hubieran sido así, sin duda alguna; sin embargo, ahora gobiernan las fuerzas democráticas y progresistas que tienen una perspectiva diferente.

Para ilustrar la veracidad de este argumento, recuerdo a los lectores que cuando se vivió el centenario de aquel conflicto (1979), nosotros vivíamos las horas finales de la dictadura, pues el general Morales Bermúdez había decidido proseguir con la trasferencia democrática y los chilenos soportaban el oprobio de un régimen arbitrario represivo. En ese contexto, es muy interesante recordar las opiniones de la revista chilena Mensaje.
Se trata de una publicación católica progresista –algunos aquí dirían que es “caviar”– editada por los jesuitas y que tenía la extraña virtud –en una dictadura– de publicar editoriales muy claros, sin circunloquios ni medias palabras. Mensaje dijo que la guerra no fue un conjunto de acciones heroicas de los chilenos y que también ellos cometieron crímenes de guerra.

Decir cosas de este tipo en plena dictadura militarista y patriotera requería valor, pero mostraba que había, y hay, en Chile personas que piensan diferente y son capaces de elaborar un discurso distinto. Creo que los autores de Epopeya han sido influidos, por lo menos parcialmente, por una visión más objetiva del conflicto.

Un aspecto interesante es presentar versiones bolivianas y peruanas, además de las chilenas. El historiador peruano Nelson Manrique tuvo varias y lúcidas intervenciones, pero el punto más conflictivo es el de la causa inmediata de la guerra: la violación por Bolivia de un tratado, y allí, lógicamente, predomina la perspectiva del país del sur.

El documental fue preparado para el público chileno y se le quiere dar también las perspectivas de quienes perdimos la guerra. Ello es bueno porque les permitirá entender que existen otras perspectivas y no solo la suya. También lo sería para nosotros, porque nos hace ver la perspectiva chilena y las propias reflexiones hechas por ellos en la actualidad. No me sorprendió la forma positiva en que se presentó a Grau; recuerdo que leí, en mi primera visita a Santiago, en el monumento a Pratt, la carta de Grau a la viuda del marino chileno.

Artículo publicado en El Peruano el 21 de Mayo del 2007

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Apuntes para la historia del Diario Oficial El Peruano

lunes 14 de mayo de 2007

Víctor Arrambide Cruz

Nota: Este artículo es parte de un trabajo más elaborado que busca estudiar la historia del El Diario Oficial El Peruano dentro del desarrollo periodístico nacional.

Nuestro actual diario oficial apareció por primera vez en Lima un sábado 22 de octubre de 1825, con el nombre de El Peruano Independiente, un periódico “oficialista” creado por Simón Bolívar, quien ordenó a Tomás de Heres editar una publicación que apoyara su presencia en el Perú. En mayo de 1826, el Ministerio de Gobierno lo declaró oficial y mandó se insertaren en él los avisos, documentos relativos a la administración pública, denominándose simplemente El Peruano desde el 13 de mayo. Su primer de editor como órgano oficial fue el clérigo Lucas Pellicer.

El Peruano empezó a publicar disposiciones legales desde el 15 de noviembre de 1826, en la sección “Parte Oficial”. El Registro Oficial, que se publicaba para tal fin, salía irregularmente y las normas no entraban en vigencia cuando era necesario. Con el tiempo El Registro Oficial perdió su importancia frente a El Peruano.

La partida del Libertador significó una época de incertidumbre política y social; y El Peruano no fue ajeno a este suceso, sufriendo por diez años el cambio de nombre. Así, se llamó La Prensa Peruana (1828-1829), dirigido por José Joaquín de Larriva; El Conciliador (1830-1834), dirigido por Felipe Pardo y Aliaga. También se llamó El Redactor Peruano (1834-1836, y 1838), La Gaceta de Gobierno (1835); El Eco del Protectorado (1836-1839); y en Lima como El Eco del Norte (1837-1838).

En 1838 con la llegada del ejército Restaurador, retomaría el nombre bolivariano de El Peruano, aunque entre 1851 y 1854 se llamó el Registro Oficial. A pesar de su importancia, El Peruano sólo se publicaba miércoles y sábado.

Un hito para El Peruano sería la dirección de Manuel Atanasio Fuentes. En 1868, “El Murciélago” modernizó la imprenta estatal, y se publicó diariamente El Peruano desde el 1° de julio de ese año. Incrementó su tamaño, insertando además datos estadísticos, crónicas locales, nacionales y extranjeras, entre otros artículos. Su tiraje diario era de 3000 ejemplares. Otro hecho fue el contar con un local fijo, en la calle de La Rifa N° 58, cerca al diario El Comercio. A pesar de este avance, el Gobierno dispuso que entre 1871 a 1873 se publique semanalmente, y en un formato pequeño. En 1874 volvió al formato anterior y a la publicación diaria.

En 1880 la publicación de El Peruano se interrumpió por la ocupación chilena de Lima. Se imprimieron en su lugar los diarios chilenos La Actualidad [1881], La Situación [1881] y el Diario Oficial [1882 -1884]. Francisco García Calderón, que se estableció su gobierno en Magdalena, publicó El Orden [1881]. Al ser éste depuesto y deportado a Chile, el gobierno se trasladó a Arequipa, donde apareció El Peruano [1882 - 1883].

Terminada la guerra, se restituyó la publicación de El Peruano, en un comienzo semanalmente y luego tres veces por semana. Perdió el carácter noticioso y por muchos años sufriría los rezagos de la guerra, ejemplo de ello es no contar con un local propio ni fijo. Destacaron entre los directores de aquellos años José María Barreto (1911), Abraham Valdelomar (1912) Juan Pedro Paz Soldán (1913) y Enrique Castro y Oyanguren (1915-1919)

La segunda modernización del diario fue en 1920, cuando se renuevan los servicios del diario, “publicándose a primera hora” y se distribuía al mediodía. Era director en aquel entonces Abelardo Gamarra y sus oficinas se ubicaban en el antiguo Manicomio, en el barrio del Cercado. Al finalizar la década, volvería a cambiar de local constantemente.

En 1941 se da la Ley N° 9311, que reorganizó El Peruano y mandó “se publiquen en él todos los avisos que tengan carácter oficial, sin cuyo requisito carecerían de valor legal”. El diario amplió su tamaño y tiraje, y en 1950 ocuparía un nuevo local: la quinta cuadra del jirón Quilca, que posee hasta hoy.

En 1957 apareció una edición dominical: “Noticias de la semana para una hora de lectura”. Era una edición separada de la publicación ordinaria de El Peruano. Una edición similar apareció en 1969, conmemorando el primer año del gobierno militar de Juan Velasco Alvarado. Este gobierno en 1976 creó mediante la Ley N° 21420 Editora Perú, juntando bajo una misma dirección los diarios El Peruano, La Crónica y La Tercera.

En junio de 1980 apareció la segunda sección de El Peruano, donde se publicarían los avisos de administración de justicia y edictos; y en diciembre del mismo año se editó la separata de Normas Legales como cuerpo propio. En octubre de 1990 apareció totalmente renovado y a todo color, dando origen al actual Boletín Oficial; y desde 1992 El Peruano pasó a un formato tabloide, que conserva hasta el día de hoy.

Artículo publicado en la revista Variedades N° 21, del 20 de octubre del 2006

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Recuerdos del siglo XX: 1917

César Arias Quincot

En 1917, Europa estaba agobiada por la guerra, millones vivían hacinados entre el fango, la suciedad y las ratas que caracterizaron las trincheras típicas de la lucha en el frente occidental. En marzo de 1917, los desmoralizados soldados rusos, cansados de ser una masa utilizada como carne de cañón por sus ineptos y corruptos comandantes, inició un desbande masivo del frente con ánimo insurreccional; en Petrogrado (la capital de entonces), los soldados se negaron a reprimir huelguistas y saqueadores y se unieron a las multitudes que protestaban. Al poco tiempo, el zar cayó y fue reemplazado por una república dirigida por centristas moderados.


En abril, Estados Unidos declaraba la guerra a Alemania; ésta fue la más letal consecuencia de la guerra submarina adoptada por el alto mando alemán con profunda irresponsabilidad. El presidente Wilson anunció que Estados Unidos no buscaba nada para sí, solo defender los derechos de los pueblos que trataban de decidir su destino con autonomía y libertad. Wilson denunció también al “reaccionario” militarismo alemán como algo “sin conciencia y sin honor”. Por primera vez, Estados Unidos intervenía militarmente en los conflictos de Europa. Estaba naciendo un nuevo mundo.

Ese año, el más movido de la Primera Guerra Mundial, se puede decir que nació el siglo XX en la política internacional: el sistema soviético como elemento gravitante y la participación de Estados Unidos como potencia mundial.

Cuando cayó el zar, los nuevos gobernantes dieron amnistía a los presos y exiliados de la monarquía, entre los cuales ocupaban un lugar importante los bolcheviques o socialistas radicales –enemigos de la guerra que deseaban convertir la “guerra imperialista de rapiña” en guerra revolucionaria para imponer el socialismo en Europa–. Los más importantes jefes bolcheviques, encabezados por Lenin, estaban en Suiza y no podían viajar por países aliados, dado que se sabía que buscarían, una vez en Rusia, sacar a su país de la guerra.

Por esa razón fue que las autoridades alemanas permitieron que Lenin, su esposa y los principales líderes bolcheviques (Zinnoviev, Kamenev, Radeck) cruzaran en tren por territorio alemán. Al llegar a Petrogrado, Lenin planteó: “Todo el poder para los soviets” y, por tanto, el fin del gobierno provisional.

El 7 de noviembre, los bolcheviques tomaron el poder, con lo que se inició la era soviética; esta revolución y los métodos leninistas escindieron al socialismo, separándose los leninistas de la Internacional Socialista para formar la Tercera Internacional o Internacional Comunista. Ese ciclo terminó con el fracaso histórico del leninismo en 1988.

Despúes de la victoria aliada, un Congreso republicano aislacionista quiso anular la obra de Wilson, pero este mandatario quedó como precursor de la presencia de Estados Unidos como gran potencia mundial.

Artículo publicado en El Peruano el 14 de mayo del 2007.

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I Encuentro de Historia Regional "Dr. Alberto Flores Galindo" de Estudiantes de Historia

CONVOCATORIA NACIONAL

El Comité Organizador, a nombre de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga, convoca a los estudiantes de Historia, y disciplinas afines de las distintas universidades de la República del Perú, a participar en el “I Encuentro de Historia Regional Dr. Alberto Flores Galindo, de Estudiantes de Historia”, que se realizará en la ciudad de Huamanga (Ayacucho), del 18 al 21 de Julio del 2007.
Este evento de gran trascendencia e importancia a nivel nacional, constará de 24 ponencias de estudiantes de pre grado, bachilleres y licenciados, 1 mesa de debate, 1 taller de reflexión y propuesta, 5 conferencias magistrales, además de una diversidad de actos culturales.


BASES PARA PONENTES

1. Podrán participar todos los estudiantes de Historia y disciplinas afines. Sin embargo, se deberá tener bien en claro que las 24 ponencias que sean aceptadas en el Encuentro se dividirán de la siguiente manera:

20 para estudiantes de pre-grado o su equivalente de las disciplinas arriba mencionadas.
4 para bachilleres y/o licenciados.

2. Los interesados para ponentes deberán presentar trabajos originales e inéditos referentes a las temáticas siguientes:

Historia social.
Historia política.
Historia de las Mentalidades.
Historia Cultural.
Etnohistoria.

La extensión del trabajo no será mayor de 22 páginas (fuente Times New Roman, 12 puntos, a espacio y medio). Esto incluye las fuentes y la bibliografía utilizadas.

Asimismo, el concursante para ponente deberá enviar previamente un resumen o sumilla de su trabajo en no más de dos páginas a espacio simple, la cual debe incluir también, en página aparte: nombre del autor, dirección, teléfono, correo electrónico, título de la ponencia, institución de procedencia, grado de estudio y la especialidad o campo de investigación a la que se dedica.

3. Los trabajos se recibirán en las siguientes direcciones electrónicas: encuentroregional_a@hotmail.com y ehistoriaregional@gmail.com

La primera convocatoria se inicia el 03 de enero y culmina el viernes 16 de Marzo del 2007. Esta primera convocatoria cubrirá el 40% de las ponencias aceptadas para el evento. Los trabajos que no sean aceptados en esta primera oportunidad, serán guardados y reevaluados por el comité académico y entrarán a concursar en la segunda y última convocatoria de ponencias, que se iniciará el lunes 26 de marzo del 2007 y termina el viernes 15 de Junio del 2007 (representa el 60% de las ponencias del evento).

4. De igual manera, es útil recalcar que la comisión organizadora del Encuentro evaluará las ponencias a través del comité académico, el cual designará para ello a los docentes e historiadores especialistas en los respectivos temas en que giren los trabajos concursantes. Serán estos quienes determinen la aceptación o no de los trabajos enviados al evento.

5. Los resultados de aceptación de las ponencias serán publicadas en la página web del Encuentro, y enviados a los respectivos correos electrónicos de los autores de los trabajos seleccionados.
Resultados de la primera convocatoria: Sábado 24 de marzo del 2007.
Resultados de la segunda y última convocatoria: Sábado 07 de julio del 2007.

6. Las ponencias seleccionadas y aceptadas para el evento, tendrán un tiempo para su exposición - de parte de su autor - de 20 minutos, además habrá un comentario de la ponencia hecha por un estudiante y profesor conocedor del tema, en 8 minutos. Y, finalmente, se pasará a una ronda de preguntas y respuestas que durará 12 minutos. En total el tiempo de la ponencia es de 40 minutos.

Por otro lado, el expositor deberá indicar con anticipación (fecha límite hasta el sábado 23 de junio del 2007) a la comisión organizadora, los materiales necesarios para su disertación en el día programado del Encuentro regional.

7. Se recomienda a los interesados en participar como ponentes en el Encuentro, cumplir oportunamente con los puntos señalados en las líneas precedentes. De no ser así, el trabajo será devuelto a su autor para las correcciones necesarias.

BASES PARA ASISTENTES

A todas las personas que quieran asistir al Encuentro se les irá informando periódicamente, a través de la página web, de los costos de hotel, comida, certificado, materiales de trabajo, entre otros. Se les pide que nos escriban y nos dejen sus respectivos correos electrónicos para mantenernos en contacto permanente.

SEDE

El “I Encuentro de Historia Regional Dr. Alberto Flores Galindo de Estudiantes de Historia” tendrá como sede a la ciudad de Huamanga (Ayacucho) Perú.

MAS INFORMACIÓN:

http://www.encuentrohistoria.adalid.org.pe/

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Sobre Mitos y Realidades: El Historiador y la Praxis Social

martes 8 de mayo de 2007

Emil Berún Beraún

Los mitos explicaban aquello que en su momento racionalmente era imposible entender, explicaciones “fantásticas” acudían en ayuda de la comprensión del mundo alrededor del ser humano; con el transcurrir histórico la razón fue completando cada vez más aquellos vacíos incomprensibles, sobretodo aquellos revestidos por las túnicas dogmáticas y las verdades incuestionables implantadas desde el cielo.

La sombra mítica dentro de la “modernidad” se retiraba debido a la luz de la razón, ahora el ser humano, la sociedad, se comportaban guiados por sí mismos, al menos teóricamente así debiera ser, al menos así se presentaba.
Si embargo la manipulación siempre presente y necesaria hacia la sociedad para quienes detentan y reproducen el sistema de dominación y las contradicciones sociales, elaboraron “mitos” modernos, los cuales debían ser acatados “religiosamente”; así la argumentación tradicional de la necesidad de un estado coercitivo para evitar el caos social, la idea de la vivencia cotidiana en libertad, justicia, igualdad, democracia, y una sociedad enrumbando hacia el progreso, no son otra cosa que verdades impuestas siempre “desde arriba”, brindando modelos explicativos de lo que se considera un estado de bienestar.

Así como se puede hablar de mitos concernientes a todo ámbito social, se puede hablar también de ciertos “mitos” mucho más específicos aunque no por eso menos nocivos, elaborados también con una determinada intencionalidad y soportados ahora por elementos y mecanismos más sutiles y tendenciosos.

Para nuestro ámbito local, para nuestro entorno universitario, hay cierto tipo de creencias que prevalecen tergiversando lo que acontece en realidad, así, se afirma que la decana de América, la prestigiosa San Marcos, posee un elevado nivel académico, que mantiene su orientación natural hacia la conformación de estudiantes de primer nivel, que las carreras profesionales conforman alumnos críticos preparados hacia el análisis social, y que serán los profesionales mejor preparados para el futuro.

Frente a las persistencias “míticas” se hace necesario acercarse un poco a la realidad, así entonces, nos encontramos con una universidad que subsumida en la lógica mercantil, asume empresarialmente y cual clientes a sus alumnos, en donde la finalidad última se encuentra desvinculada con lo que debiera ser su razón misma de existencia, no preocupándose en conformar alumnos concientes y críticos insertos en la problemática social, siendo más bien su finalidad última la mayor cantidad de ingresos, reflejados en un mayor ingreso económico a su vez.

Cual cascaron vacío se encuentra la calidad académica sanmarquina, tal es así que analizando específicamente la facultad de sociales, así como en el presente caso la carrera profesional de historia, apreciamos a la mediocridad como bandera oficial, con profesores des-capacitados para los cursos, des-actualizados, carentes en su mayoría de vocación y de algún atisbo de posible consecuencia, ubicados en dichos cargos y puestos debido al clientelaje y al compadrazgo, evidenciando su conciencia semi-feudal en donde no importa la capacidad, sino su habilidad de servilismo ante la autoridad.

En cuanto a los alumnos, gracias a la labor mediática de asociación de política con violencia por parte del estado mismo, así como de las autoridades universitarias, se logró crear la “imagen” del alumno ideal, como alguien totalmente des-politizado, des-preocupado por el acontecer mismo universitario, logrando que en su mayoría de casos la universidad sea tan sólo apreciada como un colegio grande, donde simplemente se asiste y se aprueba los cursos, así, el ingresante ya está prevenido, tiene que aprovechar la educación que se brinda, no perder el tiempo y convertirse en buen profesional.

Me dirán, bueno y ¿donde está el perfil del historiador?, ¿cual es su compromiso?, y sobretodo ¿que relación tiene con todo lo antes mencionado?, la respuesta es simple y se cae de madura, así, al referirnos sobre el papel del historiador, afirmamos que así como la historia no sólo es el simple estudio del pasado, pues de que sirve el pasado si no es para comprender el presente, pero sobretodo orientado a su transformación; el historiador tiene que romper el tabú de una vez por todas y dejar de lado su mero papel de archivero y anticuario, pronunciándose y teniendo un papel activo dentro de la realidad que nos rodea, siendo momento que deje de mirar solo hacia lo ya sucedido.

La historia es transformación, la historia no sólo está en los archivos ni en los documentos, la historia no sólo es teoría, la historia como toda ciencia tiene su relación con la práctica, con la praxis, praxis que se corroborará en la sociedad misma.

El historiador entonces, se preocupa por la sociedad, se debe a ella y apelará a su transformación, pero surge ahora otra pregunta ¿si la praxis del historiador debe ser dirigida hacia la sociedad, dicha práctica no debiera empezar e iniciarse en casa?, el alumno de historia desde que está en proceso de formación-proceso que mayormente lo lleva a cabo en solitario-debe preocuparse por el acontecer universitario, pues si hacemos referencia a que la sociedad misma se presenta llena de conflictos y contradicciones urgentes de resolución, ¿acaso la universidad misma no es una sociedad en pequeño, donde también se reproducen y generan conflictos y contradicciones?, acaso ¿alguien podrá decir que se preocupa por la realidad que trasciende el ámbito universitario, despreocupándose más bien de lo que sucede en su propia cotidianidad como estudiante? Creemos que esto no es en realidad posible, y si hacemos referencia a que la praxis se inicia por casa, hagamos una breve referencia al contenido de dicha praxis.

El historiador en proceso de formación, debe ser crítico en las aulas, buscando y exigiendo calidad académica, denunciando y criticando a profesores que de mediocres tiene poco, exigiendo también que los docentes mismos que se presentan frente a ellos, problematicen sobre acontecimientos cotidianos y trascendentes, criticando a quienes manifiestan pura erudición y a quienes simplemente no tienen siquiera que mostrar, exigiendo también cambios necesarios en la currícula, y participando en las luchas necesarias para reivindicar los derechos estudiantiles, así y sólo así se des-mitifica y se rompe con la imagen condicionada del “buen estudiante” como aquel ser pasivo que no cuestiona, que no critica, que no se organiza, y que no necesita hacerlo, pues “todo anda bien” porque “se preocupan por nosotros” que sólo se dedica a estudiar y sólo a estudiar; no olvidemos estudiar es bueno, es necesario, pero si en ciencias sociales todo se queda en los libros, ¿ en que libro se encuentra la teoría de la experiencia de la práctica?.

Para finalizar, la realidad sin mitos ni alegres eslóganes, es como debe ser presentada al compañero ingresante, y esto no para des-motivarlos, no para des-animarlos dentro de lo que será su vida como futuro historiador y científico social, sino para motivarlos a cambiar las cosas, que vayan tomando conciencia a lo que se enfrentan y tomen conciencia a su vez del papel importante que tendrán que jugar para mejorar la escuela, para mejorar la facultad, para mejorar la universidad, para a su vez también en un futuro trascender el ámbito y el recinto universitario.

Es hora de acabar con el mito del historiador archivero y dedicado sólo al pasado, del estudiante de historia ingresando a la mejor de las universidades, del estudiante que cuenta con buenos profesores, del estudiante que mientras menos critique, problematice y sobretodo luche por mejorar su entorno, mejor aprovechará su “educación”; es hora de acercarnos a la realidad cotidiana, acercando al historiador al presente, des-circunscribiéndolo de la pura teoría, y en cuanto al estudiante e ingresante informarles a lo que se enfrentan, a una sociedad en pequeño, que necesita también de su compromiso y dedicación.

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La necesidad de una historia subversiva en tiempos de posmodernidad

jueves 3 de mayo de 2007

Emil Beraún Beraún

El objetivo del presente trabajo es el planteamiento de un tipo de historia que se hace de lo mas necesaria en el presente postmoderno, una historia que literalmente termine con los falsos mitos, discursos y lenguajes con que se busca controlar y unidimensionalizar a la sociedad para que se crea el cuento de la sociedad ideal y rumbo al progreso de la cual “todos” somos participes.

Denomino a esta historia subversiva por que lo que busca en realidad es subvertir la forma tradicional de hacer historia y en donde su fin último es buscar una verdadera transformación de la sociedad para su propio beneficio. Sé que muchos asociaran el termino subversivo con el terrorismo, pero esto no es sino un claro ejemplo del triunfo del lenguaje orweliano en donde los conceptos son tergiversados y adaptados para no ser una amenaza para los grupos de poder y en donde mas bien son adaptados para sus propias conveniencias. Tal es así que el concepto de subversión que significa el transformar la sociedad, obviamente para un mejor, se asocia ya con normalidad ahora con la violencia terrorista y esto para que dicho concepto o mejor valga decir cualquier tipo de transformación de la sociedad sea vista como dañino para la sociedad; a esto se debe que los conceptos ya muchas veces no significan lo que en verdad quieren significar, pues ahora se les quita la transitividad, o como diría Marcuse: son victimas de una desublimacion conceptual.

Este tipo de historia a la que denomino subversiva plantea una historia ya no hecha como siempre desde arriba, es decir hecha por los grupos de poder, una historia oficial y llevada a cabo por intelectuales institucionalizados( aquellos carentes de compromiso social), en donde al mismo estilo medieval crean mitos y falsos discursos aprovechándose que el hombre siempre necesita algo en que creer( mito del progreso, de la democracia etc), sino que plantea una historia hecha desde abajo, comprometida con los problemas sociales y totalmente desmitificadora, una historia lo mas objetiva posible en donde se busque no solo el comprender el presente sino transformarlo.

Esta historia recae bajo la responsabilidad de los intelectuales orgánicos(aquellos realmente comprometidos con la sociedad), los cuales son escasos actualmente y de los cuales se necesita con urgencia para darle un verdadero rumbo a la sociedad y darle la neurosis que necesita para que se de cuenta de la conciencia desgraciada que actualmente posee, una historia que no solo busque un conocimiento intelectual, o llenar los vacíos de la ciencia histórica sino que sea comprometida, en palabras de Chesneaux: que una el saber histórico con la práctica social.

Una historia de este tipo es urgente en la posmodernidad en la cual vivimos, en donde la historia es vista como un arte, como literatura, o vista como una simple narración de acontecimientos en donde la verdad es relativizada de tal modo que se niega su cientificidad, debido a la subjetividad y a la “imposible” condición del historiador de apartarse de su conciencia de clase o de sus propios intereses.

En una primera parte analizo el origen de la tendencia historiográfica burguesa como generadora de falsos mitos justificadores de la “nueva y mejor sociedad” de la cual ellos no sólo eran la base sino también los más privilegiados ahora que abandonan cualquier intento revolucionario, prefiriendo la alianza con los grupos de poder y, analizar también como esos mitos y discursos se mantienen hasta la actualidad justificando el neoliberalismo y la democracia liberal, basta ver el fin de la historia del nipón Fukuyama; en una segunda parte analizo la forma como llevar a cabo esta transición de Narciso a Prometeo en la sociedad actual, teniendo como punto de partida la educación y la concientización hacia las masas y, en donde la toma de conciencia llegue también al intelectual pues si este se mantiene en una dimensión y feliz dentro de esta irracionalidad virtual llamada sociedad como esperar que sus escritos y trabajos no reflejen dicha postura. En una tercera parte planteo la necesidad de esta historia subversiva no para el mañana como diría Fontana, sino una historia para el hoy, pues creo que esta sociedad no puede esperar “un día” más en su necesidad de ser transformada hacia las verdaderas necesidades del hombre como sociedad.

Una historia subversiva

En el año de 1848 se llevaría a cabo en Europa lo que sería denominado por Hobsbawn como la primavera de los pueblos, una serie de revoluciones que se extendieron por todo el centro de Europa y que si bien se expandieron como reguero de pólvora tuvieron un debilitamiento también rápido, esto debido a que en la mayoría de los países los que llevaron a cabo la revolución eran trabajadores pobres que no contaron debido a sus ideas comunistas con el apoyo de los liberales moderados, quienes cayeron en cuenta que la revolución era peligrosa pues se acortaba socialmente la distancia entre ellos y el pueblo, además cayeron en cuenta de que cualquier cambio, sobretodo aquellos económicos eran posible hacerlos sin la necesidad de una revolución misma sino pactando con los grupos de poder, es así como en el mismo 1848 la burguesía deja ya de ser una fuerza revolucionaria para convertirse en defensora del régimen capitalista.

Esta misma defensa del régimen capitalista se vería de manifiesto ahora en la misma historiografía burguesa, una historiografía marcada por el irracionalismo, el subjetivismo y el pesimismo, producto de su impotencia de comprender las mismas contradicciones del sistema capitalista. Les resultó mas cómodo el desacreditar a la ciencia histórica afirmando que la historia es una simple consecución de hechos casuales, que no tiene sentido, que es totalmente subjetiva, que no puede dar leyes, que no tiene por que estar orientada a la preocupación por lo social, que el afirmar que la sociedad de la cual ellos eran la base estaba orientada a cualquier rumbo menos hacia el progreso. Una historia de este tipo reflejaba la crisis del pensamiento burgués debido a su incapacidad de comprender el mundo.

Se puede apreciar entonces la intencionalidad de la burguesía de desacreditar a la historia como una forma de no poner en evidencia la incapacidad de comprender la sociedad capitalista y sus contradicciones. Es de notar también como a partir de este momento se gestarían ya los falsos mitos y discursos modernos justificadores de la sociedad capitalista, esta elaboración de mitos justificadores no es nueva pues fue algo común desde la época primitiva y medieval en donde se elaboraban mitos que justificaban el por qué la sociedad se encontraba de una referida manera y, el por que una determinada persona, casta o dinastía se encontraba en el poder; a su vez se necesitaban de determinados comportamientos rituales en la sociedad, pues es sabido que el mito necesita del rito para subsistir: comportamientos orientados sobretodo a aceptar “religiosamente” lo justificado.

Es así como en la era moderna surgen mitos tales como el mito del progreso, elaborado por la burguesía en los siglos XVIII y XIX como una manera de justificar la sociedad que ellos mismos conformaban y contraponerla a la sociedad feudal, sobretodo para ejemplificar como en dicha sociedad medieval la gente común representada en el campesino vivía sumido en la pobreza y como ahora “libres” de la triestamentalidad en la cual estaban inmersos podían aspirar producto del individualismo, la competencia y la simpatía de Smith a un progreso representado en el “éxito” acumulativo.

La idea de progreso no es nueva, pues ya existía desde la época antigua representada en la acumulación de conocimientos y un desarrollo espiritual, en cambio en la época moderna y sobretodo debido a la burguesía, este referido progreso estaría representado por todo lo cuantificable, por lo material y esto ya se hace exagerado en la sociedad posmoderna en la cual vivimos, donde ya la ciencia y el racionalismo han sido desplazados por un progreso que solo se preocupa por el bienestar del yo y sus placeres, en donde ya el progreso solo es visto como desarrollo tecnológico.

La burguesía utilizaría este mito de progreso para justificar el régimen capitalista y justificarlo, este mito se mantendría y reforzaría en la actualidad posmoderna en donde se plantea que hemos llegado al fin de la historia y por ende ya no es necesaria ninguna revolución, transformación en la sociedad, pues la democracia liberal y la economía neoliberal, expresan el máximo progreso en la sociedad.

Esta idea del hegeliano Fukuyama plasma la intencionalidad de la extrema derecha por mantener todo tal y “cuanto” está, en el sentido que se busca que las masas acepten la idea de no transformar la sociedad debido a que ya alcanzamos una sociedad ideal, donde todos nos beneficiaremos con el máximo progreso, creyéndonos ciegos para no darnos cuenta que este imperialismo sólo hace posible que muchos se mueran de hambre y pocos tengan todo. René Guenon escribiría ya por los años cincuenta un texto titulado: El reino de la cantidad, haciendo una correcta alusión a que todo en esta sociedad se mide por la cantidad y no por la cualidad, esto por la intencionalidad de las potencias mundiales de hacernos creer que estamos mejor por que hay mas para contar, sin importar la ausencia en la mayoría del globo de una mejora en la calidad de vida, se nota entonces la idea de justificar la sociedad actual, impidiendo cualquier transformación en la sociedad pues se estaría atentando contra el progreso. Esta idea del progreso representada en el sistema capitalista también la aceptaron muchos marxistas catequeticos o dogmáticos pues consideraban que toda sociedad que quiera llegar a un comunismo tendría que llegar primero a un capitalismo, para luego aprovechar los medios de producción cayendo en el error de considerar al capitalismo como símbolo de progreso.

Esto debido al error de interpretación en los escritos de Marx de la secuencia única de los modos de producción, en donde si bien afirmó que se podía aprovechar el desarrollo del capitalismo en los países de occidente que habían alcanzado tal condición no quiso decir que todos sigan una única secuencia histórica, pues acaso no sería como plantea Jean Chesneaux más “fácil” llegar al comunismo en los países pre-capitalistas en donde no tienen una conciencia de consumo tal alta, que por ejemplo en países altamente industrializados y capitalistas como Estados Unidos?

Habiendo hecho una mirada a vuelo de pájaro sobre el “progreso” analicemos también el falso lenguaje que nos brinda la sociedad posmoderna: George Orwell a mediados del siglo escribía un relato de anticipación, es decir una obra futurista, cuyo titulo: 1984 avizoraba una época futura en donde el lenguaje ya no iba a significar realmente lo que quería dar a entender, sino que iba a estar orientado y reelaborado a no atentar contra un orden establecido, coloque como ejemplo en las líneas introductorias el concepto de subversión. Marcuse en su texto: El hombre unidimensional analiza también como no sólo se utiliza la tecnología para unidimensionalizar al hombre “moderno” sino también como se utiliza el lenguaje, en lo que él denomina el cierre del universo del discurso, en donde los conceptos que poseen transitividad como libertad, democracia, son víctimas de una desublimación, en donde éstos conceptos que tienen por su contenido abstracto múltiples significados se circunscriben ahora a uno sólo, un solo significado, que te es brindado por la sociedad, es decir se les “convierte” ahora en un concepto con un contenido funcional.

Entonces ahora se define a la democracia como se definiría la utilidad de una silla, circunscribiéndose ahora el concepto de democracia a la simple ausencia de dictadura, para evitar así que la gente en la sociedad reflexione y por ende que el concepto tenga transitividad y la sociedad se vuelva crítica sobre lo que en verdad significa, no siendo por ejemplo el hecho de ir a votar cada cierto tiempo solamente. Un análisis similar ofrece también Marcuse en: Un ensayo para la liberación, donde analiza lo que es en verdad lo obsceno dentro de la sociedad moderna, calificando que no es como se piensa actualmente que obsceno es una mujer que enseña cierta parte de su cuerpo, sino que más obsceno en el sentido que atenta contra el pudor o contra el orden es un general que ostenta medallas por su “valor” en la guerra en nombre de la paz.

Así entonces se busca que controlar y acomodar el lenguaje utilizado por el hombre ahora ya posmoderno según sirva para consolidar el régimen y evite a su vez cualquier posible alteración del bienestar social y del progreso. La forma como se ajustan los conceptos y términos me hace reflexionar sobre el concepto de utopía, término acuñado por Tomás Moro en 1516 en su obra la isla de utopía, primera obra en donde ya se plasma la idea de la ausencia de propiedad privada como la única forma de buscar el principio de igualdad y justicia, así como también dicho autor analiza que es lo que sucedería con los miembros de la sociedad si no se suprime la propiedad privada calificando que habría mucha pobreza y miseria, anticipándose muchos años a los que sería denominado por Marx el lumpen proletariado.

Para Moro utopía que era una isla donde se cumplía con la ausencia de propiedad privada y donde a nadie le faltaba nada, producto a que todos trabajaban y se almacenaba. Era un lugar que no existía, pero al cual se podía llegar en la medida en que se apliquen los referidos principios.

Nótese como con el discurrir de los años el concepto de utopía a terminado significando algo fantástico e irrealizable, siendo actualmente calificado alguien que piensa que es posible algún cambio o transformación en la sociedad como utópico, no olvidemos como el mismo Marx calificaba con la terminología de utópicos a los libertarios que planteaban una revolución en colectividades, sin ningún liderazgo revolucionario.Volveremos a lo “utópico” más adelante. Me parece pertinente analizar como mientras lo que no es útil es tergiversado, lo que es útil para mantener un sistema de opresión se mantiene a pesar de los años que se van sucediendo y esto debido a la falta de una verdadera educación y toma de una conciencia crítica por parte de la sociedad, pues no olvidemos que mientras una sociedad menos conciente y crítica es, es más fácil el tenerla adormecida y maniatada.

Mucha de las personas que conforman la sociedad y me refiero a las masas, que son las más desfavorecidas, no se dan cuenta la forma como se les oprime y se les oculta esa opresión y olvido de su condición de pobreza en el presente, haciéndosele creer que en verdad por parte del gobierno hay un interés por su condición, cuando son sólo víctimas de una falsa generosidad y un asistencialismo. Si revisamos lo que planteaba Maquiavelo en el príncipe, que si bien es una forma como justifica los medios para llegar a un determinado fin, y que se ajustaba a un determinado contexto vemos como se aplican sus ideas hasta hoy: planteaba Maquiavelo que la principal fortaleza frente a cualquier tipo de amenaza al gobierno es el pueblo, por lo que hay que mantenerlo contento, pero ese mantenerlo contento no significa una verdadera preocupación real por ellos, sino el tenerlos contentos para que no se subleven contra ti (príncipe) es darles regalos de lo que te sobra, es contentarlos... Algún parecido con la actualidad? actualidad donde se cree que el luchar contra la pobreza es simple asistencialismo y no ir contra las causas estructurales de la pobreza.

Es entonces un tipo de historia subversiva la que tiene que hacer tabla rasa con estos falsos mitos y discursos, romper literalmente con el lenguaje unidimensional con el que se busca alienar a la sociedad posmoderna, es necesaria una subversión en el amplio sentido de la palabra, una historia que inserte críticamente a los problemas sociales a la misma sociedad para que sea conciente de lo que realmente sucede, es momento ya que la sociedad empiece a preguntarse el por que?... en las siguientes páginas se establecerá la forma como llevar a cabo este tipo de historia que nos lleve a una época prometeica nuevamente para llevarle el “fuego” liberador a la sociedad.

De Narciso a Prometeo

De lo presentado en las páginas precedentes se puede notar que la historiografía burguesa es la que ha predominado y predomina hasta hoy, reflejada en la historia hecha desde arriba,es decir elaborada por los grupos de poder para justificarse así mismos y mantener un status quo que los privilegia, ¿pues como elaborar una historia que atente contra sí mismos?, basta con ver la postura de la escuela de los annales que surge en 1929,en donde si bien “rompe” con la forma tradicional de hacer historia hasta ese momento, escapando a la historia relato y a la simple descripción de acontecimientos, lamentablemente refleja la conciencia de clase burguesa de sus representantes y esto se puede apreciar cuando Marc Bloch se refiere a la relación entre pasado y presente, afirmando que el presente necesita del pasado para poder comprenderlo, la pregunta que se formula, va orientada a la cuestión si para una mejora en la sociedad basta con comprender el presente?... Chesneaux responde con un rotundo no, afirmando que la importancia que tiene el entendimiento del pasado es importante para el entendimiento y comprensión del presente en la medida que se busque transformarlo.

Muy acomodaticia es para el historiador burgués la postura de la búsqueda sólo de comprender el presente y no de transformarlo, pues de darse el caso perdería los privilegios que le dan sustento y si bien no quiero entrar aquí en el debate si el historiador juzga o comprende, la postura burguesa de los annales es criticada por la mayoría de historiadores marxistas al considerar también la facilidad que significa para el burgués el afirmar que sólo se debe comprender y no juzgar.

Es entonces una transformación de la sociedad la finalidad que tiene que tener una historia hecha ya no desde los grupos que crean los falsos mitos y discursos, sino una historia hecha desde abajo, es decir hecha preocupándose por los problemas reales de la sociedad, una historia que no se enfrasque sólo en un intelectualismo, es decir en completar simplemente los vacíos de la ciencia histórica, sino que una este saber histórico con la práctica social, que no esté apartada de la política, y que sobretodo este comprometida con la sociedad, sociedad a la cual todo intelectual se debe como fin último para su transformación.

Como plantea Chesneaux es importante el romper los falsos mitos y discursos pues si bien es necesario el estudio del pasado para poder entender el presente para poder luego transformarlo, ¿cómo sería posible un análisis válido del pasado, si está conformado en su mayoría por una historia oficial e intencionalmente elaborada por los grupos de elite? Es por esto la necesidad de una historia que haga tabla rasa del pasado, para reconstruirlo de la manera más objetiva posible y entender mejor el presente para su posterior transformación.

Para poder llevar a cabo este tipo de historia a la cual denomino subversiva es trascendental el papel que van a jugar los intelectuales, en este caso los intelectuales comprometidos con la sociedad a los cuales Gramsci los denominó orgánicos, este termino sería luego recogido por el norteamericano James Petras, quién en un artículo titulado “ La metamorfosis de los intelectuales en América Latina” afirma como en la actualidad la mayoría de intelectuales se institucionalizan y prefieren una mejora económica que un compromiso frente a la sociedad, y esto debido a que cuando trabajan para una institución, mayormente siguen las directrices mismas de la institución que les paga y en muchos casos las investigaciones mismas atentan contra los propios principios del intelectual, pero al representar ingreso económico los principios quedan de lado y el compromiso se esfuma.

Para poder efectuar un cambio en la sociedad se necesita de intelectuales comprometidos con la sociedad, a aquellos que mantengan sus principios y su compromiso a pesar de tener que sacrificar cualquier beneficio económico que atente contra la libertad para poder expresar lo que de verdad sucede en la sociedad y no lo que la historia oficial o desde arriba indica o plantea.

La dificultad es mucha para el intelectual comprometido, pues implica mucho sacrificio y vocación, significa no “compartir” los mismos beneficios y reconocimientos que los llamados intelectuales de elite, al ser más bien vistos como “peligrosos”, pero en la medida en que esto no afecte su vocación y compromiso un verdadero cambio en la historia será posible, tanto en el plano científico como en el social.

Corresponde analizar ahora como hacer concientes de los problemas sociales a la población, siendo la única forma posible mediante una educación problematizadora, es decir una educación que inserte críticamente a la sociedad en los problemas reales y les muestren sus verdaderas necesidades, que le haga entender al pueblo que no poseen en realidad ninguna libertad y que esta seudo libertad con la que se busca engañarlos esconde en realidad una impersonal opresión.

Una educación problematizadora que transmitida por los intelectuales orgánicos se lleve a cabo de una forma horizontal en las aulas, en la cual tanto educadores y educandos aprendan cada uno del otro, o en el caso de elaborar un texto que este se lleve a cabo en un lenguaje de fácil asimilación para la población y que obviamente por sobretodo tenga una orientación y trascendencia social.

Sólo con la toma de conciencia por parte de la población se podrá dar cuenta que en realidad es oprimida y que no es libre y así y sólo así podrá entonces perder su miedo a la libertad y a la capacidad creadora del hombre como sociedad de poder transformarla a su propio beneficio.

Es entonces mediante una historia hecha desde abajo, mediante el compromiso y aporte de los intelectuales orgánicos y mediante la toma de conciencia de las masas mediante una educación que los inserte críticamente a los problemas sociales, la forma como se podrá subvertir la manera como se está elaborando la historia en la actualidad, empapada de falsos mitos y discursos y, totalmente desvinculada de los problemas sociales.

Sólo de esta manera se podrá terminar con esta época de narcisismo posmoderno en donde el hombre ahora está totalmente despreocupado y desvinculado de la colectividad, pues se interesa sólo por sí mismo; posee una cultura basada ahora en lo light, lo estético, donde la verdad está totalmente relativizada, la ciencia a perdido su valor, prima la sensación frente a la razón, el hombre piensa ahora en falsas necesidades que impone la sociedad, permitiendo así una falsa realización del hombre, llegando a sentirse satisfecho al alcanzar el “éxito” material que es actualmente el fin último del hombre, tal como plantea Marcuse en el hombre unidimensional.

La historia en cuanto a su forma de elaborarse y a los fines que persigue debe dejar de verse el ombligo así misma y preocuparse nuevamente por lo social y alumbrar el camino para la sociedad con el fuego prometeico, representado por una subversión histórica, que en tiempos actuales es urgente.

Una Historia para el Hoy

En la época medieval se buscaba la verdad mediante la teología, luego dicha búsqueda en siglos posteriores sería reemplazada por la filosofía cuando prima ya la razón sobre la fe. Posteriormente la búsqueda por la verdad estaría en manos de la ciencia, ciencia que era considerada infalible pero luego se caería en cuenta que ni la misma ciencia nos presentaba una verdad absoluta, se puede apreciar esto en los análisis sobre la caída de los paradigmas científicos de Kuhn y de Lakatos, referidos a que ninguna verdad es absoluta en la ciencia y que ni las mismas ciencias “exactas” poseen en realidad una verdadera objetividad.

Mucho tiempo se pensó como lo harían los positivistas que debido a la exactitud que mostraban las ciencias naturales, éstas debían de prestar sus métodos a las ciencias sociales como una forma de obtener una mayor objetividad. Esto producto a que la historia al no poder dentro de sus métodos experimentar era acusada de falta de objetividad, algunos como Jerzy Topolsky en su Metodología de la historia afirmaban que la historia por esa misma carencia de experimentación era considerada una ciencia blanda, particular frente a los demás y esto se puede apreciar también por la particularidad frente a las demás ciencias que representa lo complejo de su objeto de estudio, además parece un error también el mirar a la historia y negarle el carácter científico teniendo como punto de comparación las demás ciencias que son muy diferentes.

El asunto a tratar es que debido a la caída de los paradigmas científicos toda verdad es considerada como relativa en extremo, siendo calificada la historia en la actualidad posmoderna como simple arte, relato, o narración de acontecimientos.

En la actualidad la historia posmoderna está desvinculada totalmente de lo social, se impone el individuo frente a la sociedad, despreocupándolo de lo que acontece a su alrededor y aconsejándole que lo mejor que puede hacer es “preocuparse por sí mismo”.

También se afirma que la historia es como páginas en blanco en donde cada historiador las “llena” de acuerdo a su versión de cómo cree que sucedieron las acontecimientos, así si tenemos a veinte historiadores que analicen un mismo hecho, tendremos tal vez veinte explicaciones diferentes, de “su” forma de concebir dicho acontecimiento pero ninguna en realidad nos acerca a como habría sido la historia en realidad. Cada historiador hace entonces su historia y no la historia en sí.

Otro ejemplo claro de como en la historia por la carencia supuesta de objetividad no es ciencia nos la muestra también Foucault, en su Arqueología del saber, en donde afirma que siempre la historia a sido manejada por discursos y por ende se debe aplicar una arqueología en el saber escrito debido a que no nos podemos fiar de todo la historia tal y como ha sido elaborada pues tiene una determinada intencionalidad de acuerdo el contexto, si bien es cierto esto, no se puede generalizar y afirmar que no hay conocimientos ya concretos en la historia de donde el historiador puede generalizar y buscar unas posibles leyes, además acaso no han existido por más minoría que representen historiadores que han buscado la mayor objetividad posible como para poder basarnos en ello, no me parece correcto hacer un revisionismo total en la historia y relativizarla a tal grado, fuera del hecho de afirmar que es necesaria para su mejor estudio una segmentarización en contra de la historia total.

Esta es la situación de la historia en la actualidad, condición que si lo que en verdad se busca es un bienestar real para la sociedad no es para nada conveniente que se mantenga, es necesario transformar la percepción que tiene este tipo de historia posmoderna frente a lo social; los problemas en la sociedad han existido, existen y existirán, habiendo actualmente una indiferencia hacia ellos, es el papel de esta historia subversiva el cambio de dicha percepción y de orientarla hacia las verdaderas necesidades de la sociedad.

Fontana en su respuesta a Fukuyama, plantea una historia total con contenido político, y una historia que muestre una vía alternativa al único camino que se nos muestra como posible, que es el de seguir las riendas del progreso. También como plantea Fontana se debe buscar una historia total, primero globalizándola nuevamente, debido a que muchos historiadores en su afán de darle un carácter científico buscaron complementarla con otras disciplinas que a su vez tenían su forma de concebir la sociedad, esto tuvo como consecuencia una división de la historia en múltiples disciplinas que al querer analizar la sociedad escapaban a la visión social de la historia.

Esta historia subversiva plantea el romper con los mitos y discursos y orientar los esfuerzos del hombre a alcanzar lo supuestamente imposible, estudiando los problemas sociales con una visión total; esta historia tiene que hacer dar cuenta al hombre que lo utópico es posible convertirlo en real en la medida en que el hombre crea en sí mismo y en la sociedad. Basta de historia desde arriba, basta de individualismo, es hora de hacer real lo que la misma sociedad quiere que siempre nos parezca utópico. Este tipo de historia no puede esperar hasta mañana, es una historia para el hoy, la sociedad no puede esperar más, pero lo seguirá haciendo en la medida en que el hombre no se tenga confianza a sí mismo en lo que puede alcanzar.

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